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En la primera, los cirujanos plásticos y expertos médicos en cirugías maxilofaciales remueven el rostro del donante muerto, cortando lentamente la piel, grasa, los tejidos conectivos y venas de la persona. El rostro que se trasplanta incluye las cejas, los párpados, los tejidos de la nariz y hasta los labios, entre otras partes faciales.
Luego de esa primera etapa, el rostro es depositado en el del receptor, exactamente sobre los músculos y huesos maxilares del paciente, a manera de máscara. Más tarde, los tejidos y pequeñas venas son reconectados a la cara del receptor, cuyo nuevo rostro debería tornarse rosa intenso por la sangre que comienza a fluir.
Ese procedimiento puede llevar en total varias horas, y las primeras 48 son consideradas cruciales para conocer si el cuerpo del paciente ha aceptado el nuevo tejido o si, por el contrario, lo rechazó. Según Butler, en general se busca que el donante tenga un rostro de rasgos «híbridos», para que la nueva cara no resalte en el receptor y para que éste no sea confundido con la persona fallecida.
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