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La política exterior de Trump naufraga entre caprichosos tuits y funcionarios eyectados

Si el presidente no impone una línea coherente, ¿qué asesor puede seguirle el paso? En los temas más calientes, Estados Unidos recae en sus más antiguos dilemas.

En una medida mucho más grande que en la mayoría de los países, en Estados Unidos la política exterior deriva directamente de su agenda de seguridad. Tal vez, entonces, la existencia de un consenso amplio de su clase política sobre cuáles son las amenazas externas al país sea lo que explica que la primera varíe más en su intensidad y métodos que en sus objetivos, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca. Sin embargo, como muchas otras reglas de la política estadounidense, la validez de la anterior se agotó el 20 de enero de 2017, el día en que Donald Trump se convirtió en su nuevo inquilino.

El presidente republicano volvió a sorprender ayer al sugerir que podría suspender una serie de sanciones aplicadas a Irán para abrir un proceso de diálogo acerca del plan nuclear de ese país, una materia que su antecesor, Barack Obama, había considerado igualmente amenazante, pero que prefirió manejar a través de un acuerdo multilateral. Trump hizo lo contrario: dijo que el pacto (firmado también por Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) era indefendible y, alineado con la postura maximalista de Benjamín Netanyahu, lo denunció y reimpuso las sanciones económicas. Ahora vuelve sobre sus pasos, seguramente disgustando al israelí.

Al parecer, esa voluntad de apertura fue el punto de quiebre de la relación entre el presidente y el asesor de Seguridad Nacional que defenestró el martes, John Bolton, un halcón para el cual no debe hacerse ninguna concesión a los ayatolás y para quien la única solución al conflicto es bombardear los sitios atómicos persas.

Quien escribe este artículo conoció a Bolton en Washington en 2002, cuando este era el subsecretario de Estado para el Control de Armas y Asuntos de Seguridad Internacional de George W. Bush. La teoría de la existencia, finalmente falsa, de armas de destrucción masiva en el Irak de Sadam Husein ya anidaba en esos días en su despacho para devenir en invasión un año después.

El primer problema de Trump va más allá de sus posturas; su inconveniente más profundo es que las cambia permanentemente, pretendiendo manejar a la principal potencia del mundo desde Twitter.

Así, por caso, si un día enfrenta de modo terminal a Irán y al siguiente abre una inesperada vía de diálogo, se dificulta a sí mismo la elección de sus asesores, ya que no existe funcionario capaz de seguirlo en sus rumbos sinuosos.

Por esa razón Trump se deshizo, antes de Bolton, de muchos otros funcionarios de las áreas de relaciones internacionales y defensa, entre otras. En ese sentido, hay que recordar la salida de su primer canciller, el empresario petrolero Rex Tillerson; de la exrepresentante ante las Naciones Unidas Nikki Haley; de los asesores de Seguridad Nacional previos a Bolton, Michael Flynn y H. R. McMaster; de la exsecretaria de Seguridad Nacional Kirstjen Nielsen; del exsecretario de Defensa James Mattis; y, recientemente, del exdirector nacional de Inteligencia Dan Coats. Un verdadero tendal, al que por ahora sobrevive el secretario de Estado Mike Pompeo.

El segundo inconveniente de la política exterior de Trump, vinculado a su carácter errático e improvisado, es que no da resultados.

En ese sentido, el caso de Irán y su impacto en la relación entre el presidente y Bolton resulta revelador. Ante la línea dura elegida en su momento, la República Islámica respondió reanudando, de modo progresivo, sus actividades de enriquecimiento de uranio, colocando a Estados Unidos ante el mismo dilema que enfrentó Obama y que lo decidió a pactar su ralentización. El reloj volvió entonces a 2015.

Las idas y vueltas en la negociación con los talibanes afganos (ver nota aparte) es otro ejemplo de ello. Buena parte del establishment estadounidense ansía ponerle fin a una intervención militar que comenzó en 2001 y que mantiene a ese país, incontables muertos de ambos lados después, en el mismo punto en que lo encontró: con los ultraislamistas empoderados. Sin embargo, la idea de Trump de invitar a los representantes de estos a la Casa Blanca para sellar un entendimiento resultó revulsiva no sólo para Bolton, sino también para los sectores liberales que deploran los abusos de estos contra las mujeres y las minorías. Y eso por no hablar de los deudos de las víctimas del 11-S, que ayer volvieron a llorar a sus seres queridos a dieciocho años de los atentados perpetrados por Al Qaeda con protección talibán.

En idéntico sentido puede pensarse lo que ocurre con Corea del Norte, a cuyo dictador, Kim Jong-un, Trump llegó a elogiar de modo encendido. A los aprontes negociadores, Pyongyang respondió con una desafiante prueba de un lanzacohetes múltiple, realizada hace dos semanas pero conocida ayer. Otra vez Estados Unidos encuentra un punto muerto.

El presidente habló ayer de sus razones para despedir a Bolton.

Sobre el manejo del exfuncionario de la amenaza nuclear norcoreana, dijo que “no es problema ser un duro, el problema es no ser inteligente”. Y, con respecto a Venezuela, señaló que su exasesor “se pasó de la raya”, en una aparente alusión a la inutilidad de haber apostado todas las fichas a una caída de Nicolás Maduro.

Entre las idas y vueltas vía Twitter, siempre se cuela la idea de un fracaso que pertenece, en primer lugar, al propio presidente.

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