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Il Professore celebra con su nieta Chiara. «Nonno for president», dice la remera de la niña.
De regreso a Bolonia, Romano Prodi se dedicó a la docencia y se incorporó al grupo dirigente de la editorial Il Mulino, influyente nódulo intelectual del centro de Italia, equidistantede Milán y de Roma, bien conectado con los sindicatos, con la izquierda católica y con el influyente monasterio franciscano de Asís.
Fue un movimiento correcto. A principios de los años ochenta, Giulio Andreotti lo llamaba a Roma para dirigir el Instituto para la Reconstrucción Industrial (IRI), el INI italiano. Allí conoció las entrañas del poder y se convirtió en un tecnócrata al servicio del Estado. La Guerra Fría aún no había concluido, pero ya se respiraban tiempos de cambio. En aquella misma época, un ambicioso promotor inmobiliario de Milán apellidado Berlusconi ya soñaba con crear una gran televisión comercial aprovechando su amistad con el socialista Craxi.
Prodi fue convocado a la política más tarde. Sorprendido por la imprevista irrupción de la Forza Italia berlusconiana, el Partido Comunista comprendió en 1994 que ni aun con otro nombre lograría conquistar el poder en solitario. También desde la izquierda había que crear algo nuevo. Así nació la coalición El Olivo, con Il Professore al frente, flanqueado por otros dos técnicos de prestigio, Carlo Azeglio Ciampi y Lamberto Dini, ex directivos del Banco de Italia.
Prodi fue elegido primer ministro en 1996 con el propósito de garantizar el ingreso de Italia en la zona euro. Lo consiguió, no sin duros sacrificios, pero al día siguiente de obtener el diploma europeo, El Olivo ya tenía problemas.
La inevitable conspiración itálica había comenzado. Midió mal sus fuerzas y perdió una decisiva votación de confianza en 1998. Prodi abandonó el Palazzo Chigi prometiéndose a sí mismo venganza. Quien firma estas líneas, entonces corresponsal en Italia, lo puede certificar. «Yo también sabré mover los hilos, se lo aseguro», confesó una tarde otoñal en una vieja oficina con vista a la Fontana de Trevi.
Había en sus palabras un dejo de amargura y una férrea voluntad. En sus ratos libres, Prodi es un ciclista abnegado.
Pasaron ocho años hasta la nueva postulación. En el ínterin, consagró su carrera de tecnócrata de lujo en la presidencia de la Comisión Europea -algunos en Roma creyeron que así se lo quitaban de encima- con una gestión aceptable aunque no extraordinaria. En Bruselas nunca dejó de pensar en Italia. Todos los días movió algún hilo.




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