19 de enero 2006 - 00:00

¿Y si Judas no fuera el traidor de Cristo?

Imagen de Jesucristo
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Roma - Judas Iscariote nunca ha gozado de buena reputación. El hombre que vendió a Jesús a cambio de 30 monedas de plata lleva 20 siglos cargando con el sambenito de ser el mayor traidor que ha habido en la historia y, como tal, siempre ha sido profundamente despreciado y vilipendiado. Pero, ahora, la memoria del gran delator está a punto de recibir una pequeña inyección de prestigio.

La rehabilitación de Iscariote se consumará con la próxima publicación (en inglés, francés y alemán) de un manuscrito del siglo IV descubierto en Egipto a finales de los años 70 y que, según sostienen diversos especialistas, es una reproducción del llamado Evangelio de Judas.

Se trata de un texto que, aunque nunca ha sido reconocido por la Iglesia como uno de los evangelios canónicos, durante algunos años circuló entre ciertos grupos de pensadores del mundo antiguo y en el que el repudiado discípulo de Jesucristo no aparece como un vulgar traidor, sino como un mero instrumento de la voluntad de Dios que, dentro de los planes elaborados por el Altísimo para salvar a la humanidad, se limitó a cumplir con el papel de malo que le había sido asignado.

En otras palabras: sin Judas no habría podido tener lugar la proverbial batalla entre el Bien y el Mal y el primero no habría podido imponerse sobre el segundo.

Los defensores de esta tesis esgrimen como prueba de sus afirmaciones el propio patronímico de Judas: Iscariote. Un sobrenombre que según todos los indicios no se refiere a ningún vocablo hebreo o armenio, sino que tiene su origen en el término latino sicarius, palabra con la que se definía (y aún hoy se define) al asesino que cumple una misión por encargo de otra persona. Judas, sostienen los defensores del discípulo, habría sido un sicario que habría traicionado a Jesús en cumplimiento con los deseos de la voluntad divina. Además, y mientras las Sagradas Escrituras afirman que Judas se suicidó después de entregar a Jesús a los soldados romanos, en el manuscrito del siglo IV hallado en Egipto la historia tiene otro final: tras traicionar a Cristo, el despreciado discípulo se arrepiente de sus actos y se echa a llorar. Jesús lo perdona y, para que se purifique, le ordena marcharse al desierto y meditar allí sobre lo que ha hecho. Pero en el desierto Judas vuelve a dejarse engatusar por el demonio. Dios lo castiga y le hace morir, sin que el texto especifique cómo. Pero la misericordia divina acaba imponiéndose finalmente y, en vez de ser enviado al infierno, Dios se apiada de Judas y lo manda a una especie de limbo.

«Judas se salva, mientras que en los evangelios canónicos no hay ni rastro de perdón hacia él, y eso que Jesús predicaba que había que perdonar a los enemigos», sostiene Vittorio Messori, un conocido escritor católico muy próximo a Benedicto XVI y a su antecesor, Juan Pablo II. «La rehabilitación de Judas resuelve el problema de la falta de misericordia de Cristo con respecto al estrechísimo colaborador que lo entregó a sus carniceros», subraya en declaraciones al diario «La Stampa».

Sin embargo, y a pesar de que en la mayoría de los círculos teológicos hace ya tiempo que Judas dejó de ser demonizado, la jerarquía vaticana se muestra muy cauta ante la posibilidad de redimir la memoria del considerado traidor entre los traidores.

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