El hombre más respetado de la mesa, sentado a la cabecera, llena una copa de vino. Recita la bendición, bebe un sorbo y pasa el vaso a todos los participantes de la cena.
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Luego toma tres piezas del pan ritual, las bendice, parte una de ellas, come un bocado y le da un trocito a cada uno de los comensales. Este ritual milenario, obviamente, remite a la eucaristía y a la Ultima Cena. Y, sin embargo, viene repitiéndose de manera ininterrumpida desde hace más de tres mil años, en cada hogar judío donde se celebra Pésaj. El término quiere decir «saltear» y se refiere al «salteo» que hizo Dios -según el Pentateuco- de los hogares judíos en la última de las diez plagas que se abatieron sobre Egipto (la muerte de los primogénitos).
Más de dos mil años después del «divorcio» del judaísmo y el cristianismo, los nuevos vientos de la relación de las dos religiones que comenzaron a soplar en 1965 con la encíclica «Nostra Aetate», de Juan XXIII, y consolidados por el inequívoco cariño de Juan Pablo II a sus «hermanos mayores en la fe» seguramente han permitido a muchos cristianos revivir la Ultima Cena casi al detalle. Lo han hecho, y seguirán haciéndolo, invitados por sus amigos judíos a su «séder».
• Prohibición
La fiesta dura ocho días, durante los cuales está prohibido comer «jámetz», o sea harina de cualquier tipo (salvo la de la matzá molida) y mucho menos leudada. Los hogares deben ser «limpiados» de productos de este tipo, que deberían ser «vendidos» a los vecinos gentiles. No sucede: en la actualidad, quienes observan la festividad de manera estricta, donan sus panes, galletitas, tortas y todo lo que tenga harina a comedores comunitarios y entidades de bien público.
En Buenos Aires desde el lunes pasado, quienes intentaron comunicarse con algunas empresas, se encontraron con un contestador que anunciaba que ese día no se trabajaba; quienes pensaron hacer compras en algunos locales (tanto en shopping centers como en el Once, la avenida Avellaneda o Belgrano) se toparon con persianas bajas. Ese día las escuelas de la red escolar comunitaria cerraron sus puertas, y en los colegios laicos los chicos judíos tuvieron «permiso» de sus padres para faltar (se les cuenta inasistencia, sin embargo). La fiesta en sí misma recuerda la partida de los hebreos de Egipto, su liberación de la esclavitud y su «salto» de ser un pueblo a transformarse en una nación. Por eso es la más alegre de las fiestas judías, una que se conmemora más en el hogar que en la sinagoga, y que da una activa participación a los más chicos de la casa: tienen la tarea de hacer cuatro preguntas (comienzan con «¿por qué esta noche es diferente a todas las demás?») que abren la puerta al relato del éxodo (la «hagadá») por parte del mayor de la mesa. La cena con la que se conmemora se denomina «séder», que quiere decir «orden». Hay quince pasos a seguir, el primero de los cuales es el «kiddush» o bendición del vino. Frente al mayor de la mesa se coloca el «plato de Pésaj», que contiene hierbas amargas («maror», que recuerdan el dolor del éxodo), el «jaróset» (mezcla de manzana, miel, pasas y nueces que recuerda el mortero con el que los judíos construían en Egipto), un hueso con carne (simboliza el cordero que se sacrificaba en el Templo en Pésaj), un huevo quemado (para recordar la destrucción del templo) y perejil que simboliza la primavera ( boreal), que luego se remojará en agua salada para recordar las lágrimas vertidas por los esclavos. Todos estos elementos se encontraban en la mesa de la Ultima Cena, que no fue otra cosa que el Séder de Pésaj de Jesucristo y sus apóstoles. El número de sus discípulos tampoco parece casual: para orar y leer la Torá (el Antiguo Testamento) se requieren al menos diez judíos adultos, lo que se llama «miniam». Los apóstoles eran doce, por lo que el «miniam» de Jesús estaba siempre asegurado.
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