Lima - Pedro Castillo, un maestro de escuela rural de 51 años, de ideología izquierdista y cuya existencia era desconocida hasta hace unas semanas por millones de sus compatriotas, asumirá hoy como nuevo presidente de Perú en una ceremonia que coincidirá con el bicentenario de la independencia del país.
Castillo asume en un Perú tenso por la grieta, la pandemia y la inequidad social
Jurará hoy en Lima en medio de una fuerte ofensiva de la ultraderecha para condicionar su legitimidad. Un Congreso adverso y las zancadillas recientes. Expectativa del mercado: ¿aplicará un programa radical o uno moderado?
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TRANSICIÓN. Pedro Castillo y Francisco Sagasti, presidentes entrante y saliente de Perú. El país buscará hoy, con la asunción del primero, encontrar la estabilidad política que le faltó en los últimos años, aunque los pronósticos no resultan del todo alentadores.
Castillo, hombre de origen sindical y candidato del partido de izquierda dura Perú Libre (PL), jurará ante la nueva titular del Congreso, la dirigente de centroderecha Maricarmen Alva, en lo que podría ser el primer cara a cara en un quinquenio de choques con un Legislativo en el que el oficialismo será minoría.
A la ceremonia de posesión asistirán los presidentes de Argentina, Alberto Fernández; Bolivia, Luis Arce; Chile, Sebastián Piñera, y Ecuador, Guillermo Lasso, así como el expresidente boliviano Evo Morales, entre otros invitados. También concurrirá el rey Felipe VI de España.
Mañana Castillo hará jurará, esta vez de manera simbólica, en el departamento andino de Ayacucho, donde se libró la batalla definitiva de la independencia. Será un acto de gran significado: Castillo, andino quechuaparlante, tiene fuerte apoyo en los departamentos de los Andes, en los que logró contundentes triunfos en las elecciones de junio.
En cambio, Lima, la capital, sede del poder político y donde vive casi un tercio de los peruanos, le es hostil. Esa ciudad, que apostó mayoritariamente por la candidata de derecha Keiko Fujimori, fue el escenario de una intensa campaña de desprestigio en que se agitó el fantasma del “comunismo” y nunca probadas denuncias de irregularidades destinadas a erosionar la legitimidad del nuevo Gobierno incluso antes de su asunción.
En un hecho inusual, el nuevo presidente, que se impuso a Fujimori por 44.000 votos (8.836.388 contra 8.792.117), fue proclamado oficialmente recién la semana pasada, pues la autoridad electoral tuvo que resolver impugnaciones masivas del sector derrotado, que, sin presentar pruebas, aseguraba –y aún asegura– que hubo fraude.
Esos alegatos han tensionado aun más las relaciones entre los dos bandos, al punto que analistas no descartan que en el futuro se intente sacar del poder al gobernante, como ya ocurrió en el último período con Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra y Manuel Merino, cercados por un Poder Legislativo adverso en los dos primeros casos y expulsado por una fuerte reacción popular en el último.
El dólar ha alcanzado en las últimas semanas picos sin antecedentes, la Bolsa de Lima se desplomó y los mercados se desestabilizaron, aunque muy lentamente todo parecía recomponerse en medio de silencios de Castillo, que paradójicamente resultaron apaciguadores, y de la pérdida de credibilidad de sus adversarios.
En el círculo íntimo de Castillo se libra una pulseada entre los sectores más dogmáticos de PL, partido que se declara marxista-leninista, y los nuevos socios, sobre todo de Juntos Por Perú, una agrupación socialdemócrata.
En medio de esas pugnas, emerge la figura del fundador y líder de PL, Vladimir Cerrón, exgobernador del departamento andino de Junín, que está condenado por corrupción, es investigado por supuestas actividades criminales y acaba de manifestar que si el nuevo presidente se “desvía”, el partido “lo corregirá”.
Más allá de la convulsionada coyuntura política, los problemas del país son acuciantes.
El 57% de los 32,5 millones de peruanos está en situación de vulnerabilidad. Las cifras oficiales hablan de un 30,2% por pobreza, lo que incluye un 4,7% de pobreza extrema, y más de un 70% de la economía es informal.
El modelo económico liberal vigente desde 1991 logró avances importantes –con índices de crecimiento entre los mayores del mundo en varios años–, pero los críticos sostienen que el problema de la inequidad no ha sido encarado. La precariedad quedó al desnudo con la pandemia de covid-19, que deja ya 196.000 muertos.




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