8 de abril 2005 - 00:00

Emotivo funeral de Juan Pablo II

Un millón de fieles despidieron este viernes a Juan Pablo II en un histórico funeral que fue interrumpido por los gritos pidiendo su pronta canonización y tras el cual el Papa polaco recibió sepultura en la cripta de la basílica de San Pedro.

Cumpliendo con su deseo, Juan Pablo II fue enterrado en una sencilla tumba en el suelo recubierta sólo por una lápida de mármol blanco, en una ceremonia íntima que concluyó pasadas las 14HOO locales (12H00 GMT), poniendo fin a los actos previstos para despedir al papa fallecido el pasado sábado a los 84 años.

El féretro de Juan Pablo II, cargado por 12 porteadores, fue llevado en procesión hasta el interior del templo bajo una fervorosa ovación, mientras sonaban las campanas y varios eclesiásticos agitaban sus manos despidiéndose del polaco que ocupó el trono de Pedro durante más de 26 años.

"Santo, santo, santo", corearon durante largos minutos los cientos de miles de devotos y peregrinos, jóvenes en su mayoría, que abarrotaron la plaza de San Pedro e interrumpieron brevemente la liturgia para expresar por última vez su cariño al único Papa que muchos de ellos conocieron.

El Papa "nos ve y nos bendice" dijo durante su homilía el cardenal alemán Joseph Ratzinger, decano del colegio cardenalicio, quien presidió la misa al aire libre de dos horas y media de duración en la plaza de San Pedro.

"Ahora está frente a la ventana de la casa del Señor. Nos ve y nos bendice", dijo Ratzinger, recordando la última bendición que el Romano Pontífice impartió desde su ventana a los fieles que se congregaron en la plaza el domingo de Pascua, seis días antes de su muerte a los 84 años de edad.

El sencillo féretro de madera clara de ciprés, con una cruz y una "M" de María grabadas en la parte superior, yacía sobre una alfombra oriental delante del altar de colores rojo y oro, una sobriedad que contrastaba con la grandiosidad del acontecimiento.

Sobre el ataúd se habían colocado los santos Evangelios, cuyas páginas fueron hojeadas por el viento en esta nublada y fresca mañana primaveral mientras los coros de la Capilla Sixtina y del "Matter Ecclesiae" entonaban cantos gregorianos.

El cardenal Ratzinger abrió la solemne ceremonia con una breve plegaria, antes de ceder la palabra a una joven, Alejandra Correa, que pronunció la "Lectura de los hechos de los apóstoles" en español, el primero de los numerosos idiomas extranjeros que se escucharon durante el ritual.

La misa fue concelebrada por 160 cardenales, cuyos paramentos formaban una barrera de color rojo púrpura a la izquierda del altar, que contrastaba con la fachada color arena de la basílica, el morado de los obispos, el blanco de las ropas de los otros centenares de sacerdotes oficiantes.

Frente a ellos, se advertía una enorme mancha oscura formada por el nutrido grupo de mandatarios, vestidos en su mayoría de estricto luto, los hombres con traje gris, azul o negro, mientras que las mujeres lucían mantilla o sombrero cubriéndoles la cabeza.

Entre los 26 jefes de Estado, ocho vicepresidentes y 17 primeros ministros presentes, sobre un total de 200 personalidades, destacaban el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, sus homólogos brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva, y mexicano, Vicente Fox, así como los reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, y el príncipe Carlos de Inglaterra.

América Latina estaba igualmente representada por los presidentes de Bolivia, Brasil, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá.

Antes del funeral, los restos mortales del Papa más mediático y viajero de la historia, fueron introducidos en un sencillo ataúd de madera de ciprés en una ceremonia íntima a la que asistieron el cardenal camarlengo, el español Eduardo Martínez Somalo, y su secretario personal durante los últimos 40 años, monseñor Stanislaw Dziwisz.

Un millón de personas, entre los que destacaban numerosos italianos y polacos, asistieron en directo al funeral en la Ciudad Eterna.

Unos 300.000 ocuparon por completo la plaza de San Pedro y la avenida de la Conciliación que vincula el casco histórico de Roma con la Santa Sede, y otros 700.000 se encontraban frente a través de las 28 pantallas gigantes instaladas en puntos estratégicos de la ciudad.

Los fieles y peregrinos, entre ellos numerosos españoles y latinoamericanas, ondeaban cientos de banderas de distintos países y una gran pancarta que rezaba "Santo ya".

"Después de Cristo es el hombre que más esperanza dio al pueblo de Dios", dijo una religiosa mexicana, sor Juana, de las guadalupanas de La Salle.

Varios centenares de fieles, muchos de los cuales esperaron toda la noche a la intemperie para poder acceder al recinto, tuvieron que ser atendidos durante la ceremonia por médicos y socorristas voluntarios.

Las autoridades italianas establecieron "un dispositivo de seguridad sin precedentes" para el funeral más multitudinario de la historia y movilizaron a 40.000 personas, entre agentes de seguridad del Estado, voluntarios de Protección Civil y empleados municipales.

El espacio aéreo romano permaneció cerrado durante el funeral y el tráfico de automóviles en el casco urbano fue cortado, debido a la avalancha humana que casi ha duplicado la población de la ciudad.

"Es como si Roma hubiera recibido a otra Roma", declaró el jueves el alcalde, Walter Veltroni.

Otros centenares de millones de personas en todo el mundo siguieron la ceremonia en directo por la televisión, incluido en el mundo árabe.

Inmediatamente después del funeral, algunas personalidades, como el presidente de Estados Unidos George W. Bush, y numerosos peregrinos comenzaron a abandonar la ciudad.

A partir de ahora, la atención se centrará en la sucesión de Juan Pablo II, que se dirimirá en el Cónclave de cardenales cuyo inicio está previsto el 18 de abril.

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