Gobierno local, al borde del colapso

Mundo

«El barco del primer ministro Nuri al-Maliki está navegando por aguas tempestuosas y se puede hundir en cualquier momento.» El análisis de «Azzaman», el principal diario iraquí, resumía la semana pasada el instante crítico por el que atraviesa el Ejecutivo, cuya agonía política se agravó después de que los cuatro cargos ministeriales afectos al partido laico Lista Nacional Iraquí (LNI) iniciaron un boicot al gobierno.

«Queremos presionar para que se reforme el proceso político, que va en una dirección equivocada», argumentó Ayad Jamaluddin, portavoz de la agrupación de Iyad Allawi y que integran sunitas y chiitas. «Hemos pedido una participación más amplia para conseguir una reconciliación real y el final del favoritismo sectario», lo secundó su correligionario y diputado Hussam al-Azawi.

Jamaluddin intentó desligar la decisión de la LNI de la dimisión de seis ministros sunitas del bloque Tawafiq, que abandonaron el gobierno en relación con toda una serie de peticiones que hicieron hace cuatro meses. «Hemos avisado a todos los grupos políticos. El peligro es real y nuestro pueblo está sufriendo y sangrando. Dejar las cosas tal cual están ahora no significará sino más destrucción», añadió la formación de Allawi en un comunicado.

La posición de Al-Maliki parece cada día más insostenible, incluso cuando él continúa desestimando la gravedad de una crisis interminable iniciada en abril que se resume en unos guarismos incontestables: de los 40 ministros del gabinete que se presentó en junio de 2006, 17 han dimitido o boicotean la coalición gubernamental. Lo ocurrido «no afectará al gobierno», repitió Al-Maliki. Lejos de aceptar la realidad, el precario jefe de Gobierno rechazó la dimisión de los seis ministros de Tawafiq y, al mismo tiempo, los acusó de «irresponsabilidad». «Vemos que hay una falta de credibilidad y sinceridad. Su agenda es diferente de la que tenemos nosotros actualmente», señaló Al-Maliki a la televisión iraní.

Por supuesto, la visión desde Washington es radicalmente distinta, y para el portavoz del Departamento de Estado, Sean McCormack, el desbarajuste en el que se encuentra sumido el gobierno de Al-Maliki forma parte de «un debate político muy saludable y eso es bueno». Para los expertos internacionales, sin embargo, el gobierno de Al-Maliki está sentenciado. «No puede sobrevivir a las defecciones. Incluso con un gobierno al completo, la parálisis es total. Sólo podemos esperar la guerra civil», afirmó Joost Hiltermann, del centro de análisis Grupo Internacional de Crisis.

Desde hace semanas, los periódicos iraquíes han recogido informaciones sobre las maniobras de dirigentes como Allawi y la agrupación Tawafiq para intentar recabar los suficientes votos que certifiquen el final de Al-Maliki en una moción de censura. Aunque distantes en sus planteamientos políticos, tanto Allawi como Tawafiq, los parlamentarios leales al clérigo Muqtada Al Sadr y al partido chiita Fadhila han acercado sus posiciones para reunir hasta 124 de los 275 escaños del Parlamento, según declaró Salim Abdullah, un portavoz de Tawafiq. Dicha coalición todavía necesitaría nuevas deserciones del entorno de Al-Maliki para conseguir los dos tercios que necesita para derribar al gobierno.

Al-Maliki aún tiene el apoyo del bloque kurdo y de la principal coalición chiita, pero con un solo ministro sunita -el titular de Defensa, Abdul Qadir Obeidi, un independiente afecto al primer ministro-, su autoridad depende en gran parte de su capacidad para atraer a nuevos representantes de esa minoría al gabinete.

  • Negociación

    El matutino saudita «Al-Hayat» informó que el primer ministro negocia a tal efecto con el jeque Abd al-Sattar Abu Risha, líder del llamado Consejo de Salvación de Anbar, la milicia tribal de esa provincia que se ha aliado con las tropas del gobierno y del ejército norteamericano en una lucha fraticida contra las huestes de los radicales de Al-Qaeda. La maniobra semeja ser un esfuerzo tan arriesgado como inusual ante el controvertido pasado de Risha, un señor de la guerra al que se le achacaban vínculos con Al-Qaeda hasta que se separó de su férula por los métodos desquiciados de estos últimos. Acosado desde todos los sectores, Al-Maliki se desplazó a Turquía para mitigar las críticas de Ankara contra la presencia en territorio iraquí de bases de la guerrilla kurda del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). El ejército turco mantiene presión junto a la frontera común -donde cuenta con 200.000 soldados- y desde abril le ha solicitado permiso al jefe del gobierno turco, Recep Tayyip Erdogan, para lanzar una ofensiva en el Kurdistán iraquí para destruir las posiciones de los insurgentes del PKK. Al-Maliki y Erdogan firmaron un pacto en el que el jefe del gobierno iraquí acepta definir al PKK como «una organización terrorista». «Hemos llegado a un acuerdo para desplegar todos los esfuerzos para poner fin a la presencia en Irak de la organización terrorista PKK», señaló Erdogan en una rueda de prensa junto con Al-Maliki.

    Sin embargo, la decisión acarreará más dificultades para el responsable del gobierno iraquí. El principal líder kurdo de la zona fronteriza con Turquía, Masud Barzani, ya había advertido que Bagdad no dispone de ningún poder para «poder imponer su política en el Norte».
  • Dejá tu comentario