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9 de septiembre 2004 - 00:00

Dolor en la Plaza

Para expresión de colectividades fue poca la concurrencia cuando en la Argentina hay 400.000 judíos. Esa marcha de ayer en la Plaza de los Dos Congresos, con una concurrencia de entre 8.000 y 10.000 personas, sin embargo, fue mucho porque la reacción contra un fallo controvertido, como fue el de magistrados triunviros por el caso AMIA de hace diez años, no despierta la misma sensibilidad ciudadana que el asesinato de uno o más jóvenes secuestrados, que es el caso en los llamados multitudinarios de Juan Carlos Blumberg. Además, la convocatoria fue confusa. Blumberg pudo sumarse al llamado demasiado tarde, un sector de familiares de las víctimas (agrupadas en Memoria Activa) decidió no participar. Tampoco había oradores conocidos y uno de los dos era el pomposo y poco profundo animador televisivo Nelson Castro (que la misma mañana dio espacio en la radio a gente de Memoria Activa que largamente explicó por qué no debía concurrirse al acto). Pero quedó asentado anoche que hay una colectividad judía herida que protesta y seguirá protestando. Además tiene que hacerlo porque ya inmoló muchas vidas en la voladura de la Embajada de Israel primero, y tiempo después soportó la masacre de la AMIA. Si ellos no mantienen vivo el recuerdo, se exponen a un nuevo atentado. Sobre la protesta en sí -se notaba anoche entre los concurrentes- hay rencor sobre el fallo, que es controvertido pero sobre el cual no se puede opinar a fondo hasta conocer los fundamentos -el 29 de octubre próximo-. Pero los familiares de las víctimas, es obvio, no pueden adecuar su dolor, sus tiempos y protesta a judicialismo alguno. Las cosas están planteadas como que los tres jueces actuantes no podían sino absolver a los 22 acusados, principalmente los cinco detenidos, dada la forma como se desarrolló el juicio en pruebas. Principalmente el pago dispuesto por el juez Galeano al reducidor de autos robados Carlos Telleldín para que acusara a los cuatro policías bonaerenses. Desde ya que los grandes culpables están en Irán y nunca serán juzgados en un país en desarrollo y defaulteado de Latinoamérica que podría poner, por tal hecho, en riesgo el sutil juego de alianzas, amenazas y rechazo de las grandes potencias con un país petrolero. Pero aquí, entre lo que se podía juzgar, no está hasta ahora claro si a Telleldín el juez le hace el pago por recompensa para que supere su temor a decir la verdad sobre los acusados o para que falseara, sin que Galeano lo advirtiera, una acusación para cobrar 400.000 dólares. Si es lo segundo, el fallo sería correcto. Es clave determinar eso porque la recompensa al que dice la verdad existe en el mundo. La Justicia norteamericana, de alta perfección, premia generalmente con menos años de cárcel al que declara para esclarecer un delito. En Rusia, el presidente Vladimir Putin acaba de ofrecer 10 millones de dólares por la captura de dos dirigentes terroristas chechenos tras la masacre en su país. Eduardo Duhalde ofreció dinero a quien delatara a los asesinos del fotógrafo Cabezas. ¿Algún pago de esos anularía un juicio? El otro factor en juego es el uso jurídico de la «convicción» para sentenciar del magistrado. También en Estados Unidos el muy justo juicio por jurados se basa en la convicción, en convencer a 12 legos, y es muy probable que en la Argentina, si ya estuviera implantado, no habrían salido tan fácilmente libres Telleldín y los cuatro policías encabezados por Ribelli. ¿O alguien cree que ese oficial Ribelli recibió correctamente «en herencia» de un padre pobre dos millones y medio de dólares poco antes de la masacre de la AMIA? Además, con 10 años de cárcel sin sentencia equivalía a 20 años ya cumplidos para cualquier condena. No hubieran sido sacrificados y no se hubiera herido tanto, quizás, a un sector dolorido de nuestra sociedad y a todos los que repudian la violencia sobre víctimas inocentes. Habrá que esperar los fundamentos de la sentencia, es cierto, pero por ahora existe en muchos la impresión, fuera de la colectividad judía, de que los jueces quisieron preservar más su juridicidad. Por ahora queda ese acto de ayer de reproche. Es importante.

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Cerca de 10.000 personas reclamaron justicia por el atentado a la AMIA ayer en la Plaza de los Dos Congresos.

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El padre de la joven reclamó una comisión investigadora independiente, que trabaje en conjunto con una fiscalía y que


A las 18.15 parecía que la concentración convocada por la AMIA, DAIA y Familiares y Amigos de las víctimas del atentado, se teñía de fracaso. Sólo unas 300 almas se apretaban contra el vallado instalado en los alrededores del palco montado de espaldas al Congreso, donde un inmenso cartel dejaba leer:
Cinco minutos después de la hora anunciada, una gruesa columna que provenía desde Callao se fue apoderando de la histórica plaza con velas y paraguas en sus manos, pese a que no llovía. Una conjunción de aquel acto que -tres días después del atentado-se instaló en el mismo lugar para reclamar por justicia y las últimas concentraciones encabezada por Juan Carlos Blum-berg clamando por seguridad.

Desafiando el penetrante frío porteño entre 8 y 10 mil personas corearon 85 veces ¡presente! el nombre de cada una de las víctimas. Las voces se expandieron en el amplio espacio de la Plaza de los Dos Congresos.

Había hombres mayores y jóvenes, ancianos, mujeres y niños tomados de la mano. Mezclado en la muchedumbre estaban el jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra, y Juan Carlos Blum-berg.

También estaban los familiares de víctimas de la delincuencia y aquellos que sólo fueron a expresar

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