Cisjordania - Hamas lleva gobernando la intendencia de Kalkilia, una ciudad de 45.000 habitantes, desde junio de 2005. A pesar de ello, o quizá por ello, ha sido vapuleado en las elecciones parlamentarias celebradas el pasado 25 de enero. Los dos candidatos de Al-Fatah, ganadores absolutos de los dos escaños de las listas por distrito, lograron 14.000 y 12.900 votos mientras los dos perdedores de Hamas apenas alcanzaron los 9.000 y se han quedado a cero.
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«La islamización no ha sido la razón del triunfo de nuestros contrincantes», explica el alcalde en funciones, Hashim Al-Masri, que sustituye al titular Wajih Qawas, encarcelado desde hace tres años y medio en una prisión israelí. El representante municipal asegura que su equipo de gobierno mantiene un exhaustivo control sobre las arcas públicas y achaca la situación al bloqueo israelí.
Ahmed Najib, representantede Al Fatah, no está de acuerdo. «Los palestinos, musulmanes o cristianos, quieren ser libres y democráticos, y no aceptan las imposiciones de Hamas», dice después de asegurar que la situación económica empeoró desde que los islamistas alcanzaron el poder.
Rodeado por un muro de hormigón como si sufriera un sitio medieval, la otrora liberal Kalkilia, situada a 40 kilómetros al nordeste de Tel Aviv y hasta hace poco una próspera localidad palestina muy bien comunicada con Israel, sufre una evidente islamización de las costumbres como ocurre en la mayoría de las ciudades palestinas de Cisjordania.
Las niñas y adolescentes acuden a los colegios tapadas con hijab blancos y, al menos en la calle, existe una segregación entre sexos. Las únicas mujeres que pasean sin pañuelo son las escasas visitantes que vienen a comprar desde otros enclaves palestinos al que fuera nudo comercial de la zona.
Pero la ciudad también sufre un deterioro comercial por las condiciones draconianas impuestas por el ejército de Israel. Los árabes israelíes han dejado de acudir a Kalkilia para comprar sus frutas y verduras a mejor precio. Muchas tiendas permanecen cerradas el sábado, primer día laborable de la semana. La construcción del muro y las torres de vigilancia han provocado nuevas confiscaciones de tierras de labranza.
Estrangulamiento
La ciudad vive un impresionante estrangulamiento. Antes del inicio de la segunda intifada, en setiembre de 2000, más de diez mil habitantes trabajaban en Israel, en la construcción o en granjas cercanas. Hoy, sólo algunos centenares son capaces de atravesar el muro a escondidas en los períodos de calma, cuando los soldados no imponen el toque de queda y prohíben el tránsito por las calles.
Los ciudadanos también se quejan de las promesas incumplidas de Hamas.
«Prometieron bajar el recibo de la luz, construir más escuelas y asfaltar las calles. Pero no han hecho nada», explica el joven Naser. «Cuando preguntamos al intendente el porqué de esta situación siempre se excusa diciendo que no ha recibido ayuda del exterior», añade Ali.
Osman Zeed cree que Hamas se ha excedido en su apuesta por islamizar a la sociedad. «Todo el mundo en Palestina quiere un cambio islámico, pero no acepta la intransigencia», argumenta. El joven Ali está en desacuerdo: «Cada uno hace lo que considera conveniente y es bastante libre en Kalkilia».
Un comerciante llamado Raed cree que Hamas ganó las elecciones municipales por culpa de las divisiones de Al Fatah, pero a la hora de gobernar se han encontrado con los mismos problemas económicos que los anteriores alcaldes.
Un anciano deja de leer el periódico para afirmar que «Hamas no es ni mejor ni peor que Al Fatah» y lamentar que «nuestro problema principal es el muro de hormigón». Otro ciudadano, más realista, cree que «siete meses es un espacio de tiempo insuficiente para ver los cambios más profundos».
Ninguna mujer de las decenas a las que se les ha solicitado su opinión en la calle se ha atrevido a hacerlo. La mayoría esconde su rostro, da la espalda o se aleja con paso rápido. Hamas ha sufrido en las urnas de Kalkilia a una derrota en toda regla por sus propios errores y por causas ajenas a su voluntad.
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