Abogados paquistaníes festejaron ayer en la ciudad de Multan la renuncia de Pervez Musharraf,
quien había castigado duramente al sector durante su presidencia de facto, y pisotearon
posters con su imagen.
Islamabad (EFE, Reuters, AFP, ANSA) --Pervez Musharraf renunció ayer a la Presidencia de Pakistán, en la víspera de que la mayoría parlamentaria le iniciara un proceso de destitución, lo que generó temor a una desestabilización de un país nuclear y con creciente influencia talibán y de Al-Qaeda.
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Con una popularidad pulverizada, el ex jefe de las Fuerzas Armadas que se puso al frente de la única potencia atómica del mundo musulmán en 1999 tras un golpe de Estado, cedió ante la presión de sus adversarios políticos.
Musharraf vio también debilitarse en los últimos meses el apoyo del Ejército y de Estados Unidos, que hasta hace poco tuvo en él a un aliado clave en la guerra contra el terrorismo.
«Después de analizar la situación y consultar con asesores legales y aliados políticos, decidí dimitir», dijo Musharraf con semblante grave, en una alocución televisada. «Dejo mi futuro en manos del pueblo», añadió, tras un discurso en el que defendió su gestión y tachó de infundadas las acusaciones en su contra, entre las que figuran haber violado la Constitución al destituir a los jueces que iban a pronunciarse sobre su elección por el Parlamento en octubre de 2007, y haber instaurado ilegalmente el estado de excepción un mes más tarde.
Musharraf fue reelegido de manera controvertida, por la vía parlamentaria, en octubre del año pasado. Poco después renunció al cargo de jefe del Ejército, en una tentativa de difuminar su imagen autoritaria. Su popularidad, sin embargo, ya había iniciado una caída dramática, afectada por su tentativa de terminar con el poder del presidente de la Corte Suprema y por la espiral de violencia terrorista que sacudía al país.
Los ataques protalibanes provocaron más de 1.000 muertos, incluida la ex primera ministra Benazir Bhutto, que había regresado del exilio para presentar batalla a los partidarios de Musharraf en las elecciones legislativas de febrero último, que se saldó con una estrepitosa derrota de los aliados de éste. Los comicios permitieron el regreso al poder del Partido del Pueblo Paquistaní (PPP, de la difunta Bhutto), en alianza con el ex primer ministro Nawaz Sharif, derrocado por Musharraf hace nueve años.
La coalición gubernamental hostil al jefe de Estado, formada en marzo, se comprometió el 7 de agosto a lanzar un proceso de destitución contra el general retirado. Justamente se disponía a presentar la moción hoy ante el Parlamento, cuando la sorprendió el anuncio de la dimisión, que consideró un «triunfo de la democracia».
Secreto
Varios colaboradores cercanos de Musharraf excluyeron la idea del exilio, mientras la prensa local se preguntaba ayer sobre un eventual acuerdo secreto que le evitaría ser procesado a cambio de la dimisión. Analistas destacaron de que es altamente improbable que el Ejército, más allá de recientes desavenencias, acepte pasivamente el juzgamiento de su ex líder.
Numerosos paquistaníes salieron a la calle, bailando y profiriendo eslóganes hostiles contra el presidente saliente en la calles de la principales ciudades del país.
A la espera de la elección de su sucesor por el Parlamento y las asambleas provinciales en un plazo máximo de dos meses, el presidente del Senado, Mohamedmian Sumro, será el presidente interino.
El gobierno estadounidense, algo distanciado de Musharraf en el último tiempo en medio de una creciente desconfianza sobre su verdadera dureza hacia los grupos extremistas, ponderó con todo el rol de valioso aliado que cumplió
Musharraf en la guerra contra el terrorismo y contra Al-Qaeda. En tanto, la Unión Europea reaccionó con cautela y Rusia dijo esperar que la salida de Musharraf no tenga «consecuencias negativas para la estabilidad» de la nación asiática.
El de la inestabilidad es, justamente, el desvelo de los analistas y de la comunidad internacional.Temores que se justifican por el carácter nuclear de Pakistán, por compartir frontera con el volátil Afganistán -un verdadero nido de terroristas talibanes y de Al-Qaeda y, acaso, santuario del propio Osama bin Laden-, por su histórico enfrentamiento con la también atómica India y por la infiltración fundamentalista en las FF.AA. y los servicios secretos. La posibilidad de que esos sectores integristas se hagan en algún momento con el poder, y con el control del arsenal nuclear, no puede descartarse.
De hecho los talibanes paquistaníes se congratularon ayer por la renuncia del ex hombre fuerte, en un país donde hay registradas casi 15.000 madrazas, escuelas coránicas de las que surgen los cuadros islamistas.
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