Según la Real Academia Española la palabra “riesgo” deriva del italiano “rischio”, que a su vez lo tomó del termino árabe “Rizq”, que significa “lo que nos depara la providencia”. También se dice que proviene del latín “resecare”, que alude a una situación peligrosa, donde no hay seguridad. Es decir, la palabra “riesgo” connota la probabilidad, ya que el resultado no se garantiza, de que una amenaza se pueda convertir en un daño. Por lo tanto, muchos consideran que cuando la vulnerabilidad de un sujeto se encuentra distante o separada de lo amenazante, la representación de peligro es menor. Pero cuando ambas se aproximan y se entrelazan, ahí es cuando entramos en la zona de “riesgo” y nos encontramos frente a un problema.
Infancias y adolescencias en riesgo: entre los ideales, el amor y la ternura en la cultura actual
Muchas familias, bebés, niños y adolescentes afrontan actualmente una terrible guerra que no cesa, entre tantas otras "guerras" que no son tan visibles pero que también atraviesan significativamente al ser humano
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El 40% de adolescentes fue víctima de ciberacoso
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¿Cómo influyen los padres en el consumo de drogas y alcohol de sus hijos adolescentes?
los psicoanalistas de bebés, niños y adolescentes hoy requerimos una mayor flexibilidad y muchas veces un trabajo interdisciplinario junto a terapeutas de familia, psiquiatras, pediatras, asistentes sociales, maestros, colegios, etc.
Esta definición nos plantea y nos pone de frente a dos situaciones: la de la amenaza y la de la vulnerabilidad del sujeto.
Entonces, cuando nos encontramos frente al concepto de “amenazas”, no podemos dejar de preguntamos con qué hecho o fenómeno de la realidad externa y del marco planteado por la cultura actual se encuentran hoy desarrollándose nuestros niños y adolescentes, así como también sus madres, padres y respectivas familias.
El mundo actual nos ha puesto y nos pone constantemente frente a numerosos y diversos desafíos, muchos de ellos verdaderas amenazas para el ser humano. No ha pasado mucho tiempo desde el momento en que nos vimos conminados a tener que atravesar una terrible pandemia que se constituyó como una verdadera amenaza que hacía mucho tiempo que el ser humano no experimentaba, poniendo en riesgo su vida. Tampoco se hicieron esperar las consecuencias emergentes y claramente observables durante el largo período de post pandemia. Ambas situaciones cruciales dejaron y dejan a los niños y adolescentes expuestos a lo amenazante de un estado muy cercano a ese estado inicial de inermidad e indefensión que todo ser humano experimenta y debe atravesar para poder devenir un sujeto.
Es decir, la necesidad de la existencia de un otro que en el mejor de los casos satisfaga sus necesidades y cuidados iniciales a través de los cuales se apuntalará, en parte, la posibilidad de vivir. Ese sostén de la criatura indefensa tiene anclaje en una serie de instancias de alto contenido simbólico: el deseo parental, la nominación del sujeto, la mirada de la madre, la significación del cuerpo, el amamantamiento, las vivencias de satisfacción de necesidades que se van entrecruzando con el surgimiento del deseo, entre tantas otras, son todas vivencias que tienen la potencialidad del armado de una malla, de una matriz simbólica-simbolizante en el desarrollo del sujeto.
Muchas familias, bebés, niños y adolescentes afrontan actualmente una terrible guerra que no cesa, entre tantas otras “guerras” que no son tan visibles pero que también atraviesan significativamente al ser humano. Las migraciones y los destierros, que se hacen necesarios para poder escapar del horror de la muerte, o en muchas ocasiones por la imposibilidad de afrontar las diferentes crisis sociales, políticas, económicas y climáticas que ponen en vilo al mundo. La mayoría de los estudios registran el impacto que ha tenido el incremento de la pobreza y el hambre. Las Naciones Unidas reportaron un marcado aumento de las personas que viven en extrema pobreza, lo que se sumó al elevadísimo número ya existente en 2019.
El femicidio, los fenómenos vinculados al racismo, la xenofobia y los fanatismos, los robos y episodios violentos con desenlaces fatales ponen en evidencia la marcada y extrema violencia que impera hoy, incrementada aún más por el significativo aumento en el consumo de diverso tipo de sustancias que van desde el alcohol y la marihuana hasta las complejas drogas sintéticas de diseño que terminan muchas veces en tragedias. Algunos estudios han reportado el incremento del consumo de alcohol y sustancias en la adolescencia en forma significativa.
Otros estudios informan una marcada incidencia de muertes en el mundo entre los 15 y los 29 años debido al alcohol, el consumo de drogas ilícitas y el alarmante consumo de MD, LSD y drogas sintéticas muy ligadas, aunque no exclusivamente, a la noche y los conciertos de música electrónica.
El ciberbullying es una de las diversas modalidades de acoso virtual, como nueva forma de violencia y abuso que encuentra su expansión a través de las pantallas y las redes sociales y de la cual muchos niños y adolescentes son víctimas diarias.
Y como si esto fuese poco, el significativo incremento de la depresión, las autoagresiones como los episodios de cortes en el cuerpo, llegando a su manifestación máxima, como lo es el suicidio. A modo de ejemplo, para la OMS en 2019 el suicidio fue la cuarta causa mundial de muerte en el grupo de edad de 15 a 19 años. Un estudio realizado en Estados Unidos por Yard E y cols, reportó, entre los adolescentes de 12 a 17 años, un incremento de intentos de suicidio del 22,3% durante el verano de 2020 y de un 39,1% durante el invierno de 2021 en relación con lo reportado en los mismos períodos de 2019.
¿Es posible que muchas de estas situaciones sean el emergente de una “sobremodernidad”? El concepto se debe al antropólogo francés Marc Augé, que nos plantea una realidad actual marcada por la vivencia de escasez de tiempo, de exceso de velocidad, de movimiento y de consumo, sumado a lo que él considera que se caracteriza por un exceso de la virtualidad, por la necesidad de estar en multiplicidad de lugares al mismo tiempo, y que asimismo es un “marcado anonimato”, ya que se ocupan los espacios en forma netamente circunstancial, como si uno solo pasase por ellos.
Esta compleja realidad que se pone de frente a muchos bebés, niños y adolescentes, me lleva a pensar que posiblemente la satisfacción tierna y amorosa para el bebé, niño y adolescente de hoy puede resultar una “novela” mucho más complicada de editar y/o reeditar para muchos de ellos. ¿Por qué? Quizá porque muchos de los nuevos ideales que la cultura actual ofrece a los padres, a las familias, niños y adolescentes como fuente de identificación y de representación, por momentos circulan a contrapelo de una corriente pulsional mucho más ligada al amor y la ternura, fundantes en el devenir de un sujeto.
Entonces es aquí donde pasamos a incluir la vulnerabilidad del sujeto. Cuando esta se combina con la amenaza se convierte en un riesgo. Es decir, cuando la amenaza de la realidad externa marcada por la dificultad en el acceso a ideales más vinculados con el amor y la ternura se relaciona con una realidad interna marcada por una vulnerabilidad identificatoria y representacional, el bebé, el niño y el adolescente quedarán mucho más expuestos a la primacía de las pulsiones parciales que buscan solo la descarga a través de la mente, el cuerpo o las acciones.
En este sentido sabemos muy bien la importancia nodal que tienen el amor y la ternura en la estructuración temprana del psiquismo de un sujeto. También la tendrán al ponerse en juego durante el estallido puberal, para la amortiguación del embate entremezclado de las diversas pulsiones parciales que son las que se integrarán para dar lugar luego al surgimiento de la sexualidad genital del adolescente. Y finalmente, el amor y la ternura también se constituirán como ideales muy importantes en el desarrollo de procesos de capital importancia durante ese largo y complejo proceso que es la adolescencia.
Entonces, me pregunto: ¿qué lugar queda para la ternura y las consiguientes representaciones tiernas hoy frente a una cultura actual que fomenta y pone el acento en ciertos ideales como la violencia, el perfeccionismo, el eficientismo y el exitismo, el exhibicionismo, la perentoriedad y la popularidad, al servicio de la satisfacción inmediata obtenida a través de los “likes” en las redes sociales y lo que se establece como “cool”?
El tener en cuenta la importancia de los modelos identificatorios que muchos padres y/o familias les presentan al niño y al adolescente hoy para “identificarse con” y el “ser identificado por”, me lleva a una segunda pregunta: ¿qué tiempo y espacio psíquico les queda al niño y al adolescente de hoy para identificarse “con y por” dichas representaciones amorosas y tiernas ofertadas por los padres, frente a la complejidad de los modelos que la cultura actual intenta colocar en lugar de ideales a alcanzar? Una cultura “sobremoderna” que prioriza la persistencia de la satisfacción inmediata y la celeridad en la descarga como mecanismo de amortiguación de las excitaciones. Más complejo aún cuando los padres están absortos en resolver las complejas problemáticas políticas, sociales y económicas que les plantea la realidad actual, no permitiendo así que la ternura de ellos tenga suficiente espacio, tiempo y lugar.
En una mirada evolutiva, pienso: ¿qué efecto tendrá esta situación durante la primera etapa de vida del sujeto, esa etapa previa al lenguaje, esa etapa muy ligada a la estructuración del psíquismo? La carencia o la poca disponibilidad de una mamá/papá intrapíquico (parafraseando al psicoanalista inglés Donald Winnicott, diría lo “suficientemente tierno”) deja a ese psiquismo temprano mucho más expuesto a los efectos traumáticos de las pulsión y a la menor posibilidad de internalización de la ternura como herramientas que el sujeto podrá utilizar en etapas de complejidad como la pubertad y la adolescencia.
Esta situación tal vez deja al sujeto mucho más vulnerable a que las pulsiones sexuales y agresivas emerjan en su forma más primitiva debido justamente a la mayor carencia de esos elementos neutralizadores y humanizadores de la pulsión, como lo son el amor y la ternura.
De esta manera, lo que quiero transmitir es que es difícil pensar el devenir de la subjetividad de un niño y/o un adolescente como el resultado exclusivo de problemáticas de una realidad externa sin considerar también la vulnerabilidad que está dada por la subjetividad del mundo interno, de ese mundo psíquico tan propio de cada sujeto que se establece y se construye junto a sus padres, a su familia y al entorno que lo rodea.
Un psicoanalista francés, Serge Lebovici, planteó el concepto de “parentalidad”, una estructura dentro del psiquismo que se construye y evoluciona a la par que lo hacen el individuo y su familia, reconociendo en él una estructura que contempla el papel que los padres desempeñan en la satisfacción de las necesidades básicas del niño, así como en la provisión de un ambiente llamado enriquecedor. Y al mismo tiempo la manera en que los padres trabajan juntos como un equipo cohesivo y estable para brindar un espacio seguro y predecible para el niño.
En la actualidad, los psicoanalistas de bebés, niños y adolescentes nos enfrentamos a diversas controversias y dificultades en relación con las parentalidades:
- Las situaciones críticas que han quedado luego del severo impacto que dejaron la pandemia y la pospandemia en niños, adolescentes y en las estructuras parentales, familiares y sociales.
- La diversidad de estructuras y configuraciones familiares: familias biparentales, familias monoparentales, familias homoparentales, transparentales, familias adoptivas, familias reconstituidas o compuestas, familias integradas, familias extendidas, familias temporales, entre tantas otras. Todas sujetas a diferentes prejuicios y estereotipos que generan malestar y diferente aceptación social.
- La diversidad cultural y étnica también plantea preguntas sobre cómo integrar adecuadamente las perspectivas culturales en el trabajo con niños, adolescentes y familias, y cómo abordar los desafíos que surgen cuando las normas culturales entran en conflicto.
- La tecnología, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial en la vida de los niños y adolescentes y su impacto en las dinámicas familiares, comunicacionales y de aprendizaje.
- Los ideales que se plantean en la cultura hoy que hacen que las opiniones de los padres y los deseos de los jóvenes entren en conflictos de gran complejidad.
- La identidad de género y el impacto en las expectativas y las dinámicas de ciertas familias o familiares. Los cambios de género pedidos por el niño con aceptación de la familia o sin ella, las controversias en aplicación de tratamientos hormonales habiendo recién comenzado la pubertad, llegando a la solicitud de cirugías para cambio de género en la adolescencia.
- Las nuevas técnicas de fertilización asistida como la congelación de óvulos, la ovodonación o la donación de semen, vientres subrogados que también plantean la necesidad de búsqueda de nuevos posicionamientos teóricos clínicos que permitan trabajar con estos niños, padres y familias.
Por todas estas razones, los psicoanalistas de bebés, niños y adolescentes hoy requerimos una mayor flexibilidad y muchas veces un trabajo interdisciplinario junto a terapeutas de familia, psiquiatras, pediatras, asistentes sociales, maestros, colegios, psicopedagogos, estimuladoras tempranas, etc,, para brindar así un apoyo efectivo a los bebés, niños, adolescentes, padres y familias en ciertos contextos actuales. Pero es muy importante dejar en claro que este posicionamiento no debe ir en desmedro de ese posicionamiento del psicoanálisis de bebés, niños y adolescentes en el cual, como dice Julia Kristeva, “el psicoanálisis tiene la posibilidad […] de suscitar […] curiosidad psíquica. Es decir, creo en vos, confiarás en mí y vamos a tratar de analizar tus sufrimientos y de no hallar soluciones falsas, sino que la única solución posible es la interrogación”.[1]
Por ello, la importancia que siempre tiene la realización de un psicodiagnóstico psicoanalítico, en el cual el niño debe ser evaluado; no alcanza solamente con entrevistar a los padres a través de entrevistas dirigidas condicionadas y que no permiten que aparezca aquello reprimido, oculto a nuestra conciencia y que nos lleva a alguna verdad donde muchas veces son ellos mismos los que quedan sorprendidos por nuevos descubrimientos.
La priorización de las horas de juego, para que el niño tenga la oportunidad de “decir lo suyo”, de que pueda contar su propia versión más allá del discurso de los padres. La posibilidad de trabajar con los padres y con otros representativos del mundo del niño a lo largo del proceso diagnóstico y terapéutico, dada la importancia de trabajar juntos con ellos y otros profesionales en forma interdisciplinaria en ciertas circunstancias.
Pero por sobre todo, que en un mundo perentorio, de celeridad, inmediatez y resultados rápidos y exitosos, de exceso de la virtualidad y de multiplicidad de lugares al mismo tiempo determinando un marcado anonimato, nosotros, psicoanalistas de bebés, niños y adolescentes, podamos tomarnos ese tiempo, esa paciencia, ese espacio en presencia tan necesaria para investigar a ese sujeto sufriente que hay dentro de cada niño y adolescente inmerso en esa trama vincular tan compleja que constituye las parentalidades, las familias y la cultura hoy. Pero también para que sea, como lo es el inicio de la primavera, una oportunidad de encuentro de cambios al servicio de la vitalidad, la creatividad, la amistad, la ternura y el amor.
Médico. Especialista en Pediatría y en Psiquiatría. Psicoanalista especialista en niños y adolescentes de la Asociacion Psicoanalítica Argentina (APA).
[1] Julia Kristeva: “El joven moderno necesita ideales que nadie le propone”. 6 de noviembre de 2011. La Nación.
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