¿Cuál es la verdadera Cristina? Asumió con un look estridente y, a los cinco meses -justo cuando comenzaba el conflicto con el campo-, lo cambió por uno extremadamente sobrio.
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Ahora, cuando ella imagina cierta normalidad, aparece con uno nuevo. Si la ropa identifica una personalidad, habrá que advertir que ella se revela cambiante, volátil. Una mujer.
Tanta modificación en el ajuar hace imposible definir cuál es el estilo presidencial. Si se juzga la vestimenta de esta última semana, parece que Cristina prefiere un outfit camaleónico, look sujeto a la ocasión: estrategia, tal vez, para acompañar los cambios en su discurso. ¿Alguien lo piensa por ella o es ella quien se devana frente al guardarropa?
Comenzó su mandato con un marcado favoritismo por los colores fluorescentes ( magenta y azul eléctrico), estampados llamativos y fuertes contrastes. Adoptó como prendas básicas los vestidos camiseros con cinturones anchos para remarcar el talle avispa, las faldas largas plisadas, las blusas livianas y las chaquetas cortas, siempre en texturas brillantes, como el shantú de seda o el satén. Engamaba, además, cada prenda con los zapatos -siempre stilettos-y las carteras. Nunca faltaba, para rematar, alguna ostentosa joya, como la gargantilla de oro amarillo macizo o los anillos con diamantes.
Y pese a las constantes llamadas de atención de los especialistas en moda, quienes calificaban su estilo de « recargado» y «extremadamente nocturno», Cristina se mostraba segura con esa imagen.
De repente, algo cambió. Tanta insistencia de las damas del campo acusándola de frívola, quejas de los diseñadores y de asesores de imagen, produjo lo que nadie creía: Cristina cambió 100% su look. No lo depuró, como suelen hacer las mujeres cuando deciden renovar su imagen; lo de ella fue una transformación total. Como si cambiara de modista o de vida.
La nueva forma de vestir era la contracara del look anterior. Se deshizo de las alhajas y los colores que la caracterizaban, se sumió en los grises, negros y marrones para clásicos y aburridos trajes sastre. Reemplazó las faldas por pantalones y las modernas chaquetas por tailleurs de corte masculino, por debajo de la cadera. Nada de estampados, apenas un sutil cuadrillé para darles algo de gracia a las inanimadas telas opacas. No eran tiempos, claro, de excesos ni colores alegres: prefirió camuflarse. La transformación hasta alcanzó al peinado. Pasó del brillante rojizo al castaño y se quitó gran parte de las extensiones, como si el objetivo fuera pasar inadvertida.
Pero esta semana estrenó otra apariencia, como si la ropa encarnara otra etapa, otra piel. Ahora que los ánimos en el país parecerían estar más calmos, se animó a los contrastes intensos. Base negra combinada con tailleurs en rosa o rojo carmesí, acompañados por camisas de algodón o blusas de seda blanca o manteca.
Los brillos, sólo para la noche y alguna joya para acompañar. Botas y zapatos cerrados, siempre oscuros, que se pierden en las piernas enfundadas con medias negras. Si Néstor fuera atento, advertiría que los cambios son para él. Pero, como a ella la observa la gente, hay una pregunta obvia: ¿no estás contenta con nada de lo que te pasa?
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