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Caso Febres: ¿y si cambian información por pena menor?
Nelson Mandela
Difícilmente, podía ser el arrepentimiento, puesto que los imputados ni siquiera admiten la comisión de delitos. En cuanto a la disuasión de reincidir, ésta depende más de factores históricos y políticos: afortunadamente no existe hoy en el país riesgo de quiebre institucional.
Por lo tanto, y considerando que «todavía se ignora el destino final de muchas de las víctimas», Tamburrini proponía evaluar la posibilidad de priorizar el conocimiento de la verdad por sobre el castigo a los culpables. Y ponía el ejemplo de Sudáfrica, país que vivió décadas de apartheid y sangrienta represión racial. En 1994, Nelson Mandela, líder de la lucha contra ese régimen, llegó a la presidencia. Pese a haber pasado 27 años en la cárcel, eligió el camino de la reconciliación. Instituyó una Comisión de Verdad y Reconciliación, ante la cual comparecieron 8.000 represores. Los que confesaban sus delitos podían acogerse a una amnistía. Los que no, serían juzgados. Esto permitió esclarecer todo lo sucedido durante los años de vigencia del apartheid. Pero fundamentalmente cimentó la transición de un régimen de segregación a una sociedad libre y democrática.
En el año 2003, Desmond Tutu, ex arzobispo anglicano de Sudáfrica, presentó el informe de la Comisión, diciendo: «Hoy celebramos nuestra liberación de las horribles cadenas y las viciosas injusticias de un terrible sistema», para iniciar una nueva era de «perdón y reconciliación».
Mandela pudo conducir este proceso por la autoridad que le confería el haber sido él mismo víctima del régimen al que ahora perdonaba. Renunció a la revancha en nombre de un ideal superior: la unidad nacional. También Claudio Tamburrini habla desde su condición de víctima: en 1977 fue secuestrado, padeció tortura y pasó 120 días en un centro de detención clandestino hasta que logró fugarse. Su historia fue llevada al cine.
Tamburrini concluía su reflexión con una advertencia: «La ausencia de una discusión amplia sobre los fines de las medidas penales contra militares acusados de violar los derechos humanos» podría hacer que «una reivindicación en principio justa y necesaria» llegase a ser concebida, «en particular por las nuevas generaciones, como una simple política revanchista sin razón ni fundamento, defendida solamente por quienes ya integran el círculo de iniciados».
Poco antes de asumir la presidencia, el pasado lunes 10 de diciembre, Cristina Fernández de Kirchner fue notificada de la muerte del ex prefecto, noticia que, según sus asesores, «le cayó muy mal». La expectativa de coronar su primera semana de gestión con una condena ejemplar en una causa de alto impacto mediático explica esa desilusión, a la vez que instala la sensación de que se prioriza la utilización política de los juicios. Lo mismo sucede ante el insólito pedido hecho por uno de los abogados de que los jueces dicten sentencia «post mortem» contra Febres, en lo que constituiría un caso insólito, pues la ley -aquí y en el mundo- establece que la muerte del imputado extingue la acción penal.
Amnistía, indulto y perdón son palabras desterradas del habla oficial. Pero alguna alternativa habrá que buscar, antes de que sea tarde, si en verdad se le atribuye valor a la información retenida por los procesados.
En definitiva, se impone la reflexión, en particular para los más concernidos por estos temas, acerca de las modalidades y finalidades de los juicios, salvo que, antes que saber, al «círculo de iniciados» sólo le interese tener política.


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