Un movimiento cívico, masivo e irreprochable puso ayer de manifiesto -como nunca antes-el agudo aislamiento de la guerrilla colombiana y el hartazgo que provocan sus métodos terroristas. Millones de personas salieron a las calles de toda Colombia para expresar su repudio a las FARC y, a la vez, a cualquier tentativa interesada de concederle estatus político como modo de socavar al gobierno democrático de Colombia. En un hecho sin precedentes, la movilización surgió de una iniciativa individual en Internet, que rápidamente fue ganando apoyos personales e institucionales, demostrando hasta qué punto se colmó la paciencia con el terrorismo y los secuestros. Lo visto ayer es un triunfo contundente de la estrategia de seguridad democrática del presidente Alvaro Uribe, por más que las manifestaciones no hayan tenido un tinte partidario. Y, paralelamente, fue una derrota dolorosa para Hugo Chávez y sus aliados en diversos países de la región, que coquetean con los terroristas.
Las manifestaciones que se desarrollaron en las 40 principales ciudades de Colombia fueron replicadas en 125 más en todo el mundo. Pero la Argentina quedó, una vez más, a contramano. Grupos piqueteros se manifestaron y hasta protagonizaron algunos disturbios por la legalización de las FARC.
Cali fue escenario de una de las manifestaciones ciudadanas
más fuertes. La jornada de protesta surgió a partir de una iniciativa
individual en Internet, que creció como una bola de
nieve.
Bogotá (EFE, AFP, Reuters, ANSA, DPA) - Gigantescas marchas blancas integradas por millones de personas se apoderaron ayer de las principales ciudades de Colombia en una jornada de repudio a la guerrilla de las FARC y de reclamo de la liberación de cientos de rehenes en poder de los terroristas. Las manifestaciones, que no tienen precedentes, se desarrollaron en 40 ciudades colombianas y tuvieron eco en más de 125 ciudades alrededor del mundo.
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La manifestación fue convocada el 4 de enero último por un grupo de jóvenes profesionales por medio de la red social de Internet «Facebook» con el título «Un millón de voces contra las FARC». Semanas después, la protesta se convirtió en realidad.
«¡Libertad, libertad!, No más FARC; no más secuestros», corearon cientos de miles de personas que se volcaron a las calles, prácticamente paralizando toda Colombia desde el mediodía.
Edificios y balcones se adornaron con banderas blancas y colombianas, las mismas que portaban los manifestantes, mientras que numerosos comercios, empresas y oficinas estatales cerraron sus puertas para permitir que sus empleados se sumaran a las marchas.
«Siento la pena de los familiares que tienen secuestrados pudriéndose vilmente en la selva y quiero que todas las naciones del mundo se den cuenta de que las FARC no son Colombia», dijo Myriam Forero, una manifestante.
En la capital, las marchas arrancaron desde diversos puntos a las 10 hora local y desembocaron en la Plaza de Bolívar, en el corazón histórico de la ciudad, colmada por miles de personas con remeras blancas que decían «Colombia soy yo». A la marcha se sumaron 600 guerrilleros arrepentidos.
Allí fueron colocadas más de 700 sillas vacías, una por cada rehén en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.
Las congregaciones también formaron ríos humanos de color blanco en Cali, Medellín, Barranquilla y las principales ciudades colombianas, según imágenes de televisión.
Canjeables
Del total de los secuestrados, la guerrilla declaró como «canjeables» a un grupo de al menos 43 que propone intercambiar por unos 500 rebeldes presos, y para ello exige que el presidente Alvaro Uribe desmilitarice 800 kilómetros cuadrados en el suroeste del país, lo que rechaza el gobierno. De ese grupo forma parte la ex candidata presidencial colombo-francesa Ingrid Betancourt, tres estadounidenses y decenas de políticos, militares y policías, algunos de ellos cautivos desde hace diez años.
Al margen de las diferencias políticas o de discusiones sobre si la protesta debía ir dirigida sólo contra las FARC -como fue- o si debía ampliarse a toda forma de violencia, los medios de comunicación locales insistieron en que no cabía la indiferencia.
El multitudinario grito de paz fue una señal clara del terminal aislamiento de las FARC y del resto de las organizaciones guerrilleras y paramilitares. Significó, asimismo, un valiente paso al frente de la ciudadanía para frenar la locura terrorista.
Las familias de los rehenes decidieron no participar de la protesta por temor a represalias de las FARC y optaron por congregarse en una iglesia para orar por la libertad de sus seres queridos. En cambio sí participó de la manifestación la política Clara Rojas, liberada en enero por las FARC junto con la ex congresista Consuelo González, quien la calificó como «un hecho histórico».
Desde la ciudad de Valledupar (norte), Uribe agradeció la masiva participación. «Hacemos llegar nuestra voz de gratitud a los colombianos residentes en tantos países del mundo que hoy se han unido con nosotros en esta jornada contra el secuestro y contra el crimen», dijo.
Los actos empezaron el domingo con congregaciones en Australia y Japón, que se replicaron ayer en Europa y América. En Londres, más de 3.000 personas se manifestaron en la plaza Trafalgar bajo el lema «Stop the FARC». En Lima, el presidente peruano, Alan García, encabezó la manifestación y hasta tomó una bandera colombiana, mientras que en Montevideo el acto contó con la participación de varios de los futbolistas y el director técnico de la selección de fútbol de Colombia.
Washington, Madrid, Montevideo, París, Nueva York y Buenos Aires (ver aparte), entre otras, también fueron escenario de manifestaciones.
En Caracas, unas 4.000 personas exigieron la liberación de todos los secuestrados en su poder. «Estamos muy orgullosos de asistir a esta marcha para exigir a las FARC que libere no a tres, ni a cinco sino a los más de 700 secuestrados», dijo Gerardo Blyde, secretario general del partido opositor venezolano Un Nuevo Tiempo. La manifestación se produce en un momento de tensión entre los gobiernos de Hugo Chávez y Uribe.
En todas las protestas se leyó un documento en el que se exige «que se libere a todos los secuestrados», que «cesen los ataques violentos», que las FARC «no utilicen el narcotráfico» y que «no recluten a menores».
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