Lujo y placer en isla iraní
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A la salida, autos japoneses último modelo (con patentes en farsi y en inglés) esperan a los eventuales visitantes. Las rutas están impecables, con sus paradas de colectivos vestidas en blanco y azul.
En el noroeste de esta islita de 91 kilómetros cuadrados, hay bazares, lujosos centros comerciales (algunos en construcción) hoteles, residencias y amplios espacios verdes. Hay miles de anuncios de marcas de televisores y electrodomésticos. Hasta las 12 de la noche, horario que cierran los comercios, los iraníes compran todo lo que pueden para luego revenderlo en el continente a su regreso.
En el tiempo del sha, Kish ya era un lugar privilegiado, una isla para la elite del imperio. Quedan en pie su antigua mansión (convertida en hotel y centro comercial) el famoso hotel Kish que da a la orilla del golfo, en el que hay una playa reservada para hombres, y el antiguo casino, que hoy funcionacomo restorán de categoría. En la planta baja, obreros originarios de Beluchistán preparan una sala de juegos. Muchas de las máquinas recién importadas aún no han sido desembaladas.
En la isla hay fiebre de construir y de hacer negocios. En el centro comercial Moravid, con su fachada de columnas y salas bautizadas con nombres del antiguo imperio persa ( Persépolis y Apadana), trabajan 24 horas para terminar los negocios. Pero Kish no es sólo un emporio del consumo, sino una isla «donde nunca termina la diversión, de playas desiertas y aguas de corales y hermosos fondos marinos», según pregonan los folletos turísticos, escritos incluso en castellano.
Que no les hablen a los iraníes de las playas, muy poco concurridas porque no invitan a ello las costumbres locales. Mucho menos de los vestigios de una población antigua, ni del centenario árbol solitario, plantado en medio de la isla. Ellos dedican todas sus horas al consumo, especialmente de artículos importados de los Emiratos Arabes.
Faltan europeos o estadounidenses, que evitan Kish por considerar que las condiciones de vida no son las ideales. En cambio, los habitantes de la república islámica de Irán disfrutan esta escapada como algo único. No se equivocan, saben que se trata del lugar más permisivo de su estado y no están dispuestos a desaprovecharlo.




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