En una ciudad donde los bodegones viven un nuevo auge, Hierro Bodegón eligió recorrer un camino distinto. En lugar de apoyarse únicamente en la nostalgia, toma el recetario criollo argentino como punto de partida y lo combina con técnica, producto y una estética moderna. Detrás del proyecto están Francisco Giambirtone y Santiago Lambardi —socios también de Hierro Casa de Fuegos— junto con Diego y Gustavo Batica, un equipo que trasladó al formato bodegón la experiencia adquirida en la parrilla.
La barra recibe apenas se cruza la puerta y da paso a un salón amplio, de líneas contemporáneas, que culmina en un primer piso con terraza privada. Entre los detalles de la ambientación, el Dogo Argentino —representado como un personaje antropomórfico— aparece como sello de la casa en distintos rincones del restaurante. El servicio es atento y cálido, típico del formato.
La cocina, liderada por el chef Claudio Román, recupera sabores reconocibles, aunque casi siempre les suma un detalle que cambia la historia. Uno de los diferenciales más marcados aparece en la charcutería y los embutidos de elaboración propia. El trabajo se desarrolla junto a Eduardo Páez, de El Chacinador, respetando procesos artesanales y tiempos de curación. La sección incluye bresaola, solomillo, salame tipo Milán, salame tandilero con almendras, lomito ahumado, spianatta, bondiola y matambre, disponibles para combinar a gusto y armar una picada a medida. A continuación aparecen los infaltables de la casa: la morcilla, el chorizo 100 % cerdo, la salchicha parrillera y la txistorra, pensados como la antesala del tradicional asado. No es casual: Hierro Bodegón comparte el ADN de Hierro Casa de Fuegos, por lo que la parrilla ocupa un lugar central con cortes como bife angosto, bife ancho, lomo y picaña. Tanto la charcutería como los embutidos también pueden adquirirse al corte o por pieza para llevar.
Esa misma lógica atraviesa el resto del menú. Entre las incorporaciones más llamativas aparecen la bresaola Hierro con huevo poché y papas rotas crocantes, la croqueta de nduja con alioli de wasabi, emulsión de ananá y queso sbrinz, y la tortilla de papa coronada con salchicha parrillera y alioli de ajos asados, ejemplos de una cocina con identidad propia. Entre los platos que ya se convirtieron en favoritos de la casa, están los ñoquis de papa con nduja de la casa, crema, limón y queso estacionado; la milanesa disponible en versiones clásica, napolitana, fugazzeta y suiza, y la porchetta Román, acompañada con ensalada de durazno, hinojo, rúcula y dressing de naranja. Completan la propuesta clásicos como la provoleta con pimientos asados y pesto de albahaca, los langostinos al ajillo con papa rosada y pimentón ahumado, y la burrata con hinojo en texturas.
Hay menú ejecutivo disponible de lunes a viernes, de 12 a 16 h, que permite elegir uno, dos o tres pasos con bebida sin alcohol incluida, a partir de $19.950.
La barra también se luce. Curada por Lambardi, uno de los referentes de la coctelería local, va mucho más allá del vino y la cerveza con una carta de aperitivos, vermuts, cócteles clásicos y reversiones, más una sólida selección de whiskies. El ciclo Vermouth & Jazz suma un plus: un happy hour que se disfruta de lunes a sábados, de 18 a 20 h, con música, precios promocionales y el Pingüino en versión cóctel para compartir.