20 de noviembre 2006 - 00:00
Murió Julio Ramos
Por la tarde, ayer, murió Julio Ramos, creador y director de Ambito Financiero. Luego de 35 días de internación en el Instituto del Diagnóstico y tras una repentina aparición de leucemia en la sangre. No alcanzó la quimioterapia, tampoco los múltiples tratamientos, la médula no llegó a producir suficientes glóbulos blancos y, en ese período, surgieron complicaciones varias -sobre todo pulmonares- que forzaron su traslado a terapia intensiva desde hace más de una semana. Sus restos se sepultarán hoy a las 3 de la tarde en el cementerio Los Cipreses, el mismo lugar donde ya reposan sus dos hijos, Gabriel y Darío, hace 20 años.
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Julio Ramos junto a Jacobo Timerman, fundador de "La Opinión". Conversando con Héctor Ricardo García, creador de "Crónica", y Bernardo Neustadt. Ultima foto de Ramos, tomada en el Instituto del Diagnóstico. Rodeado por sus hijos: Claudio, Julia y Augusto. También tuvo otros dos, Gabriel y Darío, fallecidos trágicamente en 1986 y 1987, respectivamente. Junto con sucesivos presidentes de la Nación: con Kirchner y Roberto García. Estrechando la mano de Alfonsín. Con De la Rúa, y con Menem.
Después, se sabe, fue el emperador de Ambito, había estudiado antes (la universidad la cursó cuando ya estaba casado, con tres hijos y superando los 40 años) y, por supuesto, atravesó laboralmente distintos empeños. Nada sencillo: se recuerda la rutina, evocación de algún compañero de «La Opinión», de acercarlo a la estación de Once cerca de la medianoche para que esperara el tren que lo llevaría a Castelar, desde donde luego abordaba un colectivo para llegar a su casa. Y volver a la Capital, al día siguiente, antes de las 6 de la mañana, hora en que entraba en una empresa automotriz para elaborar un informe sobre las noticias del día. Así, jornada tras jornada, una vida esforzada que ni siquiera le alcanzaba para comprar los mismos juguetes que un vecino -piloto de una compañía aérea, con acceso a las novedades del exterior- le traía a sus hijos.
Nunca se perdonó, admitía, soportar el vacío en la admirativa mirada de sus propios hijos frente a la juguetería que instalaban sus vecinos enfrente, en Reyes o en los cumpleaños.
Disponía, obvio, de la naturaleza guerrera de los gallos de riña o de otros animales.
También de esa ternura primitiva y poco conocida que impregna a ciertas piezas salvajes, poco domesticadas. ¿Podía ser de otro modo quien tuvo esa infancia y esa adultez? Sólo una cierta clase de sobreviviente podía quedar también, entre 7 socios, tras la aventura inicial de este diario, en la que hubo que arriesgar ahorros, empeñar el auto, dejar otros trabajos para saltar sin red y acompañar un proyecto afirmado en la Bolsa y que, sin embargo, terminó ganando con las tasas de interés. Ninguno de los otros, por supuesto, se anotó del todo en el sacrificio, se fueron.
Costaba entender, además, a quien puso como secretaria personal a su esposa, la que por entonces estaba obligada a decirle «señor Ramos», manía que hasta copiaron sus primeros tres hijos, quienes lo llamaban «Ramos» más a menudo que «Papá». Organizaba hasta el trato de sus afectos: sólo tuteaba, en el diario, a quienes había conocido antes de haberlo fundado. Tiempos en que no consideraba el jean una prenda apropiada o le molestaba hasta la irritación que las periodistas llegaran a la redacción con pantalones. De extremo formalismo, sin duda, hasta que los accidentes arrasaron esas exigencias.
Y sus tempestuosas relaciones con el otro sexo, al cual persiguió con la ciega obsesión de lograr otros dos hijos (Julia y Augusto), reemplazar a los perdidos, ya que parecía no alcanzarle con el único en vida, Claudio. En rigor, deseaba restituir un número, conservacionista al fin, recomponer una familia, su desafío más arduo. Entretanto, más dedicación laboral, incursión por el hobby de la astronomía (dos años por lo menos seducido comprensiblemente por la personalidad de Stephen Hawking) o la saga solitaria de combatir a los monopolios -para él simbolizados por el grupo «Clarín»-, especialmente en el periodismo. Para defender libertades varias: la de prensa, el ejercicio de la profesión, también la posibilidad de la gente para acceder a fuentes dispares de opinión. Le costó hacerse entender en esa materia aunque publicó dos libros («El periodismo atrasado» y «Los cerrojos de la prensa»), casi lo observaron como un delirante, ni Raúl Alfonsín, ni Carlos Menem, menos Eduardo Duhalde y dudosamente Néstor Kirchner, se han atrevido a enfrentar esas cuestiones. Y, cuando lo hicieron, perdieron.
Aunque Ramos fuera exagerado, arbitrario, dominante, insoportable con frecuencia, más injustamente reconocido que querido, ese capítulo contra los monopolios que ofrendó al país desde Ambito y en sus libros no incluía enconos personales ni, mucho menos, envidias (al contrario, quizá para entender su dudoso gusto, el diario que más leía siempre fue «Clarín»). Sólo demandaba precauciones, advertía sobre peligros, denunciaba: también a los argentinos les cuesta ver. Y él, como impuso a «Clarín» como sinónimo del monopolio, luego se recluyó para otra tarea intelectual: los gobiernos de centroizquierda en América latina, dos tomos a difundir brevemente que elaboró mirando el mar, en Punta del Este, casi un vicio para su criterio, ya que si lograba zafar de la leucemia -aunque fuese temporalmente- rogaba para volver a ese departamento en el piso 15 para observar las aburridas olas de la Mansa que, para él, eran las más hermosas del mundo.
Y fumarse un cigarro (como el último, al que se aplicó en la misma clínica la noche anterior a que empezara la quimioterapia), o tomarse un Campari, dos de los desarreglos más notables que Ramos ha hecho en toda su vida. Por no hablar de Boca, al que un día soñó y apostó a presidir (hizo una revista), dejando más tarde esa alternativa para Mauricio Macri, quien venció gracias a esa retirada estratégica y generosa. Tanto por ese Boca, al que veía todos los domingos de local, como por Maradona -puso dinero para su compra-, al que admiraba como jugador, chispeante comentarista, y con el cual derivó en una situación insólita: terminó retándolo a duelo. Se gratificaba con la habilidad y la destreza deportivas, sobre todo porque se confesaba un «torpón» para esas menudencias (vanas consagraciones al tenis por años, asomo discreto por el golf). En ese rito dominguero disfrutaba, aun con ridículo gorrito, al contrario de cuando viajaba a Londres -varias ocasiones- para realizar como si fuera Fellini los copetes especiales de la BBC (presentados hasta este gobierno en «Canal 7»), en inolvidables peleas con los periodistas. Viajaban un viernes, grababan dos días, regresaban al tercero, «nunca vimos en serio esa ciudad ni la niebla», admitían sus acompañantes.
Ramos, habrá de entenderse, era un convencional de los hábitos pues se reservaba la sofisticación para otra clase de intentos, de distinta categoría. ¿O acaso abundan aquellos personajes que suelen vivir en su imaginación con un referente de fantasía, con el cual pasan horas de insomnio, lo bautizan «Facundo» y juntos escenifican teatralmente diálogos hasta resolver los grandes y, sobre todo, pequeños problemas que forzadamente él se condicionaba tratar? Un hombre que razonaba demasiado, por no hablar de planificar, raro porque la primera definición sobre su personalidad pasa por lo impulsivo de su carácter.
Se trata, todo esto, de concluir una nota sobre el imperio de la voluntad: el acercamiento a la vida de un periodista recién muerto, Ramos. Y escrita a tiempo, porque diario que cierra tarde no sirve, no se vende, como repetía implacable cada noche, para hacer la tapa de Ambito o cambiarla si la habían hecho otros. Ese finalmente era su alimento, su diversión, de costosa comprensión para aquellos -tan numerosos- que entienden el periodismo como un ganapán de 6 horas. Ramos vivió de otra manera, aun cuando estaba del otro lado del mostrador, esa fue su diferencia. El responso en su homenaje, escrito al calor y la congoja de la memoria inmediata, ahora parece brotar de una sola mano; en rigor, son muchas, tantas, las que acompañan este texto, las que amorosamente lo despiden.




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