Montañas de basura se apilan en las inmediaciones del Superdome que sirvió como campo
de refiguados los primeros días. Ahora está evacuado por completo.
Nueva Orleans - Ahora que ya no queda nadie en el Superdome, ahora que por fin sacaron de Nueva Orleans a esas hordas de gente desesperada, pisoteada y humillada a las puertas del infierno, ahora se puede decir: «Esto ha sido como un campo de concentración nazi: sólo les faltó gasearnos». Frances Cairnes, 44 años, llevaba seis días sin dormir y no veía el momento de salir de allí. Acorralada entre vallas, rodeada de montañas de basura y respirando el hedor de las heces y los orines, aún le quedaban ganas de hablar: «Lo fácil fue sobrevivir al huracán; la proeza ha sido sobrevivir al Superdome».
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Frances, de piel blanca y voz pastosa, se apoyaba en su prometido Larry Bonee como si fuera un bastón. «Vámonos, mujer, que parece que salimos ya», le decía Larry. Pero ella no se podía callar, necesitaba contar lo que vio: «Violaban a las niñas, cagaban en las paredes, había peleas... Nos trataron como si fuéramos bestias. Hubo gente que se suicidó; yo también creí que me moría».
Frances y Larry fueron los primeros y los últimos del Superdome. Llegaron allí precisamente para protegerse del huracán, «a tiempo para sufrir las primeras goteras». Y se fueron bajo un sol demoledor, cuando ya no quedaban más que los soldados y los espectros en esa ciudad que fue Nueva Orleans.
La devastación es desbordante. Los rascacielos siguen en pie, pero todo lo que hay alrededor huele a muerte y putrefacción.Las calles son canales de agua infecta y negra. Las tanquetas y los camiones del Ejército tomaron al asalto el centro del apocalipsis. Y en la periferia, los incendios y las columnas de humo de la insurgencia. Los francotiradores y las bandas armadas con fusiles de asalto se replegaron. Se puede llegar sin problemas al Barrio Francés, salvado milagrosamente de las aguas, pero mejor no adentrarse en los depauperados barrios donde vivían los pobres y donde impera la ley del más fuerte. «Al menos tuvimos agua y comida», se consolaba Larry Bonee, morocho con el torso al descubierto. «Pero todo lo demás fue un desastre. Llegó un momento en que daba pánico meterse dentro porque ya no sabías si ibas a salir. Escuchamos disparos, había peleas a todas horas, vimos a drogadictos con el síndrome de abstinencia golpeándose la cabeza contra la pared... Y nadie ponía orden allí, nadie velaba por nuestra seguridad, nadie atendía a los heridos y a la gente que se estaba muriendo».
Juntos y revueltos, pegándoseel sudor y la sangre reciente de alguna pelea, están los sin techo, los enfermos mentales, los drogadictos, los borrachos y demás miembros de ese pelotón de marginados que vivían en plena calle antes del huracán y que son ahora el fiel reflejo de la crueldad con que la sociedad estadounidense trata a los pobres (uno de cada cuatro en Nueva Orleans).
En el grupo de los lumpen hay un borracho lúcido, Brendan Farell, que presume de ser hijo de un capitán del Ejército. «El alcohol corría a raudales por el Superdome, sí, pero lo que más corría eran las materias fecales. No teníamos un sitio donde orinar o cagar. Había no más de 20 urinarios, y dicen que éramos más de 30.000. Por más que lo intento, no me salen los cálculos.»
Los blancos de clase bajabaja, como Brendan, comparten el triste epílogo del éxodo con la abrumadora mayoría negra. «Si esto no es discriminación, que venga Dios y lo vea», se lamenta Corina Hamilton, 37 años, trabajadora social, que decidió demorar su evacuación hasta el final para dar una mano con los marginados.
Los últimos del Superdome dejan atrás la pesadilla, y los soldados defienden ahora el fortín como si se tratara de un objetivo militar, sellado por razones de seguridad...
«Créeme: yo estuve en la guerra de Irak y en la de Afganistán, y en varios países de Africa, pero nunca he visto nada igual», confiesa entre dientes el sargento Anderson, natural de Ohio.
Y continúa con sus reflexiones: «Nadie pensaba que esto pudiera ocurrir: una ciudad entera como Nueva Orleans devastada de un día para otro, como si la hubieran bombardeado. Y luego esta gente, todo lo que ha tenido que pasar para salir de aquí, en nuestro propio país».
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