Madrid - A comienzos de los años '80 Siria hizo un llamamiento internacional para frenar una nueva forma de terrorismo islámico que hacía tambalear el régimen de Hafez el Assad. Se trataba de un grupo llamado Vanguardia Combatiente, capaz de matar a decenas de personas en pleno centro de Damasco con un coche bomba y de asesinar a un centenar de cadetes de la Academia de Infantería. Nadie respondió a su voz de alerta.
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La represión fue tan dura que la Vanguardia Combatiente desapareció. Muchos de sus militantes murieron en las operaciones de castigo, otros muchos acabarían sus vidas en la cárcel y los que lograron escapar encontraron refugio en Afganistán. Allí se unieron a los luchadores procedentes de otros países musulmanes, primero en apoyo de los muyahidin (combatientes islámicos) contra los comunistas y después de los talibanes contra la Alianza del Norte del comandante Massud.
Algo parecido ocurrió a finales de los años '90 con los grupos Yihad y Yamaat al-Islamiya en Egipto, cuyos atentados costaban la vida a decenas de turistas. También con el grupo turco Hizbollah, al que se responsabiliza de más de un millar de muertes, y con los salafistas escindidos del GIA argelino, autores de las más horribles masacres. Estos asesinatos colectivos, como los de Siria, Egipto o Turquía, parecen haber sido olvidados cuando se vincula esta nueva forma de terrorismo únicamente a la Guerra de Irak. Todos esos grupos coincidían en haber roto con la estrategia moderada de los Hermanos Musulmanes y en justificar cualquier tipo de violencia para alcanzar sus fines.
En Afganistán, dentro de las brigadas internacionales de Bin Laden, encontraron la forma de unificar su esfuerzo colectivo para hacer frente a la « amenaza» de la civilización occidental. A ex miembros de la Vanguardia Combatiente, del Hizbollah turco, de la Yihad egipcia o de los salafistas argelinos o marroquíes se los suele localizar ahora tras los últimos atentados de Al-Qaeda. Lo mismo ocurrió cuando comenzarona actuar en Irak también a fines de los '90. Entonces su principal objetivo no era, precisamente, derribar el régimen de Saddam Hussein, sino aniquilar a las organizaciones kurdas «vendidas a los sionistas y norteamericanos».
Mucho antes de los atentados de Nueva York, el gobierno kurdo de Erbil ya sufría los zarpazos de los grupos que después formarían Yund al-Islam (Soldados del Islam). Sólo entre 1999 y 2003, este nuevo terrorismo islamista costó la vida a más de 100 militantes y dirigentes de los partidos kurdos, una treintena de ellos degollados uno a uno, de forma ritual y pública. Y todavía no había empezado la Guerra de Irak.
Como la Siria de Assad, el gobierno kurdo pidió ayuda internacional pero, tal vez porque este terrorismo en esos momentos todavía no afectaba a Europa, sus llamamientos tampoco tuvieron respuesta. Yund al Islam derivó en Ansar al-Islam y Ansar a-Sunna. Al producirse la ocupación angloamericana, se unieron a la resistencia.
Ahora compiten en métodos sanguinarios con los voluntarios extranjeros de Zarqawi y con los sectores más radicales de la minoría sunnita, última base social de Saddam Hussein tras perder los pocos apoyos que le quedaban entre kurdos y chiitas. Fue para mantener este apoyo social que Saddam impregnó de islamismo un sistema que ya no se reconocía en sus principios.
La ocupación, obviamente, ha permitido intensificar, justificar sus acciones y reclutar nuevos militantes en todo el mundo pero no hay que olvidar que esta nueva forma de terrorismo llevaba años asolando el Magreb y Oriente Próximo. La diferencia es que antes las víctimas eran otros y, por lo tanto, no existían.
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