Test de preguntas (y respuestas) para saber si sos un eco-friendly

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El mundo se salva si cada uno de nosotros vela por la ecología del metro cuadrado propio.

El todo es suma de partes, y tal vez debiéramos recordar más a menudo esta vieja ecuación a la hora de pensar el cuidado del planeta. Muchos tenemos la mala costumbre de echar culpas afuera de un problema del que somos parte. De tal manera, no es extraño sorprendernos a nosotros mismos hablando sobre todo lo que contaminan las compañías petroleras, o la minería, o la industria química -como ejemplo-, casi como si estos agentes fueran “malos” y no tuviesen absolutamente nada que ver con nosotros.

Está claro que las grandes compañías cuyos procesos de extracción, procesamiento o distribución sean contaminantes tienen que estar, por un lado, reguladas por el Estado; y por el otro tener políticas internas de sustentabilidad ecológica motu proprio (más allá de cuan exigentes sean las políticas de control gubernamental).

Sin embargo, estas empresas lidian constantemente con objetivos en conflicto: la rentabilidad de corto plazo no es amiga de las políticas de cuidado ecológico estricto. A nivel Estado, lo mismo ocurre, pues demasiada regulación que erosione la rentabilidad empresaria ahuyenta la inversión, y ese también es un aspecto por el que los gobiernos deben velar. Ni empresas ni Estados pueden escapar de esta tensión entre objetivos, por lo que pretender que dejen de contaminar (al menos del todo) vía regulación o vía política interna, parece imposible.

Es imperante entender que son nuestros hábitos de consumo los que en última instancia sostienen los procesos contaminantes. Son ciertos comportamientos de miles de millones de personas en definitiva los que destruyen el planeta. Ahora bien, si hacemos una sincera lista desde el momento en el que nos despertamos hasta que finalmente volvemos a la cama a descansar, ¿cuán eco-friendly es nuestro día?

Un buen ejercicio es primero identificar las conductas que no lo son y preguntarse cómo sería el impacto ecológico si las ocho mil millones de personas que habitan el mundo hicieran exactamente lo mismo. Por decir algo: si uno usa dos bolsas plásticas por día, serían unas 700 bolsas plásticas por año.

Si cada persona en el mundo hiciera lo mismo, estaríamos hablando de 5.6 billones (millones de millones) de bolsas plásticas anuales. Desafortunadamente, el promedio de dos bolsas unitarias diarias es una buena aproximación: el número de consumo de bolsas plásticas según la ONU es de 5 billones. Suponiendo un tamaño de bolsa media (40cm x 20cm) los 5 billones de bolsas plásticas equivalen a una superficie de ocho veces la Tierra. Es decir: con el plástico que consumimos podríamos envolver al mundo entero ocho veces por año. Y a esto habría que sumarle todo el plástico adicional a las bolsas (botellas, vasos, paquetes, etc.). ¿Es sustentable en el tiempo? La respuesta es no.

En muchas de nuestras acciones cotidianas uno puede decidir contaminar un poco menos, y hay una regla que siempre ayuda para eso: la regla de las tres “R”. Reducir, reutilizar y reciclar. Si bien a esta altura uno puede tildar a esta regla como un “cliché” de la sustentabilidad, lo cierto es que es una buena fórmula a la que recurrir a la hora de revisar nuestras acciones cotidianas contaminantes.

Más allá de lo que estemos haciendo -o consumiendo- las preguntas ¿se pueden reducir? ¿Se puede reutilizar o reciclar?, son clave para guiarnos en el sentido de cuidar el planeta. Claro que para llegar al punto de hacernos estas preguntas, es clave entender que casi toda acción humana es contaminante en algún punto, y que las “compañías malas que contaminan” son sólo una consecuencia. La real causa es el bajo nivel de conciencia ecológica de nuestras propias acciones.

¿Apagamos las luces cuando dejamos un ambiente, o en el verano por ejemplo, si no estamos en casa, dejamos el ventilador o el aire acondicionado prendido, sin tener en cuenta la cantidad de recursos que estamos malgastando? ¿Se puede reducir el consumo de energía eléctrica en el hogar? O en algo tan simple como lavarnos los dientes, ¿cerramos la canilla mientras lo hacemos o dejamos correr el agua?

¿Estamos separando la basura y colaborando con el reciclaje de los diferentes materiales? ¿Reutilizamos envases de vidrio o, por una cuestión de tiempo y comodidad elegimos uno nuevo cada vez que se agota el anterior? Al hacer las compras, ¿seleccionamos productos orgánicos, de producción local, sin plástico en su packaging? ¿Estamos en conocimiento del grado de contaminación que genera el gas metano de la industria cárnica? Frente a distancias que pueden ser cubiertas a pie, o en bicicleta; ¿te movilizás igualmente en automóvil por un tema de comodidad?

Podríamos hacer mucho más extensa esta lista, pero supera el espíritu de esta columna. El todo es suma de partes, y si las partes no cambian, es simplemente imposible que cambie el todo (por mucho que controlemos, o regulemos, o peleemos, o echemos culpas, o nos quejemos). Cada pequeña acción (o no-acción) que cuide al planeta, ayuda.

Son evidentes los signos de agotamiento que la Tierra empieza a mostrar. Cada acción que en el corto plazo favorezca la comodidad individual a costa de la ecología, está comprometiendo el futuro general. El destino de todos depende en el largo plazo de las decisiones diarias que cada uno tome.

Es muy cómodo hacer la vista gorda con esta responsabilidad, señalando afuera a los “malos” y “culpables” que contaminan el planeta. Es hora de entenderlo, somos nosotros quienes lo hacemos. Pretender salvar el mundo descuidando el propio metro cuadrado es sólo retórica, imaginación. El mundo se salva si cada uno de nosotros vela por la ecología del metro cuadrado propio. Se trata de tener apenas un poco más de conciencia y autobservación: ¿cuán eco-friendly es tu día?

(*) Autor de “Un mundo en clave de Fa”

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