Hace un año el mundo miraba atónito cómo aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas y cómo quedaba destruida una parte del Pentágono. Desde entonces, el presidente George W. Bush puede esgrimir ante la sociedad norteamericana haber tenido los reflejos necesarios para poner en marcha una gigantesca maquinaria bélica que acabó con el régimen talibán en Afganistán y emprender profundas reformas a los sistemas de justicia y de seguridad internos que cambiaron de modo impensable la vida cotidiana de los estadounidenses.Sin embargo, otros importantes objetivos están lejos de haberse alcanzado. La organización Al-Qaeda sigue operativa, Osama bin Laden podría estar vivo y casi no hay logros significativos en la desarticulación de la trama financiera del terrorismo. Las ciudades norteamericanas viven desde ayer el mayor nivel de alerta de su historia ante el "muy elevado riesgo" de nuevos ataques, y Washington amanece hoy con misiles tierraaire apuntando al cielo en prevención.
Dentro de esta situación de máxima cautela, el Departamento de Estado advirtió a todos sus ciudadanos, así como a todas sus embajadas y consulados, que permanezcan «especialmente vigilantes» durante los días previos y posteriores al 11 de setiembre.
Desde que el semáforo de alarma (que tiene cinco niveles) fue establecido, es la primera vez que el color pasa del amarillo, tercer nivel, al naranja, que es el cuarto. Además, es la primera vez desde marzo que el gobierno decide incrementar el nivel de alarma.
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