Madrid - En su primera valoración de los atentados de Londres, el primer ministro británico, Tony Blair, dijo que, para acabar con el nuevo terrorismo islamista, hay que «combatirlo en sus raíces», un diagnóstico comúnmente aceptado, pero en cuya aplicación todavía no existe acuerdo. Lo que parece obvio es que esa lucha sólo será posible si se establecen alianzas sólidas con movimientos locales igualmente interesados en frenar este nuevo integrismo, precisamente por haber sido víctimas de él antes de la Guerra de Irak, de la de Afganistán e, incluso, de los atentados de Nueva York. Mucho antes de que Al-Qaeda comenzara a lanzar sus ataques contra Occidente, eran los alevis, yezidis, asirios, islamistas moderados, kurdos, partidos laicos, mujeres, jóvenes, intelectuales... quienes estaban en la diana de los radicales, porque uno de los principales objetivos del nuevo yihadismo es acabar con la diversidad política, religiosa y cultural que ha caracterizado a Oriente Medio durante siglos.
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Estos movimientos locales tienen una fuerte presencia en los principales países afectados por la actual crisis -Irak,Irán, Siria, Líbano, Turquía- y cuentan con organizaciones bien estructuradas y una larga experiencia frente a las interpretaciones más intransigentes del islam.
De modo esquemático, se podrían clasificar de la siguiente forma:
• Zonas occidentalizadas. Como las costas de Turquía, estrechamente vinculadas a Europa debido a su proyección mediterránea y a la industria turística, principal base de su desarrollo económico.
• Grandes metrópolis. Igualmente desarrolladaseconómicamente, son focos de convivencia étnica, cultural y religiosa donde tienen gran peso y protagonismo los movimientos sociales, los partidos laicos, la juventud europeizada y los derechos de la mujer.
• Nacionalismos. Para los que la defensa de su identidad está por encima de la religión. Es el caso, fundamentalmente, de los kurdos, pero también de otras etnias, como los árabes, baluches y azeríes de Irán o los lazes, árabes y turcomanos de Turquía.
• Religiones no musulmanas. Son las más interesadas en que no exista una hegemonía política del Islam. Algunas, como los cristianos asirios o los drusos, tienen una significativa presencia en ciertos países. En otros casos -yezidis, mazdeístas o kakais-, tienen un gran valor simbólico para demostrar el secular pluralismo religioso de su región.
• Sociedad civil iraní. Aunque sin renunciar a la religión, sectores de fuerte peso en la sociedad -mujeres, jóvenes y reformistas desengañados- han mostrado su clara oposición al modelo integrista de la República Islámica.
• Musulmanes heterodoxos. Es el caso de los alevis de Turquía, los alauíes de Siria o las corrientes sufíes extendidas por este país, Irak e Irán. Siendo musulmanes, se apartan de la ortodoxia sunnita y están radicalmente en contra de las posturas de Al-Qaeda.
• Chiitas de Irak y el Líbano. Cuentan con poderosas organizaciones políticas y representan una tendencia que acepta el pluralismo, precisamente para garantizar sus derechos frente a la permanente amenaza de la hegemonía del islam sunnita, que, como ocurre en Irak, ha terminado convirtiéndose en su principal enemigo.
• Integristas moderados. El principal ejemplo es el actual gobierno de Turquía, pero también hay grupos semejantes en las zonas de Siria e Irak donde tienen gran predicamento las tendencias más radicales del integrismo.
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