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6 de junio 2008 - 00:00

De megalómano a superterrorista

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Naval de Guantánamo - Khalid Sheikh Mohammed no es un hombre con un odio ciego hacia Estados Unidos, pues vivió en Carolina del Norte y estudió en sus universidades, pero su rechazo a la alianza de Washington con Israel lo llevó a idear, según ha confesado, un atentado que cambió el mundo.

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A Mohammed, quien ayer compareció por primera vez ante un juez militar en Guantánamo por los atentados del 11 de setiembre de 2001, nunca le faltaron planes impactantes. En una declaración ante una junta militar que revisó su caso el año pasado dijo haber participado en una treintena de complots, según la transcripción divulgada por el Pentágono. Muchos nunca salieron del papel, otros fueron fallidos y un puñado tuvo un «éxito» terrible.

Quiso volar el Canal de Panamá, el aeropuerto británico de Heathrow y matar a Bill Clinton, al presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, y al Papa Juan Pablo II. Confesó haber decapitado en 2002 en Pakistán, «con mi santa mano», según dijo, al periodista estadounidense Daniel Pearl, que era judío, y se atribuyó la responsabilidad «desde la A hasta la Z» por los atentados del 11-S.

En 2003 ya había reconocido ser uno de los organizadores de los atentados en una entrevista con la cadena de televisión Al-Jazeera. Ese fue su gran error, pues los espías estadounidenses y paquistaníes aparentemente seguían los pasos del periodista y dieron con él.

Mohammed, que entonces era supuestamente el jefe de la unidad de propaganda de Al-Qaeda, corrió el riesgo porque nunca resistió la tentación de ser el centro de las miradas. En su plan original para el 11-S, él mismo secuestraba un avión, mataba a todos los pasajeros varones, aterrizaba, convocaba a la prensa y lanzaba una diatriba sobre la maldad de la política estadounidense, según la comisión oficial que investigó los atentados.

«Esta perspectiva da una idea de sus ambiciones verdaderas. Se trataba de un teatro, un espectáculo de destrucción con 'KSM' (la sigla de su nombre) como la estrella autodesignada, el superterrorista», afirmó la comisión. Sin embargo, Osama bin Laden vetó esa propuesta.

El deseo de atención parece haber sido también la punzada que le hizo entrar de lleno en el terrorismo, de acuerdo con la comisión, que basó gran parte de su relato en las confesiones del propio Mohammed una vez que cayó en manos estadounidenses.

  • Ejemplo

    Vio la «fama instantánea» que ganó su sobrino Ramzi Yousef al organizar el primer atentado contra el World Trade Center de Nueva York, donde una bomba explotó en 1993 y mató a seis personas, y quiso seguir su ejemplo, según el gobierno estadounidense.

    Ya había estado vinculado con el terrorismo, pero su papel hasta ese punto había sido secundario. Como la gran mayoría de la vieja guardia de Al-Qaeda, entró en el mundillo del extremismo islámico por su experiencia como muyahidin (combatiente) en Afganistán.

    Nacido en Kuwait, en 1965, según dijo ayer en la vista, en el seno de una familia proveniente de Baluchistán, la región que se extiende por el sur de Irán, Afganistán y Pakistán, Mohammed tiene pasaporte paquistaní.

    Estudió un semestre en Chowan College, una pequeña universidad baptista en Carolina del Norte, y completó su licenciatura en Ingeniería Mecánica en diciembre de 1986 en la Universidad Agrícola y Técnica de ese estado. Usaría ese conocimiento de primera mano de la cultura y la lengua estadounidenses para entrenar a los futuros secuestradores de los aviones del 11-S, según Washington.

    De Estados Unidos se fue a Afganistán a luchar contra los invasores soviéticos y también combatió en Bosnia. En 1992, se mudó a Qatar, donde un ex alto funcionario le consiguió un trabajo como ingeniero en un ministerio. Con esa tapadera estableció una red de contactos con grupos fundamentalistas islámicos en todo el mundo, según Estados Unidos.

    Mohammed se convirtió en un «empresario terrorista», un hombre en busca de patrocinadores para sus planes de atacar a Estados Unidos, no por alguna afrenta que sufriera cuando era estudiante allí, sino como castigo por su política externa, anotó la comisión. De esta forma se topó con Bin Laden en Afganistán, al que en 1996 presentó, como un vendedor ambulante, su idea de transformar aviones de pasajeros en armas de destrucción masiva.

    Cinco años después, 2.973 inocentes murieron en Nueva York, Washington y Pensilvania.
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