Entre la leyenda urbana y la esperanza, circula en Buenos Aires la noticia de que el juego no ha muerto en la Costanera Sur. A espaldas del río, lejos de la mirada de las autoridades, de los activistas y de la TV que registra las protestas, unas chalupas recogen a jugadores irreprimibles y los conducen por el río hasta los barcos-casino, suben por detrás y se entregan a su afición. Los atenderían empleados que no participan del conflicto y que intentan mantener las rentas de ese casino, el que más dinero les da a sus propietarios en el mundo -por encima de uno que tienen en Las Vegas-, que son además las del gobierno, que recibe 80% del millón de dólares que ingresan cada día.
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