14 de julio 2003 - 00:00

Más críticas contra Zaffaroni

Hay riesgo republicano cuando bajo el achaque de intolerantes se busca la indiferencia (ver «El hombre light», E. Rojas); objetivo que aquí se persigue para que sea como fuere llegue el Dr. Zaffaroni a la Corte. Así se etiqueta de nazis a los que no piensan igual o, según el candidato, ejercen el Derecho Penal Autoritario -del que algo conoce- ya que su «garantismo» poco lo hizo notar como juez durante el Proceso militar.

Cualquiera sea su postura política, hay ilustrados abogados y con experiencia en el Foro -que no la tiene el Dr. Zaffaroni- lo cual resultaría un democrático aporte de la realidad cotidiana y terrenal a la Corte y también muchos jueces en las instancias inferiores con el equilibrio necesario para ese cargo. Fue John Marshall quien por 1780, con sus primeros fallos en la Corte de EE.UU., transformó la vacía Constitución norteamericana en un cuerpo viviente. Considerado un héroe nacional sólo estudió derecho por 6 meses y fue su fuerte conciencia político-jurídica lo que forjó la razonabilidad de sus fallos.

• Debilidad

El problema no es ideológico sino que todo hombre sensato sabe de sus debilidades por más educación y adelantos, de modo que hasta que el Creador invente un nuevo ser, lo que en última instancia asegura el convivir con alguna certeza es el sistema jurídico sancionatorio de inconductas. De allí que todo postulado para desaplicar el derecho penal, por la causa que fuera (pobreza, conmoción, etc.) podría desligar una idea contranatura y mesiánica (se aparenta humildad, pero en el fondo hay un Dios que se cree capaz de modificar la naturaleza humana).

Y a nadie se le escapa que si la doctrina de la seguridad nacional fue el eje que devino en las torturas y desapariciones, el sedimento de la doctrina garantista tal como aquí se la recita y se la aplica no es otro que el crimen actual y constante.

• Impunidad

En resumen, por un lado los frutos del ideario de Zaffaroni se perciben a diario con los crímenes más impunes y por otro, su obra literaria no se ha traducido con armónica idoneidad cuando ejerció su función judicial.

Ya Ortega en los años veinte cifraba la esperanza de la nueva Argentina en el descontento de la mujer «menos absorbida que el varón por los intereses económicos». Cuando dijo «ir a las cosas», añadió ante la falta de rigor mental masculino que: «Se lo ve ocupado en contemplarse y ejecutar cuadros plásticos. Pero la ciencia y las letras no consisten en tomar posturas delante de las cosas, sino irrumpir frenéticamente dentro de ellas merced a un viril apetito de perforación».

Pero dado que no se ve la otrora energía desplegada cuando el «corralito» quizás el Sr. Presidente haya postulado al preferido de la mayoría ciudadana. En tal caso merece todo el respeto, pero cada cual debería hacerse cargo del dicho: Dime a quién prefieres y te diré quién eres.

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