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21 de octubre 2008 - 00:00

La pelea de fondo aún puede esperar

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Aunque ya se ha dicho en innumerables ocasiones, no deja de sorprender cómo Bolivia logra detenerse una y otra vez un solo paso antes del precipicio. Eso, ni más ni menos, es lo que volvió a ocurrir ayer, aunque no se debe subestimar la recurrencia de hechos luctuosos que frecuentemente acercan el peligro de una confrontación civil generalizada. A la vez, es notable la forma en la que los « acuerdos» que evitan la tragedia permiten delinear tempranamente el escenario de la siguiente etapa de un conflicto político y social sin fin y en permanente escalada.

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Las comillas en torno a la palabra «acuerdo» son, por supuesto, intencionadas. Es que lo ocurrido ayer en La Paz puede caer casi bajo cualquier definición menos la del entendimiento, al menos si se lo concibe como un contrato voluntario entre distintas partes.

Poco tuvo de voluntaria la aquiescencia de los legisladores opositores cuando el Congreso sesionó rodeado de decenas de miles de personas que amenazaban con coparlo y clausurarlo. Sobre todo cuando los manifestantes eran liderados por el propio presidente de la República.

De cualquier modo, cuando las crisis son muy agudas, como la de la Bolivia actual, se debe agradecer que, como ocurrió ayer, se salven, aunque sea precariamente, las formas institucionales. Algo que la Argentina vivió en carne propia en el colapso de 2001-2002.

Evo Morales cedió posiciones al aceptar que su mandato actual sea considerado el primero de los dos que autorizará la futura Constitución, lo que recortaría su permanencia en el poder, en caso de ser ratificado en los comicios anticipados del año que viene, hasta 2014. Se resigna así a no gobernar hasta 2019, como era su plan original. ¿Pero quién puede seriamente en la atribulada Bolivia hacer proyecciones de poder a diez años vista?

Acaso los compromisos de hoy se conviertan en papel mojado dentro de no mucho tiempo, ya que la izquierda indigenista que responde al ex líder cocalero podría insistir más adelante con una nueva reforma que allane su permanencia en el gobierno más allá de esa fecha. Lo que se plantea ese sector es apenas una parada táctica en su proyecto revolucionario que, nadie debe engañarse, está más vigente que nunca. Algo palpable de acuerdo con el tenor de la futura carta magna, que dará más poder a las comunidades indígenas, incrementará drásticamente la intervención del Estado en la economía e impondrá severas limitaciones a la tenencia privada de la tierra.

También la oposición ha cedido, pero de modo igualmente táctico. Su fortaleza en algunas de las regiones más pujantes del país no oculta su severo raquitismo para constituir una opción de poder a nivel nacional, capaz de conciliar las voluntades del Oriente rico (que las tiene en abundancia) con las del Occidente pobre (que le son dramáticamente ajenas). Además, ¿cómo podría frenar hoy las aspiraciones de un presidente que fue el más votado de la historia en diciembre de 2005 al obtener casi 51% de los votos y que fue refrendado el 10 de agosto último con nada menos que 67%?

Pero si el gobierno y la oposición bolivianos lograron posponer otra vez una pelea de fondo demasiado peligrosa e imprevisible y, a la vez, salvar las formas, algo similar cabe decir sobre los países de la región (Brasil, Chile y la Argentina) que apostaron a una salida pacífica. Evitar una guerra civil que fue mucho más que un peligro teórico hasta hace poco, sostener la institucionalidad boliviana y neutralizar la influencia de Hugo Chávez en el corazón de Sudamérica no son logros menores. Sobre todo cuando el bolivariano parecía apostar a una deflagración total al amenazar con una intervención militar venezolana de derivaciones imposibles de prever.

Los problemas raramente se solucionan de una vez y para siempre. Sobre todo en un país como Bolivia, enmarañado desde hace siglos en los mismos dramas, cegueras y violencias.

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