7 de abril 2003 - 00:00

Los horrores de esta guerra siguen ocultos

Kalak, norte de Irak - En lo esencial, a pesar de Internet, los periodistas en el frente de batalla, los teléfonos satelitales y la televisión en directo, la cobertura de esta guerra adolece de lo mismo que desacreditó a la primera: no refleja en toda su magnitud el horror.

Hay 600 periodistas que acompañan a las unidades aliadas en su fulgurante avance.

Más de 300 están emplazados en Bagdad desde hace dos meses. Unos 200 siguen en Doha las coreográficas ruedas de prensa de los generales de la coalición. Otros 400 que se mueven por Kuwait y hasta incursionan en el sur de Irak.

Aquí en el Norte, en territorio kurdo, somos unos 150. Donde no hay ninguno es con las tropas iraquíes y es ahí, en las maltrechas divisiones de la Guardia Republicana, en las sucias trincheras del ejército regular y en el ardiente interior de los tanques de Saddam Hussein, donde corre la sangre, los hombres se llevan las manos al vientre musitando el nombre de sus madres y brujulea la cara espantosa de la muerte.

•Pocos cambios

Durante las primeras dos semanas de la I Guerra del Golfo, sólo estuvimos dos periodistas en Bagdad, y para enviar mis crónicas, porque Peter Arnett no me prestaba el teléfono de la CNN, tenía que escribirlas a mano y mandarlas con un taxista hasta la embajada española en Amán.

Ahora es impensable imaginar a un periodista que no lleve en el bolsillo un sofisticado Thuraya o uno de esos Thrane, que hasta conectan tu ordenador portátil con la computadora de la redacción. A pesar de eso, las cosas no cambiaron mucho. Arnett y yo, que bajamos a Bassora con los iraquíes, subimos a Suleimaniya y éramos conducidos ipso facto por nuestros guías-controladores a cualquier escuela, hospital o casa donde cayera un misil extraviado, no vimos durante los 55 días que duró el conflicto ni un solo soldado iraquí muerto.

Lo que no filmamos ni describimos fueron los miles de soldados enterrados en la arena, las decenas de miles de militares mutilados por la metralla y los más de 100.000 reventados por la acción combinada de la artillería y los aviones B-52.

•No se contó

No lo vimos, no lo contamos y un alto porcentaje de la gente que siguió la contienda no terminó de darse cuenta de lo que supone la guerra.

No es muy distinto lo que sucede ahora.
Los que de verdad se están acercando a la acción y trabajando duro, aunque sólo puedan observar un pequeño fragmento del mosaico, son los empotrados en el frente, pero el Pentágono se las arregló para que su material sea lo suficientemente aséptico.

A eso se une que no es sencillo despellejar a los que te ayudan y protegen tu vida con las suyas. Muchos periodistas, con enorme esfuerzo y considerable riesgo, pero ninguno de ellos, al igual que Pyle, está en condiciones de reflejar lo que ocurre al otro lado, donde impactan la inmensa mayoría de los misiles guiados por satélite, las bombas inteligentes, los proyectiles de los Abrams y las ráfagas de los helicópteros Apache. Mucho menos, nosotros, en el Norte, o los que informan desde Kuwait o viven en la zona de Bagdad controlada por Saddam.

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