Precios locos en frutas y verduras: efecto de economía en negro e inflación

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La disparidad de precios en el sector frutihortícola se explica por el alto nivel de informalidad, la variación en calidad y controles de productos, y una inflación que hace imposible saber cuánto valen las cosas.

Cuando se vive un proceso inflacionario se pierde noción del valor de los productos. Si a eso se suman las particularidades de la economía argentina en rubros de precios volátiles, el desafío es mayor. Eso es lo que sucede en el sector frutihortícola, el que agrega las cuestiones estacionales. Saber hoy cuál es el precio razonable de frutas y verduras es una tarea difícil y el comprador puede ser dominado por la confusión a la hora de pagar.

Dos ejemplos simples, como los clásicos tomates redondos para ensalada y las naranjas de jugo, sirven para comprobar esta realidad de precios locos. En un sondeo realizado por Ámbito, se pudo constatar que la brecha de los valores a los que se pueden conseguir es notoriamente amplia. En el primer caso, la variación puede ir de $20 a $120 el kilo mientras que en la fruta los extremos detectados son de $50 a $200 por igual peso. Los datos provienen de distintos barrios de la Capital, el conurbano y distintas provincias.

La primera explicación de esta variación hay que encontrarla en las características de los productos. La comparación puede estar haciéndose entre calidades distintas. La pregunta es si eso puede hacer que un tomate o una naranja cuesten de 4 a 6 veces más entre un negocio y otro. También hay cuestiones estacionales y de logística. No es actualmente temporada de cítricos, como la naranja, por lo que su precio tiende a subir. En otoño e invierno, baja. Pero ese factor es igual para todos los comerciantes, por lo que no explica la fuerte variación que se observa. Para el tomate esta es época de abundancia, por lo que el precio tiene que ser competitivo. El punto es el mismo: la diferencia entre un negocio y otro, y entre zonas. La distancia entre el productor y el mercado consumidor juega un papel a tener en cuenta. Cuanto más cerca esté, el costo es menor. Eso podría explicar la diferencia entre regiones.

Pero, sin duda el factor más importante tiene que ver con la comercialización. En el negocio de las frutas y las verduras hay mucha informalidad, tal vez uno de los sectores que lideran ese ranking. Hay quinteros que producen y venden de manera directa a las verdulerías y, en su mayoría, funciona todo en negro. El pago de impuestos y la entrega de facturas es la excepción. Hablar de AFIP es una rareza. Por eso, si se compra en un negocio que trabaja en blanco, cuenta con pago con tarjeta de crédito o débito y entrega ticket, el precio al que tienen que vender va a ser superior al que se maneja en efectivo y sin comprobante. Obviamente, en supermercados o comercios en avenidas o calles importantes, no rige la informalidad. El resto es un mundo paralelo.

Los comerciantes que se abastecen a través del Mercado Central no pueden funcionar en la informalidad ya que el comercio está regulado. De hecho, ese centro de comercialización tiene precios sugeridos para cada producto. En el caso del tomate redondo, el valor por kilo es de $89, mientras que para la naranja de jugo es de $97. También operar con este mercado suma un costo adicional. Todos los productos pasan por procesos de limpieza, desinfección y distintos controles que garantizan un piso de calidad y salubridad. En cambio, el comercio negro está librado a su suerte y escapa al consto que requieren esos controles sanitarios.

Pero hay otro factor a tener en cuenta y tiene que ver con la inflación. El aumento permanente de los precios hace que se desconozca el valor de los productos y en un rubro de tanta volatilidad, el consumidor no puede tener referencia por lo que es víctima, también de vendedores con pocos escrúpulos.

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