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En la reunión de los ministros de Estados Unidos, Canadá, Japón, Italia, Alemania, Reino Unido y Francia (G-7) más Rusia (G-8), se esperan fuertes críticas contra la administración estadounidense de George W. Bush, tanto por su postura sobre Irak como por el plan de reactivación de la economía doméstica que prevé comenzar este año.
Los cuestionamientos deberán ser respondidos el viernes por la noche y el sábado por el nuevo secretario estadounidense del Tesoro, John Snow, quien tendrá un incómodo bautismo de fuego internacional en su primer cónclave de este tipo después de su nombramiento el 9 de diciembre último.
Snow será el representante de un país que programó un aumento vertiginoso de los déficits presupuestarios (304.000 millones de dólares este año y 307.000 millones en 2004), mientras se perfila una intervención militar en Irak sin duda bastante costosa.
Que la primera potencia económica del mundo se encamine hacia tales agujeros fiscales para financiar un plan de reactivación debería llevar agua al molino de quienes, en el seno de la Unión Europea (UE), desean flexibilizar el Pacto de Estabilidad, cuya regla de oro es el mantenimiento de los déficits públicos por debajo del 3 por ciento del Producto Bruto Interno (PBI).
Pero pese a la polémica en Estados Unidos sobre el efecto real que tendrá el plan de reactivación y a que el presidente Bush es acusado de descuidar la economía en beneficio de los preparativos para la guerra, la primera potencia mundial debería ser la que registre el crecimiento más fuerte de los países del G-7 en 2003, a excepción tal vez de Canadá.
La Reserva Federal prevé un crecimiento entre 3,25 por ciento y 3,50 por ciento en Estados Unidos en 2003, y la asociación estadounidense de economistas de empresa (NABE) espera un 2,7 por ciento.
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