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19 de octubre 2007 - 00:00

Mientras el mundo mira a Irak e Irán, se forma otra tormenta perfecta

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Como un denso agujero negro político, Irán concentra hoy buena parte de la energía de Occidente, ya que su sospechado plan nuclear es crecientemente visto como una amenaza cercana y letal. Ese sentimiento no sólo se impone en Israel, cuyo gobierno no descarta desencadenar un «ataque preventivo» contra las instalaciones atómicas de ese país que «obligue», luego, a EE.UU. a intervenir en su auxilio. Desvela también a los Estados árabes sunitas pro norteamericanos -las monarquías del Golfo, Egipto-, los que recelan, ya desde que la Revolución Islámica se impuso en 1979 en Teherán, del proselitismo con el que sectores del régimen islamista chiita aspiran aún a exportar su modelo. Como muestra de esas desconfianzas, basta recordar el apoyo occidental y árabe al Irak de Saddam Hussein, no tan indeseable entonces, en la guerra que lo enfrentó al Irán de los ayatolas entre 1980 y 1988, que se saldó con un millón de muertos y ningún cambio territorial significativo. En esa contienda el petróleo, y su salida a través del estratégico Estrecho de Ormuz, fue al menos tan importante como los recelos ideológicos.

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El renovado temor a Irán es tan grande que el miércoles George W. Bush advirtió que la situación podría derivar en una tercera guerra mundial, extremo que debió ser relativizado ayer por sus voceros como «un punto retórico» y no como un anuncio apocalíptico.

  • Interrogantes

  • Petróleo aparte, cuando Bush ordenó la invasión de Irak en 2003 muchos analistas dijeron que con ello perdía el foco del verdadero peligro para la seguridad de su país: Irán. ¿Puede decirse lo mismo hoy, cuando la obsesión de la Casa Blanca por Teherán se suma al pantano iraquí? ¿Corre el riesgo, otra vez, de ignorar otras acechanzas, como las que se erigen en Pakistán, acaso su aliado más valioso en su guerra contra el terrorismo? Acaso no tanto: Irán ha hecho méritos suficientes para concitar un seguimiento atento de la comunidad internacional. Pero no es menos cierto que cualquier subestimación de la volátil situación paquistaní puede tener efectos desastrosos. Y a no muy largo plazo.

    El presidente de ese país, general Pervez Musharraf, llegó al poder hace ocho años a través de un golpe de Estado y su reciente ratificación por el Parlamento le da una pátina apenas tenue de legitimidad. Así, padece tanto la presión de los movimientos que le exigen una salida verdaderamente democrática como la de los islamistas de Al-Qaeda y los talibanes.

  • Descontrol

    No hay que olvidar que su gobierno sigue sin controlar amplias zonas de la frontera montañosa con Afganistán -¿se esconde allí Osama bin Laden?- y que los islamistas le declararon una guerra a muerte en julio último, cuando su Ejército aplastó cruentamente la rebelión de la Mezquita Roja de Islamabad, algo que ya se tradujo en atentados que dejaron cientos de muertos.

    Esa falta de control de las zonas tribales del país no es una mera anécdota vinculada con la interminable cacería del elusivo extremista saudita. Ellas son, se sabe muy bien, santuarios para el entrenamiento de grupos terroristas como los que, no hace mucho, irrumpieron en Londres y en Alemania.

    Independientemente de las intenciones iraníes, Pakistán es, todavía, el único país del mundo dotado de armas nucleares, un subproducto de su conflicto fronterizo con la India. Si los islamistas logran con el tiempo desplazar al pro norteamericano Musharraf y hacerse con el poder, ¿en qué manos caería ese arsenal, a cuántos grupos terroristas podría ser facilitado? El escenario, que involucra a un país pobre de 160 millones de habitantes, tiene mucho de pesadilla.

    La alianza entre el presidente y EE.UU. contra los acólitos de Bin Laden no es para nada popular puertas adentro de Pakistán y, sin duda, contribuye a alimentar la ira de los grupos radicales. El pacto político que se ensayaba con la también pro occidental Benazir Bhutto apuntaba a fortalecer su posición, pero la tragedia de ayer terminó de enturbiar el panorama. ¿Podrá evitarse todavía la tormenta perfecta?
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