Las inclemencias de la crisis económica global y el desafío persistente de gobiernos enfrentados con Estados Unidos deben haber terminado de convencer en estos días a Barack Obama de que el estilo político de formas suaves que prometió no será suficiente para domesticar una realidad encabritada. Es en estos términos que hay que entender el avance de Rusia en América latina, con su presidente, Dimitri Medvedev, viajando a Lima y Brasilia, pero sobre todo a La Habana y Caracas, y el inicio de maniobras militares rusovenezolanas en el Caribe. Todo un mensaje dirigido ya no a George W. Bush, cuya presencia a esta altura no le importa a casi nadie, sino a quien todavía ni siquiera se instaló en el Salón Oval.
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La transición hasta el 20 de enero, cuando Obama asumirá finalmente el poder, se ha convertido en un calvario para todos: para el presidente saliente, para los norteamericanos y para él mismo. Los dos meses y medio que van de la elección al cambio de mando son un plazo adecuado en tiempos normales, pero éstos no lo son en absoluto, y Obama se arriesga a perder parte del fuerte capital político con el que cuenta aun antes del debut, en momentos en que no dan tregua la recesión, la destrucción de riqueza en los mercados, los despidos, las ejecuciones de hipotecas impagas y la amenaza de quiebras históricas. Es por eso que mudó radicalmente la actitud esquiva que había mantenido desde la noche mágica del 4 de noviembre y decidió a hablar ante la prensa tres veces en apenas 72 horas -el lunes, ayer y, según prometió, nuevamente hoy-.
El estilo diferente que prometió Obama, quien en la campaña electoral se declaraba dispuesto a dialogar incluso con los mayores enemigos de su país, puede servir para cambiar por un tiempo el clima en las relaciones internacionales, pero luego se termina imponiendo la realidad. O, lo que es lo mismo, los intereses nacionales. O, más precisamente, la percepción de que ellos tienen los líderes en un momento y un lugar determinados. Así, con Bush o con Obama, la Rusia del primer ministro Vladimir Putin y de su delegado transitorio, el presidente Medvedev, se han opuesto y lo seguirán haciendo a la extensión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) al Este, al despliegue del escudo antimisiles proyectado por Estados Unidos en Polonia -con baterías antimisiles- y en la República Checa -con un sistema de radares- y a la injerencia de Washington en Georgia. Sobre el primer punto, Obama nunca objetó nada y, con toda probabilidad, nada modificará. Sobre el segundo, ha sido pura ambigüedad. Sobre el tercero, se alineó en plena campaña con la postura de Bush, favorable a la integridad territorial georgiana y opuesto a los planes separatistas de la población étnicamente rusa de la región de Osetia del Sur, sin tomar distancia siquiera de la aventura militar del gobierno georgiano contra Moscú ni dar explicaciones sobre por qué la secesión es buena en Kosovo y mala en el Cáucaso.
En ese sentido, el modo que eligió el Kremlin para hacer pie en América latina no puede ser interpretado sino como un desafío a Washington. A la compra venezolana de armas por 4.000 millones de dólares desde 2005 se suma ahora la realización de ejercicios navales en el Caribe, un gesto que el Departamento de Estado aseguró que seguirá «muy atentamente».
En la mente de Chávez, esas maniobras son un reaseguro contra la invasión estadounidense que imagina, y un freno al despliegue de la IV Flota en las aguas del hemisferio, hecho que considera un preludio de esa agresión. Un juego de alianzas más oportunista que doctrinario, como lo certifica la intriga que embarga al Kremlin y a los rusos comunes cuando Chávez rinde loas al pasado soviético cada vez que pisa Moscú.
La disputa entre Caracas y Washington, todo indica, continuará. El saludo de forma de Chávez al «hombre negro» tras la victoria del 4 de noviembre fue dejando paso, de a poco, a más de lo que ya se conoce y se espera de él. El lunes, lo cruzó al calificar de «irrespetuosa» la respuesta que el norteamericano dio a la carta que le había enviado el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad. Obama había calificado de «inaceptable» la emergencia de un Irán nuclear.
La amistad entre el socialista caribeño y el ultraislamista iraní es extraña. Israel aparte, ¿cómo entender que un hombre que se considera de izquierda abrace con tanto fervor al exponente más implacable de un régimen teocrático y oscurantista que oprime a sus mujeres, que declara orgulloso estar libre de homosexuales y que castiga con la muerte «delitos» como el adulterio y la «sodomía»? Las razones del amor son insondables. No por nada, Chávez supo ayer de un saludo que lo debe haber reconfortado. «Recibimos con gran satisfacción la noticia de la victoria de los partidarios del presidente Hugo Chávez en las elecciones municipales de Venezuela», dijo Nawaf Musawi, encargado de Relaciones Exteriores del grupo chiita libanés Hizbollah, alineado con Teherán.
La realidad sigue su rumbo, más allá de las buenas maneras.
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