Tokio - Los dedos meñiques de ambas manos amputados y los tatuajes de guerreros y dragones grabados en el pecho recuerdan la fidelidad ciega de Kaoru Inoue a su antiguo padrino. Un crucifijo y la Biblia editada en japonés muestran quién dispone ahora de sus servicios. «Jesús es mi nuevo jefe, ahora sólo obedezco la palabra de Dios», dice este ex miembro de la temida mafia japonesa de los yakuza, convertido en pastor y adalid de las buenas causas.
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Inoue y otros siete gangsters son los fundadores de Misión Barrabás, una congregación evangélica dedicada a la propagación del cristianismo y la ayuda a los más desfavorecidos. Para un grupo de criminales que admite haber incumplido hasta el último de los 10 mandamientos -incluido el de no matarás-, se trata una transformación casi surrealista. Los sábados se los puede ver en el parque Veno de Tokio repartiendo comida entre los pobres, cortándole el cabello a los vagabundos o ayudando a los ancianos. Su misión a largo plazo es, sin embargo, mucho más ambiciosa: atraer por el buen camino a los cerca de 80.000 mafiosos con los que compartieron el mundo del hampa.
Los yakuza, como las tríadas chinas o la mafia italiana, basan su existencia en lazos de sangre, la lealtad y el secretismo. En Japón mueven un imperio económico que incluye redes de prostitución, tráfico de armas y drogas, extorsión a comerciantes y asesinatos a sueldo. Los ocho líderes de Misión Barrabás se han atrevido a desafiar la regla número uno de la mafia nipona -la deserción se paga con la muerte-para predicar ahora contra todo aquello que una vez les hizo sentirse invencibles. «Si incluso un criminal como yo puede renacer, ¿por qué no vos y vos y vos?», dice el reverendo Suzuki señalando a sus fieles en la iglesia que el grupo ha construido en Funabashi, un suburbio del este de Tokio.
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La mayoría de los que se acercan a escucharlo son prostitutas, criminales, drogadictos y ex presidiarios en busca de una voz que les conduzca por el buen camino. ¿Quién mejor que alguien que conoce el infierno de cerca? Hiroyuki Suzuki, de 44 años y fundador de la congregación, estuvo 17 años con los yakuza antes de escuchar «la llamada de más arriba».
Cuando sus deudas se acumularon, terminó huyendo con su amante, dejando atrás a su mujer y su hija. «Había 800 yakuza buscándome para matarme y lo único que me importaba era yo mismo. Me había convertido en un monstruo», asegura en un libro autobiográfico. Una década después Suzuki ha recuperado a su familia, ha salido de las drogas y levantó otro pequeño imperio, esta vez legal, que incluye la edición de un libro -«Cristianos Tatuados», la producción de una película -«Jesús es mi jefe»- y apariciones semanales en televisión.
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