Desde siempre se presumió que Martín Balza, al término de su larga gestión al frente del Ejército, podía quedar detenido por la investigación del tráfico ilegal de armas a Ecuador y Croacia. Esa idea estaba basada en la convicción de que el armamento vendido había sido provisto por los arsenales de la fuerza y él, artillero, no podía ignorarlo siendo material de artillería. Y por el poder casi omnímodo que exhibió Balza en los 8 largos años en que ejerció el poder militar. Tanto que cuando el gobierno decide los relevos de los jefes de la Armada y Fuerza Aérea -Enrique Molina Pico y Juan Paulik-, también estaba incluido el retiro de Balza, que fue mantenido en su cargo por expresa indicación al entonces ministro Jorge Domínguez por parte de Menem. Balza, emparentado familiarmente con Raúl Alfonsín, logró imponer la imagen no sólo de ser un general democrático -a partir de las publicitadas autocríticas de los años del proceso militar en los '70 hechas por televisión, que fueron mal recibidas en el universo de muchos retirados-, sino también porque aparecía como el garante de la unidad del Ejército, encolumnado detrás de su mando. Esas autocríticas provocaron la reacción de encumbrados retirados, cuando el presidente del Círculo Militar, Ramón Genaro Díaz Bessone, salió a cruzarlo a Balza -que terminó expulsado-, avalado por una asamblea y el asesoramiento de generales retirados como Mario Cándido Díaz o Dante Caridi. Una imagen democrática y de mando que Balza comenzó a construir después del motín protagonizado por el hoy preso Mohamed Alí Seineldín el 3 de diciembre de 1990. En esa ocasión Balza apareció en numerosas fotografías encabezando las fuerzas leales al gobierno, incluso en las que hizo descalzar a los oficiales y suboficiales insurrectos que habían ocupado el edificio Libertador.
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Ocho largos años al frente del Ejército fueron la plusmarca de este nadador de aguas profundas y, al mismo tiempo, un lapso que taponó la promoción de muchos hombres, generando el consiguiente encono interno, mantenido en sordina. Y dividiendo la opinión en los cuadros de oficiales y suboficiales.
• Agasajo
La venta ilegal de armamento a Ecuador y Croacia determinó que hombres como el ex jefe del Estado Mayor Conjunto, teniente general Carlos María Zabala -en su momento un infante candidato a ocupar el Estado Mayor del Ejército cuando se produjo el retiro de Molina Pico y Paulik-, tuviese que declarar ante Urso y Stornelli. Zabala fue comandante de las fuerzas conjuntas de la ONU en Croacia, cuando se descubrió allí armamento argentino. Avatares de la vida militar, mientras Balza puede quedar hoy preso, Zabala está invitado por el gobierno de EE.UU., porque pasará a ser parte del «hall de la fama» de la Escuela Nacional de Defensa en Washington, donde será agasajado la semana próxima.
Sin embargo, Balza negó siempre que el Ejército estuviese complicado en esa venta ilegal, con el argumento de que Fabricaciones Militares no dependía de él, sino del ministro de Defensa. En este caso del riojano Antonio Erman González. Más allá de que los oficiales destinados en FM reportaran, en última instancia, al Estado Mayor del Ejército. Para Balza, en varias oportunidades lo afirmó, de los arsenales del Ejército no faltó nunca nada. Incluso el actual jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni, cuando era inspector general de la fuerza avaló esas afirmaciones de Balza. Nunca faltó armamento.
Hoy Balza -el «baquetón», como lo apodaron algunos de sus subordinados por flaco y alto-, veterano de la guerra por las Malvinas en 1982, estará frente a Urso y Stornelli argumentando sobre su inocencia. Lo mismo que hicieron otros dos riojanos que terminaron presos y que en su momento mantuvieron una fluida relación con el jefe del Ejército: Luis Sarlenga y Erman González.