9 de junio 2004 - 00:00

Portazo con denuncias explosivas en el Colón

«Me hicieron una cama de tres plaza s», dijo ayer Gabriel Senane s, director del Teatro Colón, en el momento de presentar su inesperada renuncia al cargo. En una improvisada reunión de prensa, Senanes acusó al actual secretario de Cultura, Gustavo Lópe z, y al director administrativo del teatro, Pablo Batall a, de haberle «hecho el vacío» y puesto una «incalificable serie de obstáculos» para continuar en el puesto en el que lo designó, en setiembre de 2002, el ex secretario de Cultura y actual vicejefe de Gobierno, Jorge Telerma n.

En su renuncia de tres carillas, que dirige al jefe de Gobierno, Aníbal Ibarr a, llamándolo «Querido Aníbal» y tuteándolo, Senanes enumera los que él estima son los logros de su gestión (en especial, el incremento de asistencia del público al teatro), y luego se refiere a los obstáculos que habría encontrado desde que se produjo el nombramiento de López al frente de Cultura; entre otras cosas, el «quite de colaboración del personal, el progresivo desabastecimiento en el área artística y escenotécnica, el ocultamiento de la información inclusive sobre temas cotidianos y las maneras insultantes de trato al personal».

También remarca, en su renuncia, la habitual falta de pago al personal contratado, una de las aflicciones crónicas del Colón (la que motivó la mayor parte de los paros sorpresivos de los cuerpos estables y las manifestaciones públicas). Recordó que hay artistas como Andrea Merenzon o Gerardo Gandini que no cobran y que el Colón les adeuda el pago de numerosas actuaciones.

En la charla informal con el periodismo, donde lució nervioso y enojado, Senanes exhibió fotografías de decorados incendiado s, a los que calificó de «intencionales». También dijo que algunas «caídas» en los sistemas computarizados no habían sido involuntarias. Casi toda la artillería de Senane s, que declara ahora «querer retornar a su tarea de composito r», se la dedicó a Batalla, reviviendo en algunos momentos la polémica que hace un año enfrentó a este funcionario con un ex directivo del Colón, Martín Pourrai n. Dijo que en el Colón había «mafias privatizadoras» y señaló como parte de ellas a Batalla y a López. «Tuvieron hasta el mal gusto de hacer correr rumores sobre el nombre de mi suceso r», se quejó. Acerca del secretario de Cultura, Gustavo López, manifestó que « siempre me ignoró».

Consultado por este diario acerca de las acusaciones del ahora ex director del teatro, Gustavo López dijo que «no voy a responderle a Senanes, porque yo fui quien lo confirmó en su cargo. Ha hecho un buen trabajo en un momento muy difícil para el Colón». Y agregó: « El Gobierno de la Ciudad acepta la renuncia, y mañana mismo buscaríamos anunciar al nuevo director. Buscamos excelencia y prestigio internacional para que pueda trabajar con nosotros hasta el año 2008».

Además de esta interna que estalló ayer, el Colón continúa arrastrando desde hace varias temporadas, entre otros males, una crisis de programación motivada por la falta de pago de derechos autorales a los compositores del siglo XX, un problema que ninguna gestión ha podido resolver.

Más de una sociedad internacional, representante de los herederos de esos compositores, intimó al teatro a hacer efectivos esos pagos. En algunos casos, como ocurrió sobre todo esta temporada, la dirección del Colón se vio obligada a modificar a último momento su programación para sustituir la ejecución de esas obras contemporáneas por otras de dominio público. Ni siquiera se pudo alquilar las partituras. En una oportunidad, se llegó a representar un ballet de
Prokofiev con música proveniente de un CD, con lo cual se avasallan los derechos de las discográficas.

Sin embargo, como hicieron notar muchas veces abogados especializados en el tema, la deuda con el Fondo Nacional de las Artes (organismo que debe recaudar cuando se interpreta, por caso, un
Beethoven o un Mozart) es también abultadísima, porque los derechos que deben abonarse en esos casos no son irrelevantes sino, por el contrario, cuantitivamente similares a los que se deben pagar a los bienhabientes de los artistas más cercanos en el tiempo. Naturalmente, el nivel de la presión sobre el teatro es lo que cambia, ya que las deudas con un organismo público suelen ser menos consistentes.

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