3 de febrero 2005 - 00:00

Lujo y placer en isla iraní

Kish, Irán (La Vanguardia) - Hay una isla iraní en la que la mano firme de los clérigos gobernantes se toma descanso. En estas playas paradisíacas, imperan los autos caros, las mujeres a la última moda y los hoteles de lujo. Aquí, el Corán puede convivir con el consumo de lujo.

En esta diminuta isla del Golfo Pérsico, que goza del estatus de área de libre cambio, es raro encontrar murales o grandes imágenes de los dignatarios del régimen. El rostro del imán Khomeini, siempre severo, se hace menos atemorizador. No hay dudas de que las figuras del enturbantado y uniformado poder teocrático desentonan en este pequeño amable mundo insular.

La organización de la zona franca de Kish se administra de acuerdo con sus propios recursos; depende directamente de la presidencia de la república y tiene su propia bandera, que flamea siempre al lado de la del Estado iraní.

Kish es el objetivo de miles de turistas que provienen -en su mayoría-de Irán y de otros países árabes. A una hora y media de vuelo de Teherán, recibe no menos de una docena de vuelos por día.

En la entrada al aeropuerto, a sólo 17 kilómetros del continente, un cartel reza en inglés «Welcome to Kish, Iran» pintado en vivos colores. A tres metros, en otro back light, la figura de un hombre en mangas de camisa y pantalones cortos ha sido tachada. No están permitidas las bermudas. A las mujeres, según se anuncia en un banner, se les permite vestir largas chaquetas y pañuelos anudados en la cabeza; nunca descubiertas. Pocas lo cumplen. Tres adolescentes con jeans, remeras y gorras de béisbol con viseras sobre la nuca conversan a la salida del preembarque.

A la salida, autos japoneses último modelo (con patentes en farsi y en inglés) esperan a los eventuales visitantes. Las rutas están impecables, con sus paradas de colectivos vestidas en blanco y azul
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• Compras

En el noroeste de esta islita de 91 kilómetros cuadrados, hay bazares, lujosos centros comerciales (algunos en construcción) hoteles, residencias y amplios espacios verdes. Hay miles de anuncios de marcas de televisores y electrodomésticos. Hasta las 12 de la noche, horario que cierran los comercios, los iraníes compran todo lo que pueden para luego revenderlo en el continente a su regreso.

En el tiempo del sha, Kish ya era un lugar privilegiado, una isla para la elite del imperio. Quedan en pie su antigua mansión (convertida en hotel y centro comercial) el famoso hotel Kish que da a la orilla del golfo, en el que hay una playa reservada para hombres, y el antiguo casino, que hoy funcionacomo restorán de categoría. En la planta baja, obreros originarios de Beluchistán preparan una sala de juegos. Muchas de las máquinas recién importadas aún no han sido desembaladas.

En la isla hay fiebre de construir y de hacer negocios. En el centro comercial Moravid, con su fachada de columnas y salas bautizadas con nombres del antiguo imperio persa (
Persépolis y Apadana), trabajan 24 horas para terminar los negocios. Pero Kish no es sólo un emporio del consumo, sino una isla «donde nunca termina la diversión, de playas desiertas y aguas de corales y hermosos fondos marinos», según pregonan los folletos turísticos, escritos incluso en castellano.

Que no les hablen a los iraníes de las playas, muy poco concurridas porque no invitan a ello las costumbres locales. Mucho menos de los vestigios de una población antigua, ni del centenario árbol solitario, plantado en medio de la isla.
Ellos dedican todas sus horas al consumo, especialmente de artículos importados de los Emiratos Arabes.

Faltan europeos o estadounidenses, que evitan Kish por considerar que las condiciones de vida no son las ideales. En cambio, los habitantes de la república islámica de Irán disfrutan esta escapada como algo único. No se equivocan, saben que se trata del lugar más permisivo de su estado y no están dispuestos a desaprovecharlo.

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