29 de octubre 2004 - 00:00

Los desafíos del futuro presidente

Las enormes diferencias entre ser presidente de cualquier país del mundo y ser presidente de EE.UU. Diferencias de poder, de presupuestos y, sobre todo, en la capacidad de injerencia internacional.

Quien resulte electo el próximo martes tendrá el gran desafío de empezar a poner en caja el actual desorden mundial. Irak, Irán, Israel-Palestina, el Cáucaso, China y Corea del Norte serán algunas de las prioridades del próximo mandatario.

En Irak tendrá el desafío de reorganizar un país en riesgo de descomposición. Para ello deberá obtener un mayor apoyo internacional para legitimar todo lo que hasta ahora se ha realizado. La opción de un desmembramiento de Irak en tres zonas autónomas (una sunnita, una chiita y una kurda) dentro de una república federal ya no luce tan descabellada, pero será el nuevo presidente el que termine de proyectar hacia donde irá el futuro de uno de los poseedores de las mayores reservas de petróleo del mundo.

Irán, mientras tanto, va camino a convertirse en una de las grandes potencias de la región. Posee buenas reservas de petróleo y de gas, además de excelentes lazos de influencia en varias repúblicas musulmanas caucásicas y del centro asiático. Aparte, tiene casi 70 millones de habitantes con una proporción altísima de menores de 25 años, lo que la convierte en una población que puede ser tentada por valores occidentales o al menos reformistas. El nuevo presidente tendrá por delante el gran desafío de aprovechar estas variables internas de la sociedad iraní antes de que las actuales autoridades teocráticas se aprovechen de la situación interna de Irak.

• Problema

Muchos analistas afirman que solucionando el conflicto entre israelíes y palestinos se pacificaría todo Medio Oriente. El problema es cómo hacerlo. Lo fundamental será el ímpetu político y la fortaleza que pondrá al servicio de la resolución de este conflicto el nuevo presidente. Pero aun llegando a un acuerdo, siempre habrá grupos terroristas contrarios a esos acuerdos. Entonces, la pacificación de Medio Oriente deberá ser un desafío políticodiplomático por un lado y de inteligencia por el otro.

Otra región en la que hasta el momento EE.UU. no ha influido de manera sustancial, pero que en el futuro cercano aparecerá indefectiblemente en la agenda, es el Cáucaso, con sus incontables supuestas reservas aun no exploradas de crudo y de gas.
Históricamente bajo influencia rusa, la zona va virando hacia Oriente debido a la inyección de capitales chinos que buscan asegurarse insumos para las próximas décadas.La irrupción de EE.UU. en Afganistán, aparte de haber sido una respuesta a los ataques terroristas del 11-S, forma parte de la
nueva política norteamericana en el centro asiático, tendiente a frenar o al menos a controlar el avance económico chino.

El otro gran desafío es, justamente, redefinir las relaciones sino-norteamericanas. George W. Bush dijo poco después de asumir que China era un competidor estratégico y no un socio estratégico. El próximo presidente deberá rectificar o -lo que parece más probableratificar estos dichos.

Cómo solucionar la carrera armamentista unilateral en la que se zambulló Corea del Norte será otro gran problema. Pero
también habrá desafíos locales. El primero será garantizar la seguridad interna. Todos los habitantes del mundo, pero particularmente los norteamericanos, son muy sensibles a la violencia perpetrada contra ellos. Después del 11-S buena parte de la sociedad norteamericana se ha vuelto más desconfiada. El desafío será mucho más que garantizar seguridad, transmitirla.

La economía será el otro gran reto interno.
En el último año, EE.UU. sufrió uno de los mayores déficit fiscales de su historia. Existen diversas propuestas para dar vuelta esta situación y quien gane deberá aplicar su propuesta y demostrar que tendrá éxito, además de generar una reactivación que permita bajar el preocupante índice de desempleo.

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