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La dimisión el pasado día 5 del ministro de Relaciones Exteriores, Renato Ruggiero, en medio de fuertes críticas a algunos colegas de Gabinete por su indolencia ante la puesta en circulación del euro, destapó la caja de los truenos y puso a Italia en el centro del debate europeo. Berlusconi, que asumió interinamente la dirección de la diplomacia del país, se afanó desde entonces en confesar públicamente una y otra vez una vocación europea que ayer presentó como un «ideal indiscutible» en la Cámara de Diputados.
Si en los últimos días se había declarado «el más europeísta de todos», en busca de palabras de similar calibre ayer compareció en el hemiciclo parlamentario con la convicción de que «la posición de Italia en Europa es hoy más sólida que nunca». En una manifestación aun más explícita, reconoció que Mientras, los sindicatos italianos plantearon desde ayer una pulseada a su gobierno con una serie de huelgas que durarán varias semanas y con las que pretenden protestar contra la reforma del mercado laboral y del modelo asistencial.
La motivación de estas convocatorias es la aprobación por el Consejo de Ministros, en noviembre pasado, de una reforma del mercado de trabajo que, entre otros puntos, incluye la suspensión durante cuatro años del artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores, que prohíbe el despido sin causa justificada, lo que para las centrales significa abrir la puerta al despido libre.
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