8 de octubre 2007 - 00:00
40 años del Che muerto
Se cumplen hoy cuatro décadas de la captura del Che Guevara en Bolivia que, al día siguiente, sería fusilado por orden militar en el aula de una escuela. Se cerró allí la experiencia guerrillera en el continente, ya que la insurgencia actual de Colombia es previa a ese intento casi pueril, omnipotente, cargado de deserciones sospechosas y seguras deslealtades. A diferencia de otros medios, que han hecho historia con el presente, este diario brinda dos notas de aquel momento, redactadas por quien fuera el enviado de la revista "Primera Plana", Roberto García, hoy director de este diario. NO se hizo ningún cambio a lo que entonces se publicó. Valen como testimonio de aquel octubre, cuando se desconfiaba que el muerto fuese Guevara y el gobierno boliviano juraba que no lo habían ejecutado. También importan porque entonces, para cubrir la nota del año, quizás la de varias décadas -como lo prueban tantos textos y libros hoy existentes y que siguen vendiendo por la atracción del personaje-, sólo hubo uno o dos periodistas argentinos.
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Esta imagen del Che Guevara rodeado de sus captores en una escuela de la selva boliviana
recorrió el mundo y fue la base del mito que no cesa sobre este guerrillero que emprendió, hace
cuarenta años, un empeño casi absurdo rodeado de traiciones, deslealtades y también de
infantilismo. Fotografía de hace 40
años de Régis Debray
con Roberto García
en el patio de la
prisión en Camiri (en
rigor, un precario y
multiuso casino de
oficiales).
El domingo 8, a las 13.15, en un cañadón llamado El Yuro, a unos siete kilómetros al norte de Higueras, el batallón N° 2 de Rangers del ejército (185 hombres) se traba en combate con una fuerza de cerca de 20 irregulares. A las seis de la tarde, mientras la batalla prosigue, los soldados capturan herido a quien hasta entonces solían denominar el comandante Ramón. Trasladado a Higueras, un oficial lo reconoce como Ernesto Guevara; dieciséis horas más tarde -a las 10 de la mañana del 9- muere.
¿Cómo se produjo el choque armado? Al parecer, desde la baja de Peredo, el ejército había perdido contacto con los insurgentes. Sin embargo, gracias a la denuncia de un campesino (cuyo nombre sigue en reserva), ubicó a la veintena de guerrilleros en las proximidades de Higueras.
Pretendió ser, según los mandos bolivianos, un golpe maestro de Ramón: refugiarse -según enseñanzasde Poe, no de Mao Tse-tung- en un sitio que el Ejército no rastreaba, ya eliminado Peredo.
Suponen los militares que Ramón Guevara peleó sentado (sufría, añaden, de una aguda afección en la cintura), bajo la custodía de Julio, Arturo y Pombo, su eterno guardaespaldas, quien luego huyó. La batalla fue, en general, cuerpo a cuerpo. Un soldado mortalmente herido por Ramón habría logrado, antes de expirar, inutilizar de un tiro la carábina del Che. Los acompañantes de Guevara murieron por violentos golpes en la cabeza y hondos puntazos de bayoneta.
En la noche del domingo 8, el comandante de la 8ª División, coronel Joaquín Zenteno Anaya, anuncia en Vallegrande que Ernesto Guevara "es uno de los cinco guerrilleros abatidos en Higueras" (luego fueron siete y después nueve). Lo dice a un núcleo de periodistas bolivianos y la noticia se propaga con toda velocidad. Faltaba, sin embargo, la palabra oficial.
En la mañana del lunes 9, los generales Ovando y David Lafuente (comandante en jefe del ejército) vuelan hacia Vallegrande y presencian, en el aeropuerto, «el embarque en un Douglas DC 3 de los cuatro soldados regulares caídos en combate. Unas 200 personas, amén de periodistas y corresponsales extranjeros , siguen a Ovando y su comitiva. El coronel Zenteno señala entonces que un helicóptero sale ya en busca del cuerpo de Guevara.
Momentos más tarde, a eso de las 5, regresa el helicóptero: trae el cadáver amarrado a las patas de aterrizaje. Un furgón Chevrolet lo transporta al hospital Señor de Malta; en la lavandería, un grupo de médicos y un extraño personaje, calvo, de unos 30 años, vestido con uniforme verde oliva sin insignias -a quien momentos antes se había oído hablar en inglés-, proceden a embalsamar a Guevara. Es decir: le practican una incisión en la garganta y por allí le inyectan un litro de formol lo suficiente como para que el cadáver resistiese un mes. Ovando y su gente presencian la operación, de la que también participa una monja.
Ovando los reúne: pueden examinar el cuerpo, controlar impresiones digitales y cuanto quieran. Además les ofrece una primicia: el prisionero dijo a sus captores: «Yo soy el Che y he fracasado». Se deja trascender que el cadáver será trasladado a La Paz y que en la mochila del guerrillero apareció un diario de sus actividades escrito sobre una agenda alemana de productos medicinales. Los oficiales del ejército describían los rasgos salientes del muerto como si hicieran la propaganda de un jabón: las célebres protuberancias frontales, la nariz recta, la famosa barbilla con un hoyo en el lado derecho, un pequeño lunar en la región superciliar derecha, la falta de un molar, el metro 75 de estatura y, por sobre todo, las impresiones digitales. ¡Como para dudar!
Las dudas comenzaron enseguida. El cadáver expuesto en la morgue de Vallegrande tenía una notoria herida en la tetilla izquierda, de abajo hacia arriba que -según algunos militares- le destrozó el corazón. Sin embargo, una persona con el corazón destrozado no puede vivir dieciséis horas, por más que los médicos Abraham Battista y José Martínez confeccionaron un informe, que no fue suministrado a la prensa. Uno de sus párrafos dice: "El cadáver tenía de nueve a diez heridas de proyectiles pequeños, presumiblemente de calibre .38, en el pecho y en el tórax". Como es sabido, Ramón usaba siempre un chaleco a prueba de balas; además, en combate, los soldados emplean fusiles y sólo los oficiales llevan armas (pistolas) del calibre anotado por el informe médico.
UN MAR DE TORPEZAS
Luego fue el caos y las nebulosas:
Con todo, Barrientos no dijo una palabra de la quema del cuerpo. Lo hizo recién en la noche del jueves 12, cuando la novedad, trasmitida por el general Ovando se había divulgadoa diestra y siniestra. El secretario de Estado norteamericano eligió ese tropezado día para sentenciar: "Mi gobierno no tiene ninguna duda de que el Che Guevara ha muerto en Bolivia". «Gramma», en La Habana, publicaba once despachos de prensa sin abrir comentario; la radio y la televisión observaron un mutismo similar. El 12, en fin, partían de Buenos Aires a Vallegrande dos expertos en dactiloscopia, enviados por el gobierno argentino.
Tal vez por eso, el viernes 13, el presidente Barrientos disparó otra sorpresa: el ejército tenía en su poder los dos pulgares de las manos de Guevara. "El resto del cuerpo ha sido incinerado", repitió. El viernes, en fin, el doctor Martínez desconfiaba de la cremación: "No hay elementos para eso aquí, en Vallegrande -opinó. Creo que, simplemente, el cadáver fue sepultado en una fosa común».
NUEVE CON UN SOL
En «Los últimos días coloniales del Alto Perú», Gabriel René Moreno menciona esta anécdota: un arzobispo recibe a un boliviano y le dice: " Tomen asiento ustedes, por favor". El boliviano, sorprendido, pregunta: "¿Por qué me trata en plural si soy uno solo?"
El sacerdote sonríe y contesta: "Los bolivianos siempre son dos, el que se ve y el que llevan dentro".
Esta cita hubiera servido para el diario del comandante Ramón (si es que alguna vez llevó un diario, si es que alguna vez existió en Bolivia un comandante Ramón, si es que Ramón era Guevara). En muchas de sus páginas, dedica especial atención a la actitud del campesínado: "Son gente difícil, casi imposible, impenetrables como piedras, se les habla y en la profundidad de sus ojos se nota que no dan crédito". Tal vez esas líneas explican la derrota de los insurgentes bolivianos: todas las bajas proceden de las denuncias, nunca de la eficacia militar.
El mismo Ramón, un día antes de su muerte, advierte que están por delatarlo: "Nos cruzamos con una vieja que no nos dio ninguna noticia fidedigna sobre los soldados, contestando a todo que no sabe, que hace mucho que no va por el pueblo. Después le dimos 50 pesos con el encargo de que no hable una palabra, pero con poca confianza de que cumpla sus promesas". A las 24 horas, por denuncia de un labrador, caía herido y prisionero.
En su agenda, Ramón desconfía del guerrillero Moisés Guevara y de los efectivos que éste reclutó en las minas: Moisés Guevara fue muerto con otros guerrilleros en un sorpresivo ataque del ejército. Pero casi nadie duda, en Bolivia, de que él era el enlace con las fuerzas armadas. La misma posición comparten Vicente Rocabado, ahora testigo contra Debray y ex policía en Camiri, y José Carrillo, el único hombre del Grupo Joaquín que consiguió salvar el pellejo.
El presidente Barrientos, en una entrevista concedida a «Primera Plana», alabó las tareas del Departamento de Informaciones: "Algún día -afirmó- se podrá conocer la historia de estos héroes". Mientras tomaba dos tazas de café comía sándwiches de jamón, vestido con campera y corbata, el aviador Barrientos deslizó su respeto por Guevara y acusó a Fidel Castro de "insano mental". Se extinguía la tarde en su residencia de La Florida y el presidente sostuvo "que no conocía,realmente, todos los detalles"sobre la muerte del Che. (Hasta fines de la semana pasada, el Poder Ejecutivo no había emitido nota o comunicado confirmando esa muerte.)
Mientras acariciaba su cara roja, el presidente se quejó de los periodistas extranjeros y de su cobertura del caso Debray, y anunció el viraje del marxista francés: Debray, el 11 de octubre, en Camiri, se declaró "corresponsable de los delitos que se le imputan". Luego, explicando con dedos y manos, Barrientos se sumió en un monólogo, por momentos sensato: "Los hombres como Guevara tienen que entenderlo. En nuestro hemisferio, las transformaciones no se logran con la guerrilla. No vaya usted a pensar que ahora nosotros vamos a replegarnos a las trincheras imperialistas. No, nada de eso. Sólo que la guerrilla es cosa de locos, como Castro, o de idealistas, como Guevara. Ahora, aquí, eso ha terminado".
A lo largo de la semana, en La Paz, la muerte del Che se repartió en dos bandos: los creyentes, los incrédulos. Un lustrabotas y una chola que vende diarios, dialogan:
- Yo sé que a mí no me iba a dar de comer, pero ¡pobre hombre!
- ¿Y qué quería en Bolivia, si era argentino? ¡Que arregle su país!
No hubo alegría, no hubo manifestaciones. El Día de la Raza, los paceños se concentraron en la calle principal para ver a dos equilibristas que se ejercitaban a veinte metros de altura; en el estadio Olimpia, para gozar con los bailarines autóctonos, o en San Pedro, donde dos toreros mexicanos los llenaron de suspenso.
Emilio Bueno, un estudiante universitario, reconoce que la guerrilla acaba de sufrir un golpe rudísimo. "Mejor -añade-. El Che será ahora una bandera que llevarán todos los pueblos del mundo. Esto es mejor que su presencia física. Además, todavía quedan nueve con un sol." Alude a los nueve guerrilleros que escaparon a la acción de Higueras, y a cuyo frente marcha Guido Inti Peredo, hermano menor de Roberto (Inti, en quechua, sol).
Pero la guerrilla no parece admitir el ocaso que le vaticinan las autoridades bolivianas. A fines de la semana pasada, en el mismo lugar en que cayó su jefe, los irregulares voltearon a seis soldados. Para algunos observadores, se trataba de las últimas acciones de un organismo en desbande; no todos, sin embargo, compartían tan alegre interpretación.
Entre tanto, La Paz continúa sin alterarse. Ni siquiera advirtió que el Congreso, al permitir un discurso del general Ovando, el miércoles pasado a la noche (durante el homenaje del Poder Legislativo a las fuerzas armadas), transgredía la Constitución. Por su parte, los funcionarios del gobierno prefieren vivir la euforia que sigue a una pesadilla aventada.
"Todo ha terminado -sentencia el vicepresidente Adolfo Siles-Salinas-. Sólo hay que cubrir el déficit ocasionado por los insurgentes, una estimación del tres y medio por ciento de nuestro Presupuesto Nacional." Mientras juega con su anillo nupcial, el hábil abogado ensalza la "eficiencia del programa económico y social a cumplirse. Son muchas las cosas que necesita Bolivia. Ahora quedan nueve hombres que molestan, y nada más».
En su despacho del Parlamento, recostado en un rojo sillón Luis XV, Siles dibujó a «Primera Plana» un panorama alentador: "La guerrilla sólo ha servido para consolidar al presidente en el poder, como usted sabe. A principios de año, teníamos muchas dificultades. Ya no. Además, los partidos políticos se han dividido y debilitado; hay una fractura en cada uno de ellos". Es cierto: Barrientos salió fortalecido de estos episodios.
(«Primera Plana», N° 251, 17 de octubre de 1967)




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