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La guerra de los dos Rosas: De la Serna repone "El farmer"

Estrenada hace cuatro años, plantea un enfrentamiento entre las dos imágenes que se tienen del Restaurador de las Leyes: la del ominoso, un poco clandestino, y el histórico y casi mitológico.

“El farmer”, la novela de Andrés Rivera con adaptación teatral, actuación y dirección de Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna (a quienes se sumó Andrés Mangone en la codirección), volvió a escena en el Teatro de la Comedia. La caracterización de su protagonista, el brigadier Juan Manuel de Rosas, oscila entre “el Rosas ominoso, arrojado a la clandestinidad y el Rosas histórico, un cuerpo no biológico sino más bien mitológico, que siguió operando la política argentina como desde ultratumba y pasó a la inmortalidad”, explicó a este diario Rodrigo de la Serna. Dialogamos con él.

Periodista: La puja entre unitarios y federales nos remite a las dicotomías, ¿cuál es la vigencia en relación a la coyuntura actual?

Rodrigo de la Serna: El texto siempre está vigente porque habla de una identidad muy compleja como es la argentina. Escrito por Andrés Rivera, que no era prorrosista y tenía mirada marxista, sabe dónde pegarle a Rosas y lo utiliza justamente para una campaña que resuena en la identidad profunda. No es una obra que quiera reivindicar a Rosas sino cuestionar la identidad compleja y fraticida, y acaso sea ése el momento en que se forjó la actual grieta de la manera más clara y contundente, con dos colosos como Sarmiento y Rosas.

P.: ¿La reposición en el mes de elecciones es merca coincidencia?

R.D.S.: Volvemos por la monumentalidad de ese texto, muy amado por nosotros y que lleva ya un recorrido. En 2015 la estrenamos en la Sala Casacuberta, luego en el Cultural San Martín y finalmente en camioneta por el país. Volvemos porque la obra lo merece.

P.: “El farmer” aborda el “doble mítico” de Rosas pero nació de un monólogo, ¿cómo surgió ese alter ego?

R.D.S.: La novela corta de la que emerge es un monólogo y cuenta la capitulación de Rosas, su último día de vida en un rancho miserable luego de 25 años de exilio. Rosas es construido como un anciano miserable y decrépito que gobernó el país durante 20 años y su monólogo fue la llave que abrió la puesta teatral. A Pompeyo se le ocurrió escindir el cuerpo de Rosas en dos, uno patético y su doble mítico. Esa tensión entre dos cuerpos es lo que destila el texto de Rivera, Rosas en el inconsciente colectivo y su indudable proyección en el ser nacional como la identidad frustrada, la que no pudo ser, la que cayó en Caseros y no obstante permaneció activa en las sombras, acechante y temible.

P.: Audivert había dicho que la obra persigue la imaginación poética del espectador, que generalmente está clausurada por esa visión espejo que predomina en los escenarios, ¿a qué se refiere?

R.D.S.: Para Pompeyo, el teatro debe ser un piedrazo en el espejo, las convenciones, lo que el teatro está reflejando, debiera ser un espejo roto, que desata cuestiones más metafísicas y que el teatro debería tener. La puesta en escena en el rancho o en esa balsa navegando es a la vez un purgatorio con ese doble que observa como testigo privilegiado. El espejo también puede pensarse como una tridimensionalidad que se rasga con aquello que nos imponen las redes, con material obsceno que oculta otras zonas de la realidad vinculadas con algo más espiritual y esotérico. Esta obra nos excita porque tiene todo eso y además indaga y sondea, cuenta mucha historia que nos es negada en los manuales, reinvidica y hace justicia con la figura de Rosas, pero en otra dimensión metafísica se desata salvajemente. No creo que vuelva a participar en una obra de teatro con todas estas dimensiones.

P.: ¿Por qué optaron por embarcarse ambos en la adaptación, actuación y dirección? Abarcaron todo..

R.D.S.: El actor siempre tiene algo del director que no formaliza, porque cuando toma decisiones está influyendo en la puesta. Se dio gracias a la generosidad de Pompeyo, que me sumó a su adaptación, en la que venía trabajando durante hace años incansablemente. Poder codirigir con un referente como Pompeyo es un privilegio, además de compartir escenario con él durante una hora y media. El proceso se dio naturalmente, agarramos el material y los cuerpos pedían ensayo. Después del trabajo de mesa y de leerlo pensamos qué partes destilaban más teatralidad y la musicalidad pedía ser enunciada, porque es digna de ser escuchada más que leída.

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