Hace unos años, Raúl Carnota decidió radicarse en Los Angeles, donde alternó distintas experiencias. A su regreso, se reencontró con dos viejos compañeros, el pianista Eduardo Spinassi y el percusionista Rodolfo Sánchez. «Volví con ganas de tocar, pero Eduardo y Rodolfo estaban con trabajo. Entonces, inventamos esto de tocar los martes en Oliverio, que era el único día posible para todos. A pesar del día, la cosa funcionó y estuvimos tocando como cuatro meses.
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Al tiempo, me encontré con el sonidista y me contó que tenía grabado uno de los conciertos, y estaba mejor de lo que yo pensaba. Por eso, decidimos editarlo con el mismo nombre que tenía el espectáculo.» El álbum al que se refiere Carnota es «Sólo los martes», que acaba de ser reeditado con el auspicio del BAM y que el músico presentará con dos recitales mañana y el domingo, en la sala A-B del Centro Cultural San Martín.
Periodista: Usted trabaja habitualmente con grupos pequeños. ¿Eso tiene que ver con un tema estético o es una cuestión de costos?
Raúl Carnota: Me gusta trabajar con poca gente, porque me da más libertad. A medida que hay más músicos, es más lo obligado y menor el espacio para la improvisación. Para mí, tres es la medida ideal, como pasa en el jazz o en el rock. A mayor cantidad de gente, la vedette pasa a ser el arreglo.
P.: ¿Se siente parte del «otro folklore», el que no tiene tanta difusión ni vende los discos por miles?
R.C.: En todas las músicas hay tanta variedad como músicos, si estamos hablando de creadores y no de imitadores. Por otro lado, están los artistas a los que sólo les interesa el aplauso o que el público salte. Cuando uno ambiciona únicamente el aplauso, toca de una manera absolutamente distinta que cuando ambiciona hacer música. Si se elige la cosa exitosa, de fórmula, la gente va a aplaudir. Pero yo prefiero otro camino. Quiero disfrutar arriba del escenario, y si la gente también lo pasa bien, mucho mejor. A mí me encantaría juntar 20.000 personas, pero si el costo es muy alto, prefiero no pagarlo.
P.: ¿Le parece correcto hablar de un nuevo boom del folklore?
R.C.: Lo que quedó de esta última movida es que se trabaja más seriamente en la producción; y se nota, por ejemplo, en lo que hacen Los Nocheros. Se nota que hay trabajo, le guste o no a uno lo que hacen. Por lo demás, todo sigue como antes.
P.: ¿Qué le dejó la experiencia norteamericana?
R.C.: Tuvo cosas positivas y negativas; por algo decidí volver. Lo que me resulta gracioso es que cuando me fui hubo muchos que se lamentaron, y muchos se alegraron cuando volví. Pero ahora, todo es igual que antes, y todo me cuesta igual que siempre. Parece que es más importante que me haya ido un año y medio de acá que todos los años y todos los discos que hice en la Argentina. Allá aprendí mucho de la organización y del orden en el trabajo, del respeto por el tiempo ajeno. Y, además, cuando hacés una propuesta te dicen sí o no sin vueltas, no te tienen esperando una respuesta. Otras cosas, en cambio, me gustan más acá: lo de encontrarse con un amigo por la calle e ir a tomar un café, por ejemplo, es algo muy raro en los Estados Unidos.
P.: ¿Tiene programado un nuevo disco?
R.C.: Yo, en general, hago un disco cuando tengo cosas para decir. No voy a la sala a ver qué pasa. Y por ahora, no tengo material ni arreglos como para pensar en un nuevo trabajo. Por el momento, quiero seguir tocando con Eduardo y con Rodolfo o con gente como Marcelo Chioddi, Lilian Saba, «el Mono» Izarrualde, o «Juancho» Farías Gómez. Con todos ellos me siento muy libre arriba del escenario.
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