Lula comienza a archivar sus promesas de campaña
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• Condiciones
Es decir que se mantendrán las políticas de ajuste fiscal, rigidez monetaria y metas de inflación acordadas por Cardoso con el Fondo Monetario Internacional (FMI), un ramillete de objetivos que el PT solía impugnar desde la vereda de la izquierda por su contenido ortodoxo y neoliberal.
Es que Brasil enfrenta una pesada deuda pública de 252.120 millones de dólares, que equivale a 61,93 por ciento del Producto Bruto Interno.
La concentración de pagos para este año es muy fuerte: sólo en el primer semestre vencerán títulos de la deuda pública interna vinculados a la cotización del dólar por más de 25.000 millones de dólares. Lula podrá contar este año con 24.000 millones de dólares del FMI, pero siempre que cumpla con las metas de superávit fiscal primario (3,5% del PBI), inflación y relación entre la deuda y el PBI.
Los operadores del mercado financiero han recibido con buen humor las declaraciones de Lula y del núcleo duro de su gobierno -Dirceu, Palocci y Meirelles-y confían en que esa transición econó-mica dure para siempre.
Pero, según los analistas, el problema para Lula es que él ganó las elecciones de octubre con la promesa de un cambio en el modelo económico, que permita más desarrollo, más empleo y una mejor distribución del ingreso.
• Expectativa
El triunfo de Lula, un ex obrero metalúrgico de 57 años, ha generado una gran expectativa dentro y fuera de Brasil.
Por un lado, están las esperanzas de vastos sectores populares en un país donde 54 millones de personas, casi 30 por ciento del total, sobrevive con menos de 1 dólar por día.
Por el otro, Brasil es la mayor economía de América del Sur y la «experiencia Lula» está siendo seguida con atención por sus vecinos.
De acuerdo con un sondeo del instituto Datafolha, 30 por ciento de los votantes de Lula lo eligió «para cambiar de modelo»; otro 30 por ciento por sus propuestas para generar empleos; 15 por ciento para «darle un voto de confianza» y 12 por ciento por su programa para el área social. Sólo 11 por ciento lo votó por «simpatía ideológica».
«Las dificultades de Lula serán proporcionales a las esperanzas que su candidatura despertó», señaló el historiador José Murilo de Carvalho, profesor de la Universidad Federal de Rio de Janeiro.
Según Murilo de Carvalho, Lula enfrenta «tres trampas: el peligro del abrazo mortal del apoyo conservador que, al darle base al gobierno, puede descaracterizarle su programa; los reclamos de los sectores más radicalizados del PT y la gran expectativa de cambio que generó en la población, totalmente desproporcionada a las posibilidades de la realidad».
Pero tanto Dirceu como Palocci señalan que desde hoy mismo se notará «un cambio en el proyecto de país».
«No será más de lo mismo. El período de transición económica no impedirá que pongamos en marcha nuestros programas sociales no bien asuma el gobierno del presidente Lula», dijo Dirceu a sus «compañeros diputados».
La estrella de esos programas sociales será, según repite el presidente electo, el plan de lucha contra el hambre, que ha sido bautizado «Hambre cero», y que debería comenzar a funcionar en marzo en algunas regiones del país.
El objetivo de Lula en este campo es que al final de su mandato «no haya ningún brasileño que no pueda comer tres veces al día».
Según las cifras del PT, 44 millones de personas pasan hambre en este país.




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