13 de agosto 2026 - 07:00

La Doctrina Monroe y el regreso de las esferas de influencia

Estados Unidos vuelve a definir el hemisferio occidental como un espacio estratégico propio mientras China y Rusia consolidan sus respectivas áreas de influencia. América Latina deberá decidir cuánto margen de autonomía conserva en ese nuevo mapa del poder.

La Doctrina Monroe y el regreso de las esferas de influencia.

La Doctrina Monroe y el regreso de las esferas de influencia.

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La reivindicación explícita de la Doctrina Monroe no es una anomalía de Donald Trump ni un simple regreso al imperialismo estadounidense. Es la expresión regional de una transformación más amplia del sistema internacional: las grandes potencias están dejando de aceptar que un orden universal de reglas y principios pueda imponerse sobre sus intereses estratégicos y vuelven a organizar el poder alrededor de áreas de influencia.

El video difundido esta semana por el Departamento de Estado no inaugura esta política. La Casa Blanca ya había anunciado en diciembre de 2025 un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, una reinterpretación de la doctrina original adaptada a la competencia contemporánea entre grandes potencias. La Estrategia de Seguridad Nacional estableció entonces como objetivo “reafirmar y hacer cumplir” la doctrina para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio e impedir que competidores externos puedan controlar activos estratégicos o establecer capacidades militares dentro de la región.

Lo novedoso es que Washington haya decidido expresarlo ahora con una claridad poco habitual en la diplomacia contemporánea. Durante décadas, la Doctrina Monroe fue tratada como una pieza histórica de la política exterior estadounidense, presente en análisis académicos, discursos diplomáticos y declaraciones presidenciales, pero rara vez reivindicada con semejante crudeza en una comunicación oficial dirigida al mundo. Ahora, Washington vuelve a decir en voz alta lo que las grandes potencias suelen dejar implícito: que el hemisferio occidental es un espacio estratégico propio y que su predominio allí no debería ser cuestionado.

La Doctrina Monroe nació en 1823, cuando Europa seguía siendo el centro del sistema internacional y las nuevas repúblicas latinoamericanas acababan de independizarse de España. Ante el riesgo de nuevas intervenciones o proyectos coloniales europeos, el presidente James Monroe sostuvo que cualquier intento de extender el sistema político europeo al continente americano sería considerado una amenaza para Estados Unidos. A cambio, Washington declaraba que no intervendría en los asuntos políticos de Europa.

La fórmula establecía así una primera delimitación de espacios estratégicos: Europa debía mantenerse fuera de América y Estados Unidos, al menos en su formulación original, fuera de las disputas europeas.

El significado de la doctrina cambió junto con la relación de fuerzas. A fines del siglo XIX, Estados Unidos ya no era la república vulnerable de 1823, sino una potencia en expansión. El Corolario Roosevelt de 1904 produjo la transformación decisiva: el presidente Theodore Roosevelt sostuvo que Washington tenía derecho a actuar en los países latinoamericanos cuando considerara que la inestabilidad, las deudas o la posible presencia de una potencia europea amenazaban sus intereses.

En la práctica, convirtió el principio de “Europa fuera de América” en una justificación para consolidar a Estados Unidos como potencia predominante dentro del hemisferio. Esa interpretación acompañó intervenciones en Cuba, Nicaragua, Haití y República Dominicana y marcó durante décadas la relación entre Washington y América Latina.

Esa historia permite comprender mejor lo que ocurre ahora. Trump no está resucitando literalmente la doctrina de 1823, sino recuperando una tradición estratégica más profunda: la convicción de que una gran potencia tiene derecho a preservar un perímetro de seguridad propio y a limitar dentro de él la presencia de sus rivales.

En el siglo XXI, el principal rival que Washington busca contener en ese espacio es China. Durante las últimas dos décadas, Beijing ha construido en América Latina una presencia económica que Washington considera cada vez más inseparable de la competencia estratégica global. El instrumento chino no es, en general, la ocupación territorial ni la alianza militar, sino la infraestructura: puertos, energía, minería, telecomunicaciones, comercio y financiamiento permiten construir posiciones de largo plazo sin necesidad de establecer formalmente una esfera de dominación.

El puerto de Chancay, en Perú, es un ejemplo significativo de cómo una inversión comercial puede adquirir una dimensión geopolítica en un contexto de creciente competencia entre las dos potencias. China profundiza, además, sus vínculos con la región mediante una combinación de comercio, inversión, cooperación diplomática y acceso a recursos estratégicos.

Pero sería un error pensar que esta lógica pertenece exclusivamente a Estados Unidos. Por ejemplo, Rusia procura mantener una influencia decisiva sobre Bielorrusia, Georgia y Moldavia, y considera a Ucrania parte de un espacio de seguridad cuya incorporación plena a la órbita occidental alteraría profundamente su posición estratégica. La invasión de febrero de 2022 no puede explicarse por una sola variable ni, mucho menos, justificarse por ella. Sin embargo, la expansión de la OTAN, el progresivo acercamiento de Kiev a Occidente y la percepción rusa de una amenaza creciente en su vecindad fueron factores centrales para comprender la decisión del Kremlin.

Por su parte, China procura consolidar una posición predominante en su entorno inmediato. Mantiene una influencia especialmente intensa sobre Camboya y Laos, una relación estratégica con Myanmar y una creciente capacidad de presión económica y política sobre otros países del Sudeste Asiático. En el mar de China Meridional, disputa con Filipinas y Vietnam el control y acceso a espacios marítimos que considera esenciales para su seguridad y sus intereses estratégicos. Taiwán constituye el caso más sensible: Beijing considera la isla parte de su territorio y ha dejado claro que su eventual independencia constituye una línea roja. En tanto, Hong Kong representa otra dimensión de esta política: desde la imposición de la Ley de Seguridad Nacional en 2020, su margen de autonomía frente a Beijing se ha reducido sustancialmente.

La naturaleza de estas relaciones es diferente, pero la lógica subyacente se parece. Las grandes potencias consideran que determinados espacios son demasiado importantes para su seguridad como para dejar que un rival defina allí las reglas. Por eso intentan conservar capacidad de presión, disuasión o veto sobre las decisiones de otros Estados.

Ahí reside la importancia del fenómeno. Las áreas de influencia no significan necesariamente control territorial ni subordinación formal. Significan que una potencia considera legítimo intervenir en la configuración estratégica de su entorno porque entiende que determinados cambios allí pueden afectar directamente sus intereses vitales. Cuando esta lógica se generaliza, el sistema internacional deja de organizarse exclusivamente alrededor de normas comunes y vuelve a hacerlo alrededor de relaciones de poder. La soberanía permanece intacta en el derecho. Su ejercicio efectivo depende, cada vez más, de la capacidad material de cada Estado para defenderla.

América Latina enfrenta así una situación particularmente delicada. El renovado interés estadounidense puede traducirse en inversiones, comercio y cooperación en sectores estratégicos, pero también puede convertir decisiones económicas en decisiones geopolíticas. La pregunta ya no será solamente con quién comercia un país, sino qué presencia extranjera está dispuesto a admitir en su infraestructura, sus recursos naturales, sus sistemas tecnológicos y sus espacios estratégicos.

El giro hacia la derecha y la ultraderecha que atraviesa buena parte de la región ha facilitado, en varios casos, un acercamiento político con Washington y una mayor disposición a acompañar sus prioridades estratégicas. El contraste aparece en los dos grandes países latinoamericanos gobernados por la izquierda. México y Brasil han mantenido una posición mucho más celosa de su autonomía y han cuestionado cualquier pretensión estadounidense de convertir su predominio hemisférico en un principio que limite la soberanía de los demás Estados.

El caso más sensible por su propia geografía es el de México. La presidenta Claudia Sheinbaum ha profundizado la cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad, pero ha rechazado de manera reiterada cualquier intervención militar estadounidense en territorio mexicano y ha insistido en que la cooperación debe respetar la soberanía nacional. En una relación marcada por una enorme asimetría económica, el país intenta demostrar que proximidad no equivale a subordinación.

En tanto, Brasil enfrenta una ecuación diferente. Su dimensión continental, sus recursos estratégicos, su pertenencia a los BRICS y su relación con China le otorgan un margen de autonomía mucho mayor. Las tensiones de Lula con Washington y su defensa de la no injerencia muestran que incluso una potencia profundamente integrada a Occidente puede considerar la soberanía un límite político que no está dispuesta a negociar.

El problema de fondo, entonces, no es que Estados Unidos vuelva a mirar hacia América Latina. Es que las grandes potencias están recuperando una idea mucho más antigua: que su seguridad no termina en sus fronteras y que tienen derecho a impedir que un rival adquiera posiciones estratégicas en su entorno.

La Doctrina Monroe es la expresión estadounidense de esa lógica. Mientras que China la desarrolla en su vecindad asiática, Rusia la ha defendido con particular crudeza en su espacio postsoviético. Lo decisivo no es que las potencias quieran influencia. Eso nunca dejó de ocurrir. Lo verdaderamente significativo es que la idea de las áreas de predominio vuelva a presentarse como una forma legítima de organizar el orden internacional.

El siglo XXI puede estar devolviendo al mundo una vieja lección de la geopolítica: los Estados siguen siendo jurídicamente iguales, pero en un sistema organizado alrededor de esferas de influencia, la soberanía vale tanto como la capacidad de ejercerla. Para América Latina, la verdadera prueba será evitar que la rivalidad entre las grandes potencias convierta la autonomía en una formalidad.

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