El Alberto - El ulular de las sirenas corta el frío aire nocturno, mientras un grupo de mexicanos avanza lentamente por un camino rural, agazapándose en medio del pasto, entre ratas y víboras, para escapar de las luces de los agentes de frontera. «Rápido, corre, no pares», susurran los traficantes, empujando a sus acompañantes por un terraplén rocoso, antes de acurrucarse juntos en la oscuridad.
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Pero no hay ninguna frontera para cruzar en estas laderas plagadas de cactus del centro de México, y los viajeros pagaron apenas una fracción de lo que cuesta cruzar la frontera con Estados Unidos, en una especie de juego que lleva apenas unas horas, y no días, como el cruce verdadero.
La «Caminata Nocturna» es publicitada como un deporte extremo, al igual que los recorridos en botes neumáticos o las acampadas, en un parque administrado por una comunidad que supo realizar viajes reales a la frontera con Estados Unidos para sobrevivir.
El 90% de los 1.100 habitantes de El Alberto, en el estado de Hidalgo, vive y trabaja en EE.UU., al menos una parte del año. Muchos cruzaron la frontera ilegalmente. Pero con la crisis financiera, los mexicanos desempleados regresan a su país, por lo que la comunidad necesita turistas más que nunca.
«La idea de la caminata nocturna nació aquí porque nosotros ya lo vivimos, lo sufrimos y la estamos haciendo porque conocemos», dijo Luis García Bravo, el líder de 42 años que cruzó por primera vez a Estados Unidos en 1987.
El proyecto comenzó hace 15 años con la construcción de dos baños públicos y creció con fondos e ideas enviados desde EE.UU. para incluir un complejo con piscina y alojamiento para turistas.
Los miembros de la comunidad votan para traer a otros que trabajan en la construcción y el mantenimiento de viviendas desde EE.UU., en una rotación anual que busca traer fondos y mano de obra para ayudar al crecimiento del proyecto.
«Aquí se elige por un año. Nosotros no guardamos ni un peso, gastamos todo aquí», dijo Bravo. Si alguien se niega a participar tiene que dejar el pueblo, y sólo puede volver previo pago de una multa.
El «cruce de la frontera» fue apenas una nueva apuesta para obtener dinero cuando comenzó hace cuatro años, pero muy pronto se convirtió en una atracción importante, y actualmente cientos de personas participan cada año, desde turistas locales y extranjeros hasta grupos de escolares.
«Al principio las autoridades dijeron que estábamos promoviendo la inmigración. Quisieron pararlo», dijo uno de los líderes que usaba un pasamontañas y se hacía llamar «Pancho».
Pero los organizadores aseguran que quieren despertar conciencia sobre el sufrimiento de cientos de miles de mexicanos desesperados que cruzan la frontera cada año.
Tras disfrutar de la piscina en una tarde soleada, unos 60 liceales se internan en la aventura nocturna.
Las sirenas y luces de las patrullas persiguen al grupo durante un trayecto de cuatro horas, y en determinado momento los obligan a esconderse en un túnel oscuro, mientras resuenan los disparos.
«¿De dónde vienen? No se muevan», grita un grupo de agentes en inglés a un puñado de muchachos encandilados por las luces.
Luego de correr y agazaparse en el terreno áspero durante varias horas, una chica sufre un esguince en el tobillo y varios gritan al escuchar el ruido de los animales desde el bosque.
Para cuando termina el viaje, los falsos inmigrantes sienten que tuvieron suficiente. Sus profesores confían en que la experiencia haya abierto los ojos de estos chicos habituados a una vida confortable.
«Definitivamente creo que tendrá un impacto sobre ellos», indicó la profesora de inglés Christa Kromer, mientras sus alumnos interrogan a sus guías sobre los cruces reales, en un poco habitual intercambio en la dividida sociedad mexicana.
«No tenía miedo, pero es algo extraño. Como ponerse en los zapatos de los demás, sentir lo que sienten los que buscan pasar la frontera», contó Sergio Salinas, de 19 años. «Sabía que había mucha gente que sufría pero nunca pensé a qué nivel estaban sufriendo». «Me doy cuenta que es un problema real y que realmente hay familias que sufren eso», dijo por su parte María Isabel Golec, de 18 años.
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