Bolivia: ¿lucha libre con trasfondo racial?
-
Los hutíes anunciaron una ofensiva coordinada con Irán y Hezbolá contra blancos estratégicos de Israel
-
El llamado del Papa León XIV en Semana Santa contra la guerra: "No dejemos que nos paralicen"
Imágenes de la descontrolada lucha libre femenina en El Alto,
Bolivia. Allí, las ganadoras siempre son indígenas, mientras que las luchadoras «occidentalizadas» se llevan la peor parte, según las fotos de Christian Lombardi publicadas en «El Mundo», de España.
Votantes de Evo. El Alto, ciudad dormitorio vecina a La Paz, se formó con la emigración campesina y minera del altiplano andino. Casi toda su población (800.273 habitantes) habla aimara o lo tiene como idioma materno. El 60% de los habitantes carece de servicios básicos y 15% es analfabeto. No hay alumbrado público en 80% de las calles. Fue uno de los graneros electorales del presidente indígena Evo Morales: más de 81% de la población votó por él en las elecciones del pasado diciembre, después de que las juntas vecinales lanzaran las marchas que bloquearon la capital y el aeropuerto internacional, claros mensajes de finiquito a los anteriores presidentes, Sánchez de Lozada (2002-2003) y Carlos Mesa (2004-2005).
Tienen fama de broncos; quizá por eso, éste es el único lugar de Bolivia donde la lucha libre (surgida en los años 50) se ha mantenido como espectáculo fijo. El personaje de la chola peleona, introducido hace tres años para salvar el negocio, lo ha logrado.
Cuentan las luchadoras que le han pedido al presidente apoyo en la promoción internacional de su particular show, pero Evo no muestra el mínimo interés por acudir. «En el ring, lo que vence es la rabia», confiesa Julia la Paceña, 29 años, ama de casa, luchadora cholita de pollera. «Con la desesperación por ganar y contentar al público, todo vale. Usamos latas para cortarnos, tablas, cajas para apalearnos. El árbitro suele estar de parte de las rudas ( malas) y no de las técnicas (buenas). A veces, nos pega hasta él y no hay un compañero masculino que se meta a defendernos. No deberían darnos golpes bajos ni maltratarnos los senos, pero se hace.»
Salario. El organizador, que paga a las luchadoras entre 30 y 50 dólares por pelea, según se llene o no el aforo, no garantiza la asistencia hospitalaria y menos aún les proporciona un seguro de vida. «No medimos fuerzas y las caídas son muy duras. Yo rezo a Dios y dejo mi vida en sus manos», dice Esmeralda, 27 años, trabajadora en una fábrica de pulóveres, luchadora occidentalizada, pero aliada de las cholas cuando surge la ocasión.
Estuvo a punto de quedarse paralítica después de que Carmen Rosa la lanzara desde el ring contra una tabla de madera. La sacaron inconsciente. Cuando el empresario dijo: «No queda más dinero para el hospital», ella tuvo que costearse la recuperación. Ya repuesta, debió enfrentarse en el cuadrilátero contra su marido, y venció.




Dejá tu comentario