El caos en la lejana república de Kirguizistán se acentuó ayer cuando un portavoz de la Comisión Electoral, cuyo titular había renunciado horas antes, dijo que los resultados de las últimas y anuladas elecciones legislativas son « legítimos», agravando la puja entre los nuevos y los antiguos legisladores. Pero más profundamente, la revuelta en ese país, que la semana pasada provocó la caída del gobierno pro ruso, confirma, después de hechos similares en Ucrania y Georgia, la creciente dificultad de Rusia para mantener bajo su órbita a su «patio trasero». A continuación, los principales pasajes del interesante artículo de Ian Traynor publicado por el diario británico «The Guardian».
Las revoluciones que estallan por doquier en la zona de influencia de Rusia se han desplazado a miles de kilómetros, desde la frontera con la Unión Europea a la de China, al caer Kirguizistán en manos de los partidarios de la oposición a Askar Akayev, el ex miembro del aparato del Partido Comunista, cuyas promesas de antaño degeneraron en nepotismo, juego sucio, elecciones amañadas y encarcelamiento de los rivales.
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Los sucesos de Bishkek han sido el anuncio de una primavera de esperanza en las repúblicas istanes (Uzbekistán, Kazajistán) dictatoriales de Asia Central. Sin embargo, de la capital kirguiza se habían enseñoreado inminentes amenazas e incertidumbres de que su levantamiento pudiera volverse peligroso y violento de un momento a otro, lo que diferenciaba esta revolución de la ucraniana y la georgiana, registradas en los pasados 18 meses.
En el movimiento contra Akayev no hay un cabecilla claro o que cuente con el consenso de todos. El conflicto es, en parte, entre facciones y entre regiones, no sólo entre demócratas y déspotas.
Se afirma que la delincuencia organizada se ha empeñado a fondo a la hora de promover disturbios. No obstante, con suerte, esta gran exaltación del poder popular dará paso a un período de un gobierno más justo y más limpio que hará saltar todas las alarmas en las vecinas dictaduras postsoviéticas.
El Kremlin no ha cometido en Kirguizistán las meteduras de pata que protagonizó en Ucrania ni ha experimentado una humillación semejante a la que pasó allí. Sin embargo, la evolución de los acontecimientos en Bishkek demuestra la debilidad de Vladimir Putin. Putin se las ha arreglado para colocarse en una posición nada envidiable, la de que lo identifiquen como un partidario y un protector, no muy eficaz, de los regímenes más indeseables que pululan por el ámbito de influencia postsoviética.
Incluso donde quienes ostentaban el poder han sobrevivido a las urnas, como ha ocurrido recientemente en Moldavia, lo han conseguido gracias a haberse apoyado en una plataforma antirrusa.
Putin llegó al poder con la promesa de restablecer la grandeza y el prestigio de Rusia, particularmente «en el exterior más próximo», sobre el que Moscú había ejercido su dominio. En lugar de ello, ha presidido la más formidable erosión de la influencia rusa que se haya registrado en la zona.
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