29 de abril 2005 - 00:00

Pentágono acumula chatarra cara de última generación

El gráfico muestra la evolución de algunos de los proyectos armamentistas más ambiciosos del Pentágono en los últimos años. En estos casos, las prestaciones obtenidas no guardaron proporción ni con las expectativas ni con los recursos destinados.
El gráfico muestra la evolución de algunos de los proyectos armamentistas más ambiciosos del Pentágono en los últimos años. En estos casos, las prestaciones obtenidas no guardaron proporción ni con las expectativas ni con los recursos destinados.
Washignton - Aviones supersónicos cuya computadora-central «se cuelga» sola. Carros de combate que no disparan cuando están en marcha. Cazabombarderos con la capacidad de mover las alas, si no se les caen esas mismas alas. Es el otro lado del Pentágono. «El último reducto de una economía planificada», como lo ha llamado su máximo responsable, Donald Rumsfeld.

Y, al igual que toda economía planificada, el Departamento de Defensa de Estados Unidos tiene una colección de horrores tecnológicos y económicos.

Es la chatarra de alta tecnología que usan las fuerzas armadas de EE.UU. Una chatarra descomunalmente cara y que hace, por ejemplo, que Estados Unidos dependa más de los venerables B-52, de 50 años de antigüedad, que de los modernos B-1, diseñados para sustituirlos. O que los tanques M-1 Abrams, que Rumsfeld quiere retirar en beneficio de nuevos juguetes tecnológicos que se han convertido en un elemento central de la guerra en las calles de Bagdad o Falluja.

El problema se agrava a medida que Rumsfeld lleva adelante la «transformación» de la defensa de Estados Unidos
. En esencia, eso consiste en quebrar la supuesta burocracia de los militares y crear un ejército más flexible. Por ahora, la realidad, en forma de la insurgencia de Irak, está conspirando contra los planes de Rumsfeld. Por ejemplo, la desaparición de las divisiones y su sustitución por brigadas ha tenido que ser aplazada. Y lo mismo ha pasado con la más que previsible reducción de la infantería, que quedaría limitada a las fuerzas especiales.

• Transformación

De hecho, en Irak, EE.UU. ha tenido que armar rápidamente con fusiles a unidades de artillería pesada. Porque un cañón capaz de disparar un obús a 20 kilómetros no es útil cuando el enemigo esconde bombas dentro del cadáver de un camello y las hace explotar al paso de un convoy. La transformación significa más inversión en tecnología. El Pentágono sueña con un futuro en el que sólo combatirán máquinas: robots y vehículos guiados por video. Rumsfeld quiere que 60% de la flota aérea de EE.UU. esté formada por aviones no tripulados.

Algunos de esos vehículos, como el Predator, se han hecho famosos en Irak y Afganistán, y también por una acción que llevaron a cabo en Yemen en 2002, cuando uno de ellos disparó un misil y mató a cuatro líderes de Al-Qaeda. Pero lo que en Estados Unidos no se comenta es que el Predator tiene una extraña habilidad para estrellarse solo. Un tercio de la flota de Predator de la fuerza aérea de EE.UU. se ha ido al suelo en los últimos años. Eso significa 2.600 millones de dólares en pérdidas.

Con todo, el Predator es un relativo éxito si se compara con otras «joyas» del arsenal estadounidense. La más famosa es el F/A-22 Raptor, un cazabombardero fabricado por
Lockheed Martin que merece ganarse el título de arma más absurda de la historia. Fue diseñado al término de la Guerra Fría, pero sólo empezó a entrar en servicio el año pasado, 10 años después de lo previsto, y con un precio seis veces mayor al inicialmente presupuestado. Además, su utilidad es más que cuestionable. Hoy en día, los cazas de EE.UU. de los '70 -los F-14, F-15, F-16 y F-18- siguen sin rival, incluso frente a modelos recientes, como el Eurofighter o el Grippen sueco. Y encima, dentro de cuatro años entrará en servicio otro caza aún más adelantado que el Raptor, el F-35. Un nuevo proyecto cuyos costos, para variar, ya se están disparando. El año pasado, el Departamento de Defensa de Estados Unidos anunció que el presupuesto del F-35 deberá aumentar 23%, hasta los 244.000 millones de dólares. Al menos, el F/A-22, el helicóptero de reconocimiento Comanche, que fue cancelado el año pasado, o el F-35 son ruinosos, y tal vez inútiles. Pero hay casos peores, como el del V-22 Osprey, un espectacular híbrido entre avión y helicóptero que supuestamente será utilizado por la Infantería de Marina cuando los militares decidan que el V-22 es una máquina fiable y no un ataúd volante que hasta la fecha se ha cobrado la vida de 23 marines en diferentes accidentes. El resultado de todo ello es que cada mes Boeing fabrica, por el módico precio de 160 millones de dólares (cinco veces su precio original), un Osprey que inmediatamente después se almacena en un hangar.

El ejército tampoco se libra de esta sucesión de catástrofes. El costo del desarrollo del Striker, su último vehículo acorazado y una de las joyas de la transformación de Rumsfeld, asciende a 10.000 millones de dólares. Sin embargo, el comportamiento de las 300 unidades de este vehículo en Irak ha dejado mucho que desear. El primer día que fueron desplegados, los insurgentes ya destruyeron uno. Desde entonces, las máquinas han estado plagadas de problemas. Y algunos de ellos son surrealistas. Por ejemplo,
el fabricante -General Dynamics-ha puesto cinturones de seguridad tan cortos que no alcanzan a rodear a los soldados.Y, en lo que parece un gag de Gila, el Striker tiene que detenerse cada vez que quiere disparar. ¿Por qué suceden estas catástrofes? La respuesta es simple: corrupción. Al cancelar el Osprey, la administración de Bush padre dañó las posibilidades de reelección del presidente en los estados de Texas y Pennsylvania, donde el avión iba a ser fabricado. Así que no es de extrañar que Bill Clinton rápidamente reactivara el proyecto. Algunos senadores, como Joe Lieberman, que fue candidato a la vicepresidencia con Al Gore en 2000, son famosos por defender programas de defensa siempre y cuando generen empleos en los estados que representan. Y además está la relación incestuosa entre el Departamento de Defensa y los contratistas privados.

Ese es el caso del teniente general
Fred McCorkle. Según el analista de Defensa Carlton Meyer, «McCorkle llevó a cabo una apasionada defensa del V-22 durante su mandato. Poco después de retirarse de los Marines, en octubre de 2001, entró en el consejo de administración y se convirtió en un alto asesor de GKN Aerospace Services (fabrica los depósitos de combustible del V-22).

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