24 de enero 2005 - 00:00

Los riesgos de un retiro precipitado

Henry Kissinger y George Schultz, dos experimentados artífices de la política exterior de gobiernos republicanos, desbaratan en este artículo publicado en el diario italiano «La Stampa» las visiones ingenuas acerca del futuro soberano de Irak. Y recuerdan: en política, lo deseable no siempre es lo posible.

El debate sobre Irak está adoptando un nuevo cariz.Ciertas voces apuntan que las elecciones del próximo 30 de enero, consideradas hasta fecha reciente la culminación de un proceso, constituirán en realidad el inicio de una guerra civil.

El propio calendario y la manera de convocar los comicios no se vieron exentos de polémica. Se pide una estrategia de salida, expresión con la que algunos pretenden poner un límite explícito de tiempo a la intervención de Estados Unidos.

Nosotros rechazamos esta pretensión. Las implicaciones de la expresión estrategia de salida deben ser claras y correctamente entendidas, pues no podemos llamarnos a engaño.


•Convulsiones

Porque la estrategia de salida aceptable debe entenderse como realidad y efecto duradero y permanente, no como un plazo de vencimiento arbitrario. De la suerte de Irak dependerá el curso de la política exterior norteamericana en los próximos diez años. Una debacle desembocaría en una serie de convulsiones en la región; las fuerzas radicales y fundamentalistas llegarían al poder con el viento aparentemente de popa. Allí donde resida una proporción significativa de población musulmana surgirán indefectiblemente elementos radicales.

Una retirada precipitada desencadenaría en este caso casi con seguridad una guerra civil, y los países vecinos transformarían su actual nivel de implicación en una intervención efectiva y propia.

Una parte del éxito de nuestra misión es de relativamente sencilla definición: promover en Irak un gobierno dotado de legitimidad a ojos del pueblo iraquí que cree unas fuerzas armadas capaces de defender las instituciones del país con entereza y valor.

Ahora bien, ¿cómo debería ser en realidad un gobierno iraquí positivo y estable? Los optimistas e idealistas juzgan que es factible dar vida a una auténtica panoplia de instituciones democráticas de corte occidental que perduren a lo largo de un período razonable de acuerdo con la perspectiva norteamericana.

Pero Irak es una sociedad afligida por siglos de conflictos étnicos y religiosos, con escasísima experiencia de instituciones representativas.
El desafío estriba en definir objetivos políticos que -aun cuando no se alcance un resultado óptimo-representen, no obstante, un avance significativo, obteniendo en tal propósito el respaldo transversal de los diversos grupos étnicos. Las elecciones del próximo 30 de enero deberán, en consecuencia, interpretarse como la primera fase desde la ocupación militar hacia la legitimidad política.

Los optimistas sostienen, asimismo, que, dado que los chiitas representan cerca de 60% de la población y los kurdos otro 15%-20%, y rechazando todos ellos una dominación de cariz sunnita, cabe hablar plausiblemente de una mayoría democrática. En este sentido, los líderes chiitas iraquíes han optado por valorar las ventajas de la democratización y del Estado laico, tras haber comprobado con sus propios ojos las consecuencias de su dependencia de la teocracia chiita iraní.

•Ultimátum

Los chiitas han favorecido una pronta convocatoria de elecciones: la fecha del 30 de enero fue casi un ultimátum en boca del gran ayatollah -e influyente-Ali Sistani. Llegaro n a presionar para que se votaran listas nacionales, en contra de las instituciones políticas federalesy regionales. Una aplicación estricta y sin matices del principio del gobierno de la mayoría dificultaría notablemente la consecución de una legitimidad política, pues, en tal caso, tanto la minoría kurda como la fracción sunnita se verían condenadas a la oposición in aeternum. Las democracias occidentales evolucionaron en el seno de sociedades relativamente homogéneas, donde las minorías aceptaban el gobierno de las mayorías por considerar que un día podrían, a su vez, convertirse en mayoría. Situación, empero, que no es de aplicación allí donde las minorías se ven inexorablemente condicionadas por la adscripción a un credo religioso, una característica étnica y decenios de brutal dictadura. En el seno de una sociedad multiétnica, los derechos de las minorías deben ser protegidos mediante salvaguardas estructurales.

La ayuda norteamericana debe estar centrada en cuatro objetivos clave: evitar que un grupo o grupos se valgan de una cierta preeminencia para dominar a los demás; impedir que un área del país se convierta en un paraíso talibán, para transformarse así en un refugio y centro de reclutamiento de terroristas; evitar que el gobierno chiita se convierta en una teocracia, ya sea de tipo iraní o de raíz local, y abrir la vía a una autonomía de naturaleza regional en el seno de una nación iraquí.

En cuanto a nuestros aliados europeos, es hora de que dejen de observar desde el alféizar de su ventana: una vergüenza para ellos y para nuestra común tradición de alianza.
Como quiera que se contemple la realidad, el proceso político influirá sobre su futuro aun más que sobre el nuestro. Y países como India y Rusia -de tan nutrida población musulmanadeberían dejar de ser tratados como espectadores.

En el inmediato futuro, una gran parte del esfuerzo contra la insurrección recaerá sobre las espaldas de Estados Unidos. Un tránsito prematuro de las operaciones de combate a las misiones de instrucción podría crear un vacío que permitiría que la insurrección armada manifestara su plena potencia.

No se trata de una fórmula mágica para desmarcarse rápidamente huyendo del desastre.
Hablamos, por el contrario, de la oportunidad de alcanzar un resultado que represente un importante paso adelante en la guerra contra el terrorismo y la transformación de Medio Oriente hacia un orden mundial más pacífico y democrático.

(*) Ex secretarios de Estado norteamericanos.

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