Los musulmanes chiitas vivieron ayer en Irak y en Pakistán una de las jornadas más trágicas de los últimos tiempos. Diferentes atentados dejaron al menos 227 muertos y más de 500 heridos en tres ciudades, cuando grandes multitudes de fieles celebraban una festividad religiosa. Al menos 112 personas murieron en Kerbala y 70 más en Bagdad, un intento de Al-Qaeda de desatar una guerra civil en Irak para socavar la ocupación estadounidense, según se afirmó desde diversos sectores, inclusive islámicos fundamentalistas. En la ciudad paquistaní de Quetta, en tanto, chiitas que participaban de una procesión fueron atacados por extremistas con granadas y disparos, lo que dejó por lo menos 45 muertos más. Para EE.UU., la simultaneidad y la brutalidad de los ataques tienen el sello de Osama bin Laden. En medio de un proceso electoral que se le presenta como muy difícil, la administración Bush acelera las operaciones militares para la captura del terrorista más buscado del mundo, cuya concreción podría marcar la diferencia entre una victoria y una derrota en las urnas.
Los ataques casi simultáneos devastaron un rito anual, vedado bajo el régimen sunita de Saddam, durante el cual los chiítas se golpean en el pecho y la cabeza y se hacen cortes en la cabeza con espadas para reverenciar al
Los chiítas, que antes se habían hecho cortes en su cabeza con las espadas, hacían filas para donar sangre para los heridos.
Nadie se responsabilizó de inmediato por los ataques.
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