16 de diciembre 2004 - 00:00

Veronese recreó e invirtió un Chejov

Más que una extravagancia, esta ingeniosa versión de Tres hermanas» permite acercarse desde otra manera al clásico.
Más que una extravagancia, esta ingeniosa versión de Tres hermanas» permite acercarse desde otra manera al clásico.
«Un hombre que se ahoga» (versión de «Tres hermanas» de A.Chejov). Autor y Dir.: D. Veronese. Int.: C. Tolcachir, L. Suardi, O. Núñez, O. Bonet, M. Lubos, S. Galazzi y otros. (El Camarín de las Musas.)

La idea de llevar a escena una pieza de Chejov con los papeles masculinos y femeninos intercambiados, y sin escenografía ni vestuario de época, puede sonar muy extravagante. Pero esta versión de «Tres hermanas», lejos de resultar una rareza o un experimento para gente de teatro, logró revitalizar un texto que parecía condenado a la inacción y a la melancolía, lo que queda demostrado con el sostenido éxito de público que tiene desde que se estrenó, sin promoción alguna.

Olga, Masha
e Irina, las tres protagonistas, siguen conservando sus nombres, pero ahora son varones que comparten un entorno mayoritariamente femenino. El aristócrata, el médico de cabecera y los militares del original se han transformado en aguerridas mujeres, mientras que la fiel criada Anfisa pasó a ser un venerable anciano (Osvaldo Bonet) a cargo de las mismas tareas. Lo primero que se percibe, apenas iniciada la obra, es que esta inversión de géneros permitió que los personajes despegaran de la Rusia prerevolucionaria del 1900 para adaptarse muy cómodamente al vacío existencial de este segundo milenio, en donde hombres y mujeres buscan compulsivamente la felicidad sin asumir sus deseos más ocultos.

En cuanto a papeles funcionales, los hombres se muestran muy sensibles y seductores, pero exhiben una extrema languidez y pasividad. En cambio, las mujeres parecen arrasarlo todo con su ímpetu posesivo y sus ansias de conquista. Son modalidades que están claramente ligadas a nuestra modernidad.

El director Daniel Veronese ha condensado la acción en un único día sin alterar la estructura de la pieza y respetando todos sus conflictos y peripecias. De esta manera, la obra se disfruta en escasos 80 minutos, pudiendo apreciarse con mayor claridad el valor metafórico de sus anécdotas (la pérdida de la casa familiar, el frustrado regreso a Moscú, la decisión de ir a trabajar). Cuando los personajes filosofan sobre los misterios de la vida y el destino de la humanidad se genera entre ellos una tensión física muy palpable que redunda en una mayor credibilidad de todo lo que se dice. Y esto tiene que ver desde luego con la gracia y la naturalidad que pone en juego todo el elenco. Los actores (vestidos de entrecasa) parecen divertirse en grande con las broncas, desengaños y frustraciones que acometen a estas delicadas criaturas, amantes de la cultura urbana, pero estancadas en medio del campo. Al fin y al cabo, el autor siempre dijo que «Tres hermanas» era un vodevil (a su estilo) y no un drama.

Para decirlo en pocas palabras, toda la acción pasa por el cuerpo de los actores. Algo que se aprecia con claridad en el vínculo entre los tres hermanos (Osmar Núñez, Luciano Suardi y Claudio Tolcachir) construido en base a un intenso contacto físico. La obsesión por ser feliz eriza los nervios, dispara caprichos, provoca desmanes y agudiza aún más las contradicciones de estos personajes. Todos idealizan el mundo del trabajo, pero en el fondo piensan que éste embota y aburre; exaltan la soltería, pero son capaces de entregarse a un matrimonio indigno de sus aspiraciones. La insatisfacción tiñe todas las acciones y convierte al presente en una experiencia irritante y de muy poca consistencia.

«Un hombre que se ahoga»
admite pues múltiples lecturas: las que propone el texto original y las que hace resonar esta inteligente puesta con sus sutiles cambios de conducta y su torbellino de pasiones.

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