Pánico, pillaje y devastación
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«La próxima vez deberíamos invadir Turquía. Es muy agradable», dijo otro soldado con un casco de esquí en la cabeza y bebiendo botellas de cerveza de marca georgiana. Las iba tirando por el camino cuando aún estaban medio llenas.
En pueblos como Ergneti o Borgneti se levantaban inmensas humaredas negras procedentes de los huertos en llamas que abrasaban ambos lados de las casas abandonadas. Milicianos y militares rusos fueron vistos entrando en tiendas y bares del camino y saliendo con cartones de cigarrillos y botellas de cerveza y coñac, incluso con dos pistolas antiguas.
Una vez en Tsjinvali, capital de Osetia del Sur, la fila de coches desfilaba por las calles alardeando del botín saqueado mientras los vecinos los aclamaban a su paso. Uno de ellos era una furgoneta de policía georgiana con dos grandes banderas ondeando, una de Osetia del Sur y otra de Rusia.
Un miembro de las tropas rusas de camino a Gori dijo que en aquella zona se habían escuchado disparos durante la noche y se habían visto francotiradores georgianos.
Los soldados de un control en la frontera ficticia entre Osetia del Sur y Georgia dijeron que entre las tropas rusas se encontraba el batallón Vostok, denunciado en numerosas ocasiones por los defensores de los derechos humanos por sus actuaciones en Chechenia.
Se escucharon varias explosiones a distancia, pero no había manera de distinguir su origen porque el paso estaba cortado por varios vehículos con soldados sudosetos que llevaban cintas blancas atadas a sus fusiles como señal para que las tropas rusas no les dispararan.
En un momento, cinco vehículos con soldados locales se acercaron a las tropas rusas en la carretera de Gori. Los oficiales rusos los hicieron salir de los coches, tumbarse al suelo e identificarse antes de dejarlos pasar.



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